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Teresa Berganza, madrileña universal
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Rubén Amón

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Teresa Berganza, madrileña universal

Nacida en la calle San Isidro, la difunta mezzo se identificó hasta las entrañas con la capital y fue un ejemplo de chulería y de rebeldía

Foto: La mezzosoprano Teresa Berganza. (EFE)
La mezzosoprano Teresa Berganza. (EFE)
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No sé cuáles son los planes del Ayuntamiento de Madrid respecto a la gloria póstuma de Teresa Berganza. Espero que no se restrinjan a una simple calle. Y que se tenga en cuenta la posibilidad de consagrarle la Castellana. O la Plaza de la Villa. Exageramos un poco las cosas, pero sucede que la carrera de la difunta mezzo solo puede concebirse en términos hiperbólicos. Y en una identificación integral y hasta integrista con la ciudad de Madrid. Y con la periferia, pues la antidiva se instaló en San Lorenzo del Escorial.

Castiza era la Berganza. Y nacida en la calle de San Isidro, por si hubiera dudas de su linaje o de su raigambre en las entrañas del foro. No solo por la precocidad con que frecuentó los espacios académicos —del Conservatorio al Ateneo—, sino por su implicación en el territorio popular. A la Berganza le entusiasmó Lina Morgan. Y sus cualidades de niña prodigio la derivaron a interpretar un modesto papel en 'La hermana San Sulpicio' (1952), compartiendo unos minutos a la vera de Carmen Sevilla.

Foto: Teresa Berganza, en una imagen de archivo de 2015. (Reuters/Eloy Alonso)

Madrileña era la Berganza. Madrileñísima. Por eso cantaba con tanta gracia el chotis. Y por idénticas razones acostumbraba a significarse en el repertorio de zarzuela más allegado a las ambientaciones madrileñas. Que si 'La verbena de la Paloma'. Que si 'El barberillo de Lavapiés'. Que si 'La gran vía'. Que si 'Doña Francisquita'. Y que si 'Luisa Fernanda', una partitura de Moreno Torroba que acaso puede encontrarse en las tiendas del Rastro y que la Berganza grabó con el maestro Frühbeck de Burgos. Aparece sonriente en la portada de vinilo (RCA). Y entrecruza las manos exponiendo una sonrisa que demuestra su carisma y su cualificación de seductora.

La Berganza era tan madrileña como universal, procede aclararse. El folclore y el tipismo permiten evocar su mimetismo con la Villa y Corte, pero no contradicen el vuelo que adquirió su carrera internacional. Los festivales de Edimburgo y de Aix-en-Provence la pusieron en órbita. Y la consagraron los grandes teatros, pero la Berganza necesitaba tomar tierra en el Teatro de la Zarzuela. Su casa. Su fetiche. Y el escenario donde cultivó sus mayores inquietudes, desde el descubrimiento de 'Rinaldo' (Handel) hasta la autoridad con que se convirtió en la mejor intérprete de 'Carmen'.

La Berganza era tan madrileña como universal. El folclore y el tipismo permiten evocar su mimetismo con la Villa y Corte

Tiene sentido evocar la ópera de Bizet porque el personaje central la emancipó de tantos complejos y sumisiones. Y porque su afinidad a la indomable cigarrera le puso en suerte la oportunidad de inaugurar el Teatro Real en 1992. El contrato estaba suscrito, como estaba asegurada la presencia de Plácido Domingo, pero el retraso de las obras —cinco años— malogró que la Berganza pudiera convertirse en hada madrina.

Madrileña, ¿qué quiere decir madrileña? Es de agradecer que el madrileñismo no forme parte de las identidades excluyentes. El madrileñismo consiste en la ausencia de identidad. Y en el acopio de unos comportamientos que forman parte de la actitud. Una cierta chulería, por ejemplo. Un deje en el hablar. Y una rebeldía de chulapona que identificaba la insumisión de la Berganza al sistema y a las convenciones. Ya lo canta Luisa Fernanda: “¿Mejor o peor? No sé, pero donde yo... y usté nos veamos frente a frente. Ni más baja ni más alta; al nivel del corazón, que, con la misma emoción, lo mismo palpita y salta”.

No sé cuáles son los planes del Ayuntamiento de Madrid respecto a la gloria póstuma de Teresa Berganza. Espero que no se restrinjan a una simple calle. Y que se tenga en cuenta la posibilidad de consagrarle la Castellana. O la Plaza de la Villa. Exageramos un poco las cosas, pero sucede que la carrera de la difunta mezzo solo puede concebirse en términos hiperbólicos. Y en una identificación integral y hasta integrista con la ciudad de Madrid. Y con la periferia, pues la antidiva se instaló en San Lorenzo del Escorial.

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