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Rubén Amón

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Por qué Putin no es Hitler

Las comparaciones entre el nefasto tirano ruso y el genocida nazi redundan en un revisionismo estrafalario que relativiza la abyección del Holocausto y amalgama los episodios históricos

Foto: Protesta contra Putin en Berlín. (Reuters/Pawel Kopczynski)
Protesta contra Putin en Berlín. (Reuters/Pawel Kopczynski)
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Ha circulado viralmente una falsa portada de 'Time' que confunde la imagen de Putin con el bigote de Hitler. Y que enfatiza la relación entre ambos a la sombra de un titular elocuente: "El retorno de la historia".

La repercusión de la portada 'fake' no contradice la actualidad y el oportunismo de las analogías. No solo en los ámbitos estrafalarios, sino en los despachos que intervienen en la crisis diplomática. Josep Borrell, por ejemplo, exponía en el programa de Alsina las similitudes “evidentes” entre el patriarca ruso y el genocida nazi. ¿Es Putin como Hitler?

La mera pregunta sobrentiende la idoneidad del debate, pero conviene atajarlo en su mismo origen: no. La conclusión no relativiza la ferocidad del tirano ni su peligro geopolítico. Putin es un autócrata, un híbrido de zar y jerarca soviético, un supremacista eslavo, un sujeto glacial que cultiva el imperialismo y que ejerce la megalomanía y el mesianismo.

Semejante retrato establece evidentes relaciones con la idolatría de Hitler, pero la idiosincrasia del nazismo —un modelo industrial de exterminio— representa un fenómeno desconocido en la historia de la humanidad. Por eso ha sido necesario construir un nuevo lenguaje. Describirlo con términos y conceptos —genocidio, Holocausto— que nunca se habían empleado porque las atrocidades de Hitler también habían rebasado el campo semántico.

Compararlo con Putin es hacerle un favor imperdonable, restringirlo a la categoría de un dictador de mierda. Y sustraerlo a todas las originalidades del régimen: la limpieza étnica, la experimentación con humanos, la aniquilación sistemática de judíos, tullidos y homosexuales, la purificación racial y la ideación misma del exterminio en los campos de concentración.

Compararlo con Putin es hacerle un favor imperdonable, restringirlo a la categoría de un dictador de mierda

La 'solución final' representa la mayor abyección de la Historia. Y desautoriza el juego de las comparaciones, sobre todo porque la tentación de trivializar a Hitler y el nazismo enfatiza una distorsión que alimenta el revisionismo y que pervierte cualquier ejercicio sereno de memoria.

Putin encaja perfectamente en la familia de los tiranos. Y debe juzgársele como tal —tomándoselo muy en serio—, por mucho que resulte tentador considerarlo un epígono de Hitler a cuenta de su ferocidad expansionista y de sus operaciones militares. Las repúblicas del Donbás serían los Sudetes, del mismo modo que Ucrania estaría en los raíles del Anschluss.

Y es verdad que Putin aspira a un nuevo orden geopolítico y a la capitulación de las democracias occidentales, pero los argumentos que identifican su crueldad y su autoritarismo no implican conclusiones desorbitadas. Ni siquiera cuando está en juego el porvenir de las democracias abiertas.

Bastante tiene Putin con ser Putin. Y suficientes son las razones para describir su ejecutoria entre los escombros de una democracia imitativa. Putin ha violado la separación de poderes, ha metido a la oposición en la cárcel, ha organizado brutales campañas militares en Chechenia y en los territorios 'rebeldes' del Cáucaso, ha coartado la libertad de prensa y ha organizado un estado de propaganda e intimidación que le permiten denunciar el nazismo y el genocidio que ejerce Ucrania, por mucho que el propio presidente Volodímir Zelenski sea a la vez judío y ruso.

Foto: Los equipos de rescaten trabajan en la zona de bombardeo en el centro de Járkov. (Reuters/Vyacheslav Madiyevskyy)

No cabe mejor demostración de la torpeza con que el propio Putin ha tergiversado la memoria del nazismo. Y la ignominia con que ha relativizado, por idénticas razones, la contribución del Ejército Rojo a la caída del régimen nazi, más aún cuando Ucrania sufrió en primer grado la brutalidad de Hitler.

Lo demuestra el memorial de Babi Yar en las afueras de Kiev. Porque allí —un barranco siniestro— se produjo una matanza progresiva en la que fueron ejecutados unos 150.000 judíos, muchos de ellos entre las jornadas del 29 y el 30 de septiembre de 1941. Existen imágenes que documentan el episodio y cuya crudeza revuelve las entrañas. Y que deberían tenerse en cuenta antes de convertir a Hitler en un dictador de tantos.

Ha circulado viralmente una falsa portada de 'Time' que confunde la imagen de Putin con el bigote de Hitler. Y que enfatiza la relación entre ambos a la sombra de un titular elocuente: "El retorno de la historia".

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