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A Ayuso se le queda pequeña Madrid
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Rubén Amón

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A Ayuso se le queda pequeña Madrid

La presidenta persevera en su campaña internacional para hacer propaganda de su “modelo de libertad” y para probarse como estadista, buscando el cuerpo a cuerpo con Sánchez

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid en un acto del PP. (EFE/Sergio Pérez)
La presidenta de la Comunidad de Madrid en un acto del PP. (EFE/Sergio Pérez)
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Un siniestro cardenal romano me decía que Juan Pablo II viajaba tanto porque se aburría en Roma. Las paredes del Vaticano le resultaban claustrofóbicas. Y la misión universal de la Iglesia le constreñía al apostolado.

Le sucede algo parecido a Isabel Díaz Ayuso. La Comunidad de Madrid se le ha quedado pequeña. Y no es cuestión de discutirle el interés de sus viajes occidentales en busca de inversión, sino de plantear hasta qué extremo la presidenta exagera la “política exterior”. La utiliza para desafiar a Pedro Sánchez y divulgar la misión que ilumina su mandato. De otra manera, no hubiera remarcado con semejante providencialismo las razones de su visita a Lisboa. Lo hizo hablando del “modelo de libertad que imita todo el mundo”. Y se refería a sí misma. Añadiendo que Madrid es “el contrapeso incómodo para el dirigente populista pero que es prosperidad para los ciudadanos”.

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, junto al alcalde de Lisboa, Carlos Moedas, durante su encuentro en Lisboa. (EFE/Antonio Pedro Santos Lusa)

Se da la circunstancia de que Ayuso es una dirigente populista. No la única, pero sí quien más juega a identificarse con el pueblo y a hablar en su nombre, siempre y cuando el pueblo no consista en los sanitarios de Madrid ni degenere en la “chusma comunista” de las batas blancas.

Se ha distanciado de ellas gracias al columpio de la agenda internacional. Y se ha propuesto convertir Madrid en una suerte de caput mundi, en el eje mediterráneo del gran crucifijo. El madero horizontal transita de Valencia a Lisboa. El vertical se levanta hasta París, pues la reciente visita de Valérie Pécresse al despacho de la Puerta del Sol enfatiza las relaciones comerciales, culturales y hasta religiosas con la Île de France.

Díaz Ayuso ha convertido la política en una misión. Habla de la familia, de la libertad, del esfuerzo. Y establece conexiones internacionales como si estuviera explorando o ensayando sus ambiciones de estadista. “Madrid y Lisboa son dos caras de la misma moneda”, decía en la capital portuguesa. “La Península Ibérica no solo es un territorio que compartimos. También es el epicentro de ese movimiento civilizador que ha trasladado los valores occidentales y la prosperidad por medio mundo durante siglos”.

Es la perspectiva desde la que Díaz Ayuso aludió a la fundación de la Unión Ibérica. Se trata de un “constructo” más retórico que orgánico. Y no porque sea una mala idea fomentar una conexión de alta velocidad entre Valencia, Madrid y Lisboa. Lo que sucede es que la presidenta madrileña la expone como una ocurrencia y como un alarde propagandístico. Porque un proyecto de semejantes connotaciones forma parte de las atribuciones del Estado. Y porque Ayuso tanto aprovecha la excursiones internacionales para dinamizar la región —nadie lo niega— como para agitar el duelo con Pedro Sánchez.

Foto: Pedro Sánchez recibe en la Moncloa a Isabel Díaz Ayuso en julio de 2021. (EFE/J. J. Guillén) Opinión

Sale perjudicado Núñez Feijóo de la contienda, especialmente cuando la presidenta de la Comunidad incurre en ejercicios de deslealtad al líder gallego. Y cuando los planteamientos radicales —del cambio climático a la vigencia de ETA— desbaratan la estrategia prioritaria de la centralidad.

Juanma Moreno consiguió el margen de la mayoría absoluta en Andalucía gracias al sufragio de los votantes socialistas “descarriados”. Y es verdad que el escenario nacional incorpora la excepcionalidad o la excepción del nacionalismo —en términos políticos y numéricos—, pero la mejor manera que tiene Ayuso de velar por la evacuación de Sánchez no consiste en precipitar su momento ni en mirar de reojo a la Moncloa, sino en aceptar una posición gregaria y constructiva en la campaña prioritaria de Núñez Feijóo.

Un siniestro cardenal romano me decía que Juan Pablo II viajaba tanto porque se aburría en Roma. Las paredes del Vaticano le resultaban claustrofóbicas. Y la misión universal de la Iglesia le constreñía al apostolado.

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