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Si prohíben el porno, me exilio
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Rubén Amón

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Si prohíben el porno, me exilio

EL PSOE acomete una nueva cruzada neopuritana que vincula la pornografía a la prostitución y que homologaría a España con las satrapías árabes y las dictaduras comunistas

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Queda poco para que nos quiten lo bailado, pero entre tanto prospera el gigantismo paternalista y moralista del PSOE, esta vez involucrado en tomarse en serio la prohibición de la pornografía. Y de establecer un nexo inequívoco entre la pornografía misma y el ejercicio de la prostitución.

O sea, que Charlotte Gainsburg, protagonista de 'Nymphomaniac' (Lars von Trier) y artífice de escenas explícitas, es una puta. Y lo serían a título implícito —y retrospectivo— Victoria Abril, Javier Bardem o cualquier otro colega del oficio que haya sido remunerado por unos ambiguos "actos de naturaleza sexual". No lo hubiera escrito mejor un cura franquista. Ni hubiera soñado que un Gobierno progresista fuera capaz de llevar a la cárcel a una mujer —o a un hombre— que venda sus vídeos en OnlyFans. O que participe en una escena 'soft' o 'hard' donde expone sus atributos sexuales.

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Tendría que organizarse una lista negra de películas prohibidas. Y no solo las icónicas del repertorio X —de 'Garganta profunda' hacia dentro—, sino las obras mayores y menores en que aparezcan "actos de naturaleza sexual" —de 'Saló' a 'Calígula'—, así como la prohibición de exhibirse en España las 'cintas' en que haya sido remunerado un actor en situación flagrante.

La perspectiva es a la vez delirante y neopuritana, de tal manera que el partido de Sánchez aspira a homologar España con los Estados siniestros que prohíben la pornografía. O sea, las satrapías árabes, las teocracias de corte iraní y las repúblicas comunistas. Incluidas Corea del Norte y Cuba, cuyo código penal castiga con la cárcel la producción y la difusión del cine X.

Es utópica y muy discutible la iniciativa de prohibir la prostitución. Es muy cuestionable atribuir al porno cualidades criminógenas. Y es un disparate establecer un vínculo directo entre la prostitución y el cine 'caliente', pues el criterio de los "actos de naturaleza sexual" tanto convierte a Rocco Siffredi en un criminal en serie como transforman a Kubrick, a Pasolini o a Bertolucci en pornógrafos. No podría rodarse en España 'El último tango en París' ni podría proyectarse la trama japonesa de 'El imperio de los sentidos'.

Es utópica y muy discutible la iniciativa de prohibir la prostitución. Es muy cuestionable atribuir al porno cualidades criminógenas

La iniciativa del PSOE tiene que abrirse camino en el Parlamento e igual obtiene la adhesión incensaria y confesional de Vox, pero el mero hecho de exponerla y de redactarla en el contexto del Código Penal retrata una injerencia moralista que resulta técnicamente inaplicable y que pretende prevenir a la sociedad de sus hábitos perniciosos e incorregibles.

Las motivaciones son más o menos conocidas. Una consiste en purgar los delitos que se cobijan en la industria del porno (explotación de menores, abusos sexuales). Y claro que existen, pero la derivada criminal de una actividad no implica proscribirla en su generalidad. ¿Habrían de prohibirse las adopciones porque exista un mercado clandestino?

La otra motivación apela a la proliferación del porno entre los infantes. Y a la relación 'causa-efecto' entre las escenas grupales de sexo y los delitos de las manadas. Urge aclarar, en tal caso, que los sitios porno no están permitidos a los menores. Que el control de los hábitos interpela a los padres y a los educadores. Que no se resuelven los problemas de una sociedad enfocándolos desde los ángulos equivocados. Y que los conflictos de distinción entre la realidad y la ficción no tienen que ver con el sexo, sino con la misma frontera con que pretende delimitarse la prohibición de los videojuegos 'violentos', el cierre de los estadios, la clausura de los ruedos, la pira de las películas de Tarantino y las políticas represivas ejemplarizantes.

Foto: Imagen: Irene Gamella.

La prohibición del porno es, en efecto, una iniciativa represiva y contraproducente. Tendríamos que marcharnos otra vez a Francia, no para asistir a un pase de 'Emmanuele' en un cine de barrio, sino para engancharnos a Pornhub nada más cruzar la Junquera. Y encontrar allí las razones positivas que tantos expertos observan en la pornografía. Por el desahogo de la violencia (y no al revés). Por la escenificación ajena de las fantasías propias. Y porque la casa más visitada de Pompeya sigue siendo aquella en que se exponen las mayores extravagancias sexuales.

Hay que organizarse en serio un plan B de exilio, acaso en Portugal. No ya por si termina instalándose Santiago Abascal en la Moncloa, sino porque el PSOE se ha recubierto de una sotana preconciliar para castigar con la ceguera a los pornógrafos. Y para ultrajar con la letra escarlata a quienes obtengan remuneración o negocio por "actos de naturaleza sexual".

Es el contexto que explica el titular de este artículo. Si prohíben el porno, me exilio. Y no por lo que pueda frecuentarlo, sino por la pulsión autoritaria y puritana con que el PSOE conjuga el verbo 'prohibir' a expensas de las libertades y la ferocidad con que levanta la antorcha de la inquisición.

Queda poco para que nos quiten lo bailado, pero entre tanto prospera el gigantismo paternalista y moralista del PSOE, esta vez involucrado en tomarse en serio la prohibición de la pornografía. Y de establecer un nexo inequívoco entre la pornografía misma y el ejercicio de la prostitución.

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