Juez y fiscal, el presidente del Gobierno condena y absuelve a su antojo y persevera en la intimidación de los tribunales y en el exterminio de la separación de poderes
Pedro Sánchez en la Internacional Socialista. (EFE/EPA)
Bien podría Sánchez dejarse bigote y uniformarse de negro para emular las peripecias de Charles Bronson en la trama de "Yo soy la justicia". La película del rudo actor de Pensilvania es realmente mala, pero el título es realmente bueno para exponer la extinción progresiva de la separación de poderes.
El Gobierno condena y absuelve a su antojo los casos de corrupción. Y no solo cuando el ministro de Justicia exculpa de toda responsabilidad a la "gente honrada" del partido, sino cuando el propio Sánchez decide que el Fiscal General merece las disculpas de los españoles porque no hay pruebas de la filtración de los datos del novio de Ayuso.
Y pruebas no hay, acaso, porque los mensajes se borraron y pululan en el éter, aunque no interesa tanto aquí desenmascarar la estrategia preventiva de García Ortiz como destacar la autoridad con que Pedro Sánchez desempeña las tareas del juez en el fiel mismo del escándalo.
Reviste una extraordinaria gravedad que la Fiscalía General funcione y opere como una terminal de Moncloa. Escandaliza que puedan vulnerarse los derechos de un ciudadano con fines políticos. E irrita que el propio García Ortiz se haya propuesto denigrar la institución con la decisión de permanecer en el cargo. Sea culpable o no, la ética y la deontología contradicen la extravagancia de un eventual proceso judicial que sitúa a la fiscalía en la posición inverosímil de acusar al Fiscal General.
Reviste una extraordinaria gravedad que la Fiscalía General funcione y opere como una terminal de Moncloa
Sánchez profana el cadáver de Montesquieu en todas las direcciones. Acusa y juzga a la vez. Condena y absuelve. Instrumentaliza como propias la Abogacía del Estado y la Fiscalía General. Condiciona las decisiones del Tribunal Constitucional. Y desprestigia los tribunales y los jueces que considera hostiles, atribuyéndoles una conspiración de la que forman parte los medios informativos de la fachosfera y el Partido Popular.
No puede sorprender a nadie la estrategia de Sánchez, porque ya la meditó y concibió en aquella espantada de la primavera. Hizo tambalear la separación de poderes cuando nombró Fiscala General a la ministra de Justicia, pero el verdadero escarmiento sobrevino cuando las investigaciones judiciales concernieron a su esposa. Pesaron entonces las "cuestiones personales". Y se precipitó una venganza destinada al desprestigio de la prensa y de los jueces. Porque a Sánchez no le gustan los contrapoderes. Y porque la idea del complot le sirve de argumento disuasorio a los conflictos judiciales.
Viene a convenirse que a Sánchez no se le deja gobernar. Y que se le pretende intoxicar su ciclo virtuoso, aunque semejante ejercicio de victimismo se resiente del estruendo del caso Aldama.
Y se precipitó una venganza destinada al desprestigio de la prensa y de los jueces. Porque a Sánchez no le gustan los contrapoderes
No hay manera de disimular los delitos que parece haber cometido Ábalos con los galones de ministro de Transportes y con las funciones de secretario de organización del Partido Socialista. Y no va resultar sencillo cauterizar la crisis al ámbito de influencia y de responsabilidad del camarada José Luis, sobre todo porque las pruebas que dosifica Aldama desmienten la extrañeza del oficialismo y desacreditan la gran teoría de la conspiración.
La degradación de las instituciones socava la calidad de la democracia y fomenta el vigor de las alternativas populistas y antisistema. Por esas mismas razones, el PP debería comportarse con sentido de Estado y responsabilidad en lugar de arrojarse al sensacionalismo.
Feijóo y sus colegas incurren en la intoxicación de la Justicia, cuando emiten sentencias y condenas, cuando convierten los indicios en pruebas y cuando la frustración de un trabajo opositor inane precipita la política de la frivolidad y del humorismo. Dejar trabajar a los tribunales significa respetar los tiempos y los plazos en lugar de emular el intervencionismo de Sánchez, por mucho que sea el presidente del Gobierno el mayor artífice y protagonista de la profanación del estado de Derecho. La justicia es él.
Bien podría Sánchez dejarse bigote y uniformarse de negro para emular las peripecias de Charles Bronson en la trama de "Yo soy la justicia". La película del rudo actor de Pensilvania es realmente mala, pero el título es realmente bueno para exponer la extinción progresiva de la separación de poderes.