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Rubén Amón

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Macron, dimisión, Macron, dimisión

La crisis política de Francia tiene un protagonista y una solución, pero la obstinación del jefe del Estado solo beneficia la llegada de la ultraderecha: Marine Le Pen prepara el camino de Jordan Bardella

Foto: El presidente de Francia, Emmanuel Macron. (EFE/EPA/Pool/Stephane de Sakutin)
El presidente de Francia, Emmanuel Macron. (EFE/EPA/Pool/Stephane de Sakutin)
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Puede que no exista un cargo más vulnerable de la política europea que el del primer ministro francés. La provisionalidad recuerda aquella película de los Hermanos Marx, Una noche en Casablanca, en cuya trama resultaba asesinado sistemáticamente el director del hotel hasta que Groucho asume el puesto con su proverbial oportunismo y criterio caótico.

El tragicómico Macron ya ha nombrado a cinco primeros ministros -incluido el efímero y difunto Barnier-, más o menos como si estuviera italianizándose el hábitat de la política transpirenaica. Y como si el jefe del Estado hubiera recurrido a toda clase de fusibles para preservarse a sí mismo.

Macron ha escogido premiers progres y conservadores, jóvenes y viejos, varones y mujeres. Y los ha convertido en soluciones disuasorias, cuando es él mismo el gran problema neurálgico que deprime la política francesa.

Se explica así la presión de la opinión pública respecto a la medida extrema de la dimisión. No se la plantea le petit Macron en su propia megalomanía, pero la moción de censura que ha abatido seriamente a Michel Barnier -la primera que prospera en 60 años de parlamentarismo- enfatiza el deterioro del Elíseo y certifica la defunción misma del macronismo.

La agonía que aguarda al presidente francés hasta 2027 es el plazo que mejor beneficia la alternativa de la ultraderecha. Marine Le Pen se ha adherido a la moción de la ultraizquierda para demostrar implícitamente la proximidad de los extremos -el efecto herradura- y para relamerse explícitamente de la decadencia de Emmanuel Macron, culpable él mismo de haber malinterpretado los avatares de la política nacional. Fue un error adelantar las elecciones después del fracaso macronista de las últimas europeas. Fue un error nombrar a un primer ministro sin consenso. Y es un error sustituirlo ahora con el recurso de un nuevo cortafuegos.

Le Pen ha escogido la estrategia de cocinar a Macron a fuego lento, desgastarlo en su propia agonía, mientras que la ultraizquierda ya aludió este miércoles a las movilizaciones, las protestas y las huelgas, haciendo pesar sobre el jefe del Estado la capacidad intimidatoria de la calle y la vehemencia de la república plebiscitaria, chalecos amarillos incluidos.

Foto: francia-esta-sumida-en-un-pesimismo-irracional-y-ha-votado-en-consecuencia Opinión

Macron delimita él mismo una crisis polifacética cuyos síntomas se aprecian en la depresión económica -deuda, prima de riesgo, crecimiento-, en la crispación social, en los graves problemas de convivencia, en la polarización política y en la pérdida de la autoestima. Nueve de cada diez franceses lamentan la decadencia de la nación. Y más de la mitad le pide a Macron que se marche, tal como sugería una reciente encuesta de Ipsos.

El bluf que identifica la gestión del jefe del Estado no solo concierne a las promesas incumplidas ni al providencialismo fallido, sino a la herencia nefasta que predispone la llegada del Reagrupamiento Nacional.

Y es verdad que Marine Le Pen ha sido involucrada en un delito de malversación que amenaza las expectativas sucesorias, pero su hipotética condición de “inelegible” no contradice las posibilidades de su jovencísimo delfín. Jordan Bardella, 29 años, se perfila como el gran aspirante al trono de Macron. El impulso de las europeas lo ha puesto en órbita. Y ha sido expuesto a un proceso de formación y de entrenamiento. Se trata de convertirlo en un presidente adulto, creíble. Y de consolidarlo fuera del folclorismo identitario o de la extravagancia nacionalista. De hecho, las precauciones y sugestiones que puedan implicar el apellido Le Pen -en el nombre del padre… y de la hija- se benefician del relevo nominal y generacional. La juventud se identifica en sí misma como una cualidad. Y como una garantía regeneradora. Habría que prestar más atención a las ideas que a la edad, pero las obligaciones cosméticas de la política y la superficialidad predominante predisponen el oportunismo de las decisiones simbólicas. Bardella es un eurodiputado precoz. Pelo corto, indumentaria impecable. Buen aspecto. Y excelentes cualidades oratorias, asumiéndose la paradoja según la cual una formación nacionalista fundada en 1972 se entregue a un candidato de madre y apellido italianos. Que creció en la banlieue de París. Que vivió la degradación de las periferias. Y que se ha adherido con entusiasmo al combate de la cultura musulmana, al trumpismo, y al euroescepticismo (sin salirse de la zona euro).

El Reagrupamiento Nacional ya está normalizado y “desdemonizado”. Un tercio de los franceses se adhirió al matriarcado de Le Pen en las últimas europeas (junio de 2024). Y cada vez resulta verosímil imaginar el gran sorpaso en la cima del Elíseo, más todavía cuando la buena reputación de Giorgia Meloni ha abierto el camino al club de la ultraderecha y ha puesto en serios aprietos la cohesión del proyecto continental.

Puede que no exista un cargo más vulnerable de la política europea que el del primer ministro francés. La provisionalidad recuerda aquella película de los Hermanos Marx, Una noche en Casablanca, en cuya trama resultaba asesinado sistemáticamente el director del hotel hasta que Groucho asume el puesto con su proverbial oportunismo y criterio caótico.

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