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2024: el año de la consagración de Felipe VI
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Rubén Amón

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2024: el año de la consagración de Felipe VI

Diez años después de acceder al trono, la figura del Rey y de la casa que regenta alcanzan las mejores cotas de reputación, gracias a la ejemplaridad, el trabajo de Letizia, el acierto de la sucesión y el prestigio adquirido en la crisis levantina

Foto: El rey Felipe VI. (Europa Press/Lola Pineda)
El rey Felipe VI. (Europa Press/Lola Pineda)
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Las novedades dramatúrgicas y escénicas del discurso del Rey en la noche del martes describen un propósito de acercamiento y de transformación que la Casa Real ha consolidado en el año más propicio de la década.

Diez años han transcurrido desde la coronación de Felipe VI. Y el tiempo y la ejemplaridad han redundado en un ciclo virtuoso cuya fertilidad ha justificado la necesidad, oportunidad e importancia de la monarquía.

Lo demuestran las operaciones de riesgo y de reputación contraídas en la catástrofe levantina. Tuvieron que jugarse el físico Felipe VI y Letizia entre la desesperación de los valencianos, pero el arrojo de la misión deparó un ejercicio de credibilidad cuando el Estado parecía desvanecerse.

La respuesta fallida de las administraciones precipitó una situación de caos y desamparo que podría haber engendrado un brote de anomia o de anarquía. Resulta extraordinariamente peligroso que los ciudadanos recelen del orden y del sistema. Y fue del todo providencial que las visitas de los Reyes sirvieran para reconstruir la imagen misma de la nación, más todavía cuando la pugna de Sánchez contra Mazón —y viceversa—caracterizaba la temeridad de la casta política a expensas de la angustia de los vecinos.

Resulta extraordinariamente peligroso que los ciudadanos recelen del orden y del sistema

Es una imagen penosa la que traslada la disputa partidista en los tiempos de la catástrofe, aunque la cronificación del enconamiento de Sánchez y Feijóo ha “contribuido” a la reputación de la monarquía como institución “superpartes” y como el último recurso o salvaguarda de la involución del Estado.

Se pusieron a prueba los Reyes mejor de cuanto hubiera ocurrido en la más exhaustiva de las encuestas. Y pudieron permitirse regresar “en familia” a la zona cero de la catástrofe el pasado domingo. Por sorpresa, sin fanfarria ni tambores. “Soy muy republicana, pero me emociona que hayáis venido”, balbuceaba entre emociones e incredulidad una vecina de Catarroja.

Foto: encuesta-rey-diez-anos-mejor-valorado-pincha-jovenes

Ha venido a convenirse que la crisis levantina ha sido el 23-F de Felipe VI. Podría decirse lo mismo de la respuesta del Rey al desafío del procés. Y mencionarse otros episodios constructivos que jalonan el “cursus honorum” de sus majestades a partir de la fecha misma de la coronación.

El deterioro de las instituciones que ha fomentado y fomenta el sanchismo enfatiza la credibilidad de aquellas que han resistido a la intoxicación. Felipe VI heredó el trono y el cetro en una situación incendiaria, pero la perspectiva del tiempo, el aislamiento del borboneo, la distancia hacia los cortesanos (“vil raza maldita”, canta Rigoletto), el camino de perfección de Letizia y la normalidad del proceso sucesorio han relativizado el furor regicida.

No renuncian al cambio de guardia los detractores soberanistas. Y Sánchez los cultiva desde la necesidad y desde la simpatía, hasta el extremo de preguntarnos si la lealtad del Rey hacia la Moncloa se corresponde con la fidelidad de la Moncloa a la Zarzuela. Recela Sánchez de los contrapoderes, sean cuales sean. Y debe resultarle incómoda la creciente popularidad de la monarquía, empezando por la idoneidad de la princesa Leonor.

Foto: rey-felipe-vi-lider-europeo-mejor-valorado-adelanta-sanchez-popularidad

Se entenderían así mejor los movimientos políticos y estratégicos que patrocina el presidente del Gobierno en menoscabo de Felipe VI. Y no solo porque la estabilidad de la legislatura depende de los compadres soberanistas, sino porque el propio Sánchez expone y sobrexpone a la Casa Real con decisiones de política exterior y con acciones de fuera de juego. ¿Sabremos algún día por qué no hubo representación en la reapertura de Notre Dame? ¿Cuántas veces el silencio obligado y obligatorio de Zarzuela encubre o disimula el desencuentro de Sánchez y Felipe VI?

El rey Borbón se ha convertido en la contrafigura del jefe de Gobierno, cuando no en la némesis y en la evidencia antagonista. Cohabitan y coexisten el uno y el otro, pero el narcisismo de Sánchez y la degradación de su prestigio fomentan la fantasía de una reyerta republicana.

Las novedades dramatúrgicas y escénicas del discurso del Rey en la noche del martes describen un propósito de acercamiento y de transformación que la Casa Real ha consolidado en el año más propicio de la década.

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