El motín de los 'cayetanos'
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Rubén Amón

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El motín de los 'cayetanos'

El narcisismo de Sánchez muerde el polvo en un escarmiento durante el desfile, aunque sea exagerado extraer grandes conclusiones sociopolíticas

Foto: Pedro Sánchez junto al rey Felipe VI y la reina Letizia. (EFE)
Pedro Sánchez junto al rey Felipe VI y la reina Letizia. (EFE)

Es de suponer que Tezanos le haya improvisado un informe de urgencia para relativizar la importancia del escarnio al que fue expuesto Sánchez en el desfile del 12-O. Podrá esgrimirse que el facherío de Madrid le ha organizado un escrache a distancia en la zona azul de la ciudad.

Y que los 'cayetanos' se le han amotinado entre las trincheras del Bernabéu, ahora que el estadio parece una escombrera. Y que el plan de aplaudir a la soldadesca y de gritarle unos 'vivas' al Rey bien merecía redondearse con unos abucheos al “traidor”, tal como enfatizaba la turbamulta en el desfile.

No es la primera vez que se abuchea a un presidente. Le sucedió a Zapatero en la parada militar de 2009 y se le adjudicaron toda clase de insultos degradantes, pero la resonancia del “motín” a Sánchez rebasa la trascendencia de los episodios conocidos. Por eso tuvo que “escaparse” de la ceremonia por una calle aledaña. Y por la misma razón el presidente del Gobierno acudió a refugiarse a la vera de los Reyes, más o menos como si la sombrilla monárquica le preservara del ignominioso escarmiento popular.

Se veía venir. Y no solo porque el hábitat de un desfile militar le resulta hostil al presidente que abogó por la disolución del Ministerio de Defensa ('El Mundo', 2014) o porque los aliados de Unidas Podemos recelan de cualquier expresión castrense, sino porque el patrón de la Moncloa comparecía entre las veleidades soberanistas de siempre y las nuevas expectativas de deslocalizar las instituciones del Estado arraigadas en Madrid.

Se entiende así el oportunismo con que Isabel Díaz Ayuso atrajo clamores y parabienes. Jugaba en casa, la presidenta. Y se relamía de toda la demagogia y de todo el populismo que engendraba la fecha de la “Fiesta Nacional”, más aún cuando ella misma custodia el honor de los conquistadores españoles frente al candor indigenista que promueven los ministros de Sánchez en honor al aborigen puro e inmaculado.

Era, pues, el peor día posible. La peor compañía imaginable. Y el barrio más refractario. Conviene tener en cuenta las coordenadas antes de lanzarse a grandes conclusiones sociopolíticas. Y procede igualmente distanciar el “abucheo multitudinario” de una enmienda integral a la figura de Sánchez.

La calle no es la sociedad. Los abucheos no acreditan una mayoría democrática. Y la Castellana, a la altura del Bernabéu, representa una zona conservadora y ayusista, lo cual no contradice que hayan recalado al desfile antagonistas al sanchismo de otros barrios y otros humores.

He aquí los argumentos que Tezanos puede jerarquizar para serenar la angustia con que Sánchez fue “evacuado” del desfile. Otra cuestión es el escarmiento que sobrelleva el trauma o la experiencia, más todavía cuando la distancia de Sánchez con la sociedad y la burbuja que lo preserva del populacho le impiden percatarse tantas veces de la temperatura exterior.

Podría haberse recomendado al 'speaker' del acontecimiento que se abstuviera de mencionar a las autoridades, pero la alusión por megafonía al jefe del Gobierno dio lugar a una escandalera explícita. Caía herido el narcisismo de Sánchez. Y se le atragantaba el desfile a la corporación ministerial, mientras Ayuso se reencarnaba en Manuela Malasaña.

Es de suponer que Tezanos le haya improvisado un informe de urgencia para relativizar la importancia del escarnio al que fue expuesto Sánchez en el desfile del 12-O. Podrá esgrimirse que el facherío de Madrid le ha organizado un escrache a distancia en la zona azul de la ciudad.

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