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El candidato a la Moncloa del PP… es Sánchez
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Rubén Amón

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El candidato a la Moncloa del PP… es Sánchez

La feroz autodestrucción de los populares y la pujanza de Vox reaniman al PSOE cuando más razones tenía para responder de la profunda crisis de la izquierda: ¿será Feijóo otra vez un globo sonda?

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Moncloa. (EFE/Ballesteros)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Moncloa. (EFE/Ballesteros)
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Debe sentirse eufórico Pedro Sánchez en su despacho de centinela de la Moncloa. La implosión del PP y la pujanza de Vox proporcionan al presidente del Gobierno un escenario providencial que reanima su eterno porvenir en el cargo y que encubre la derrota categórica del 13-F.

El hundimiento de la izquierda convertía al PSOE en el paciente de la autopsia semanal. Y en el protagonista inequívoco de la crisis, tanto por el retroceso de Tudanca como por la asombrosa distancia de los ejes —50% la derecha, 35% la izquierda—, pero las decisiones estratégicas de Génova —el error de anticipar los comicios— se han añadido a la hostilidad indescriptible que traslada el duelo de Casado y Ayuso. Lo pierde el PP. Y lo ganan Santiago Abascal y Pedro Sánchez, no ya emparejados en su rivalidad hacia los populares, sino beneficiarios de un antagonismo que lleva hasta los extremos la irresponsabilidad de la polarización. Más prospera Vox entre los cadáveres del PP, mejor puede Sánchez consolidar su misión redentora. La neutralización de la ultraderecha es un poderoso argumento aglutinador que atrae al votante centrista, que estimula sobremanera al izquierdista y que se añade a la interlocución privilegiada del líder socialista con los nacionalistas.

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal. (EFE/Mariscal)

El planteamiento posibilista y coyuntural se resiente de las antipatías que despierta el propio Sánchez. De hecho, el lema de 'Todo menos la ultraderecha' que fomenta la Moncloa tiene que medir su corpulencia frente al eslogan del 'Todo menos Sánchez'. Es el antisanchismo una energía electoral poderosísima, a menos que se malogre la reputación de quienes se ocupan de propagarla. Y no es el caso de Abascal en su papel de exorcista profesional, pero la pulsión autodestructiva del PP frustra el proceso de evacuación de Sánchez y le otorga una ventaja insólita.

Le conviene al patriarca socialista la gestión negligente de Casado. Y le beneficia más aún el deterioro de la imagen de Díaz Ayuso. La dimisión del 'agente' Carromero probaría y expiaría que García Egea urdió una maniobra de espionaje, pero el victimismo ruidoso que la presidenta ha restregado a Pablo Casado no la aísla de las sospechas ni de las irregularidades.

placeholder Militantes del PP se manifiestan ante la sede de Génova para pedir la dimisión de Casado y García Egea. (EFE/Fernando Alvarado)
Militantes del PP se manifiestan ante la sede de Génova para pedir la dimisión de Casado y García Egea. (EFE/Fernando Alvarado)

Se antojan opacas e insuficientes las explicaciones que ha ofrecido la presidenta. Los matices entre el comisionismo y la contaprestación se añaden al papel ambiguo en que se desempeña Tomás Díaz Ayuso interviniendo en la consecución de contratos públicos, no necesariamente a su nombre, pero sí como mediador necesario y beneficiario último.

¿Tráfico de influencias? ¿Corrupción? ¿Una falta de ejemplaridad? Las dudas justificarían la investigación interna que decidió promover el PP… si no fuera porque la chapucería de la iniciativa no obedecía al escrúpulo de la transparencia, sino a la estrategia de sabotear la trayectoria de la emperatriz de Malasaña. Por eso se expurgó entre sus novios y sus personas de confianza. Se trataba de encontrarle material incendiario y hasta de chantajearla, razones por las cuales Díaz Ayuso se propuso anticipar la gravedad de la conspiración y decidió detonarla por anticipado.

