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Por qué Sánchez no gusta en España y gusta en Europa
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Rubén Amón

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Por qué Sánchez no gusta en España y gusta en Europa

La visita del canciller Scholz es una deferencia política y diplomática que expone la buena reputación continental del presidente del Gobierno, observado como el freno a la ultraderecha y como el modelo de la ortodoxia comunitaria

Foto: Pedro Sánchez, durante una cumbre europea. (EFE/Kenzo Tribouillard)
Pedro Sánchez, durante una cumbre europea. (EFE/Kenzo Tribouillard)
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La visita del canciller germano a Madrid es un éxito diplomático y una deferencia política que enfatiza la buena reputación europea de Pedro Sánchez y que contradice el deterioro de la imagen doméstica del líder socialista, no solo entre sus adversarios convencionales sino entre los votantes a quienes exaspera la volatilidad, la amnesia y la megalomanía del presidente, más allá de las concesiones al soberanismo, del intrusismo judicial y de sus contribuciones a la polarización de la sociedad.

Sánchez tiene un problema de credibilidad que amenaza su porvenir político —¿hasta dónde puede llegar el divorcio con la masa electoral?—, aunque maneja a su favor el control del poder y gestiona con eficacia el peligro que representaría un pacto oscurantista entre Casado y Abascal.

Es la razón por la que conviene a sus intereses la pujanza demoscópica de Vox. Y es el motivo por el que Europa, en sentido un poco abstracto, observa en Sánchez el mejor remedio a la amenaza de la extrema derecha. Va a ocuparse de recordarlo el canciller Olaf Scholz en su visita a Madrid. Y va a proporcionarle una pátina de prestigio, no ya como referencia continental de la socialdemocracia, sino como antídoto al riesgo que supone la involución de los modelos euroescépticos y patriotero-nacionalistas.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Sánchez es el candidato de la Europa ortodoxa y burocrática, independientemente de la afiliación ideológica del PSOE. No ya por la falta de peso internacional de Pablo Casado y de cualquier otra figura de la política nacional —Luis Garicano es una excepción—, sino porque el presidente español ha demostrado rigor y disciplina respecto a las condiciones en que se nos han prestado los dineros de la resurrección económica. Sánchez negoció para España con destreza. Fue leal a Merkel en su papel de monaguillo. Y logró para la nación una partida presupuestaria —170.000 millones— que representa la expectativa de la recuperación y que jalona el camino de su propia rehabilitación política.

De hecho, los peligros que implicaba la coalición extremista-populista —Unidas Podemos— se han conjurado con mansedumbre y deber de Estado. Lo demuestra la resignación con que morados y poscomunistas han tolerado las reformas del mercado laboral y de las pensiones. Mucho más cerca de cuanto 'exigía' Bruselas que de cuanto pretendían los socios de Sánchez. Europa ha sido la gran protectora de los intereses españoles. Para recibir el dinero y las vacunas. Y para condicionar la prudencia de las reformas estructurales. Nadia Calviño las ha armonizado en nombre de los ministros ortodoxos, pragmáticos y euroentusiastas del Gobierno socialista.

Los debates hispano-españoles no siempre trascienden de manera codificable

Pedro Sánchez no es un tipo de fiar en España. Ha mentido y desmentido con insultante arrogancia. Y ha cuestionado asuntos tan nucleares como la solidaridad territorial y como la separación de poderes, pero unas y otras cuestiones incendiarias no han desdibujado su buena percepción internacional. Los debates hispano-españoles no siempre trascienden de manera codificable. Ni cuando se habla de Otegi o de Puigdemont ni cuando se extrapola la mesa de partidos o irrumpe la gestión negligente de la pandemia.

Ocurrió con Aznar, con Zapatero. La imagen internacional de ambos formaba parte de una construcción exterior que no obedecía exactamente a los méritos del uno y del otro, sino a la percepción superficial de sus respectivas ejecutorias y de sus victorias iniciales. Nos sucede a los españoles con Macron, con Merkel o con Draghi. Nos gustan más de cuanto les puedan agradar a sus compatriotas —Biden es un caso flagrante—, aunque ya nos gustaría cambiarlos a ciegas por el cromo de Pedro Sánchez.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), junto al mandatario de Estados Unidos, Joe Biden. (EFE) Opinión

Va a disfrutar el presidente del Gobierno la visita de Scholz. Nos hará pedagogía de los valores socialdemócratas, aunque no creo que incurra en el desahogo de atribuirse el mérito de la victoria del canciller. Ya lo hizo en un mitin celebrado en Galicia. Dijo allí que Scholz, más o menos, le había copiado el programa electoral. Y que él mismo, Sánchez, era el vigía de la izquierda europea, el paradigma de la Europa moderna y social.

Tendría más sentido el discurso sanchista si no lo alejara tanto de Scholz la concepción de una política de cohesión responsable. El Gobierno germano es el resultado de un pacto entre socialdemócratas, liberales y verdes. Han prevalecido el interés del Estado, la intersección, la prioridad del consenso en el contexto de una tremebunda crisis sanitaria y económica.

Pedro Sánchez ha hecho lo contrario. Puede que el peor error de toda la legislatura —y de su naturaleza política— no solo estribe en la falta de límites y de principios, sino en haber liderado el proyecto de la crispación, de la polarización y de la división, de tal manera que pueda convertirse él mismo en el remedio a la ultraderecha que ha alimentado y engendrado, desquiciando de manera irresponsable los humores de los compatriotas.

La visita del canciller germano a Madrid es un éxito diplomático y una deferencia política que enfatiza la buena reputación europea de Pedro Sánchez y que contradice el deterioro de la imagen doméstica del líder socialista, no solo entre sus adversarios convencionales sino entre los votantes a quienes exaspera la volatilidad, la amnesia y la megalomanía del presidente, más allá de las concesiones al soberanismo, del intrusismo judicial y de sus contribuciones a la polarización de la sociedad.

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