El efecto disuasorio del ardid no la exime del hipotético escándalo fraterno, pero sí la convierte en la favorita del 'pueblo'

El efecto disuasorio del ardid no la exime del hipotético escándalo fraterno, pero sí la convierte en la favorita del 'pueblo'. Y en la artífice de una escisión que fractura la derecha para la gloria contemplativa de Pedro Sánchez.

Se pone delante de la sede del PP como el jubilado delante de una obra de demolición y como el esteta perverso que se relame en la ferocidad de la 'Riña a garrotazos' de Goya. El precario armisticio del fin de semana representa una cataplasma impropia de la gran hemorragia pepera. Produce hasta candor haber leído que el PP considera suficientes las pruebas ofrecidas por Ayuso. Conmueve la impostura teatral con que Pablo Casado peina y repeina la cabeza de la Medusa sabiéndose ya él cadáver.

Foto: Isabel Díaz Ayuso conversando con Miguel Ángel Rodríguez. (EFE/Lenin Nolly)

Se habla con razón del cinismo incorregible de Sánchez, de su carencia de principios y de su instinto de supervivencia, pero el mismo énfasis podría mencionarse para destacar su buena suerte, las estrella benefactora que jalona los vaivenes de la política española. Lo demuestran los servicios impagables que le garantiza Pablo Casado.

El ejemplo más elocuente consiste en la operación de desprestigio a Díaz Ayuso, aunque también reviste interés la eficacia involuntaria con que el líder popular fomenta la pujanza de la ultraderecha. Ha sido un mayúsculo error del PP promover las elecciones del 13-F, no ya por cuestionarse con toda frivolidad la idoneidad de un Gobierno estable, sino porque la subestimación de Vox explica que Pablo Casado se haya convertido ahora en rehén de Abascal.

La hemos vivido en directo, con todos los detalles gore. Y ha debido gozársela Pedro Sánchez con tantas palomitas como jubilosa incredulidad

Le conviene a Sánchez que se establezca entre el PP y la ultraderecha una relación concreta y hasta orgánica, sobre todo porque el 'eje del mal' serviría de argumentación a la necesidad de un antagonismo redentor.

Era la lectura ventajista que hizo el PSOE después de los comicios castellanoleoneses. Y la manera con que los socialistas encubrieron su propio fracaso. Al menos hasta que sobrevino la matanza de Génova 13. La hemos vivido en directo, con todos los detalles gore. Y ha debido gozársela Pedro Sánchez con tantas palomitas como jubilosa incredulidad: el PP se desangra, Ayuso se desquicia y Abascal sale a hombros del aquelarre.

El primer problema consiste en que la especificidad de la política gallega no puede extrapolarse a la realidad nacional

Es el contexto incendiario en que resurge el mesianismo ciclotímico de Núñez Feijóo. Cada vez que el PP toca fondo, el patriarca gallego se postula no como alternativa, sino como el amago de una solución, más ahora que su reinado galaico-gallego expone la audacia con que el presidente de la Xunta atrae para sí el voto nacionalista clásico y mantiene a raya el fenómeno de Vox. Sería la fórmula idónea para los designios nacionales. Un líder moderado y sensato que ha sabido neutralizar los extremismos. Y cuya ascendencia en el PP le permitiría reivindicarse como la solución perfecta. Una vía intermedia entre Casado y Ayuso. Equidistante de ambos, pero también consciente de la lealtad que estaría dispuesta a otorgarle la presidenta madrileña una vez obtenida la cabeza de Pablo.

El primer problema consiste en que la especificidad de la política gallega no puede extrapolarse a la realidad nacional. Y el segundo problema radica en que Feijóo se parece demasiado al actor involucrado en la escalera de Escher. Nunca se sabe si está subiendo. O si está bajando.

Debe sentirse eufórico Pedro Sánchez en su despacho de centinela de la Moncloa. La implosión del PP y la pujanza de Vox proporcionan al presidente del Gobierno un escenario providencial que reanima su eterno porvenir en el cargo y que encubre la derrota categórica del 13-F.

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