La traición de Trump a la democracia y a la historia común provoca un estado de shock que requiere la respuesta de un continente anestesiado en el bienestar cuyos valores representan toda su fuerza y toda su debilidad
Una persona ondea una bandera de la Unión Europea. (EFE/Jorge Zapata)
Acabo de encargar en Amazon una bandera de mesa de la UE. Había regalado la que tenía. Y me ha parecido oportuno rehabilitarla como un gesto de consideración doméstico al símbolo de un proyecto milagroso cuya reputación está en peligro por culpa de la traición de Donald Trump.
Europa no es débil porque haya abjurado de sus principios y de sus valores, sino precisamente porque los conserva y los defiende. Europa es débil porque aloja un modelo de sociedad abierto, transparente y tolerante, sensible a los derechos humanos y laborales, proclive a la causa de las minorías, consciente de la igualdad de género. Europa es débil porque ha renunciado a las fronteras interiores. Porque sus democracias permiten partidos antieuropeístas. Europa es débil porque existe la libertad de prensa y la separación de poderes. Y porque la cesión de soberanía de los países miembros ha repercutido en un modelo supranacional que nos previene de nuestro pasado fratricida. Europa es débil porque cree en la pluralidad y en la circulación de las ideas. Porque consiente los matrimonios entre homosexuales. Y porque los programas de intercambio educativos, Erasmus en cabeza, han fomentado una mentalidad cosmopolita a expensas del patrioterismo y del folclore nacionalista que tanto daño hicieron.
No, no se trata de componer aquí un inventario hagiográfico e idealista de la bandera estelada en fondo azul, pero los reproches que se hacen al proyecto comunitario -la burocracia, la falta de pedagogía, las discrepancias en defensa o política migratoria- representan una anécdota en comparación con los méritos, evidencias y realidades. Otra cuestión es que las nuevas generaciones no hayan apreciado el prodigio de la nueva Europa porque nacieron con él. Y porque la tentación de convertir la UE en la explicación de todos los problemas subestima el espacio de garantías democráticas. Tenemos la mejor Historia delante. No la hemos sabido apreciar.
Mi generación -y no solo la mía- se conmovió con la imagen de Mitterrand y Kohl dándose la mano en el cementerio de Verdún, igual que sucedió con la firma del tratado de Maastricht. Nos convertíamos los españoles en europeos de plenitud. Hemos prosperado desde entonces gracias al proceso de integración, a los fondos comunitarios, incluidas las ayudas multimillonarias del covid. Europa ha sido el frente ético que hizo caer el muro de Berlín. Y es también ahora un territorio de legislación y justicia extraterritorial que vela por el Estado de derecho allí donde pretende vulnerarse. Y que se responsabiliza de las crisis humanitarias.
Europa es débil como Atenas lo era frente al imperio persa. Hemos aprendido que el baricentro del planeta se encuentra en Asia-Pacífico. Y hemos asumido que nuestro continente envejece en la rutina de las comodidades y del bienestar, más o menos como le sucedía al imperio Austro-Húngaro antes de precipitarse la I Guerra Mundial. Parecía imposible que pudiera malograrse la “pax europea” con el veneno del nacionalismo.
Y ha sido Europa la mejor respuesta a las pulsiones identitarias. El proyecto común ha relativizado el furor endogámico del continente, más todavía cuando la Guerra de Bosnia y la de Kosovo sirvieron de argumento ejemplarizante para recordarnos los peores fantasmas de nuestro pasado.
No podemos competir con la ferocidad de Putin ni con el desacato de Trump al relato común de la democracia. El presidente americano ha homologado el expansionismo del zar. Ha bendecido que pueda expropiarse un país ajeno por interés estratégico y turístico. Y ha decidido que la satrapía monstruosa de Arabia Saudí aparezca o comparezca como la parodia tragicómica de Yalta en las labores siniestras de mediación.
No estábamos preparados en Europa a la brutalidad del cambio de paradigma ni la aberrante complicidad de Trump con las atrocidades del zar. La guerra cultural y la comercial excitan la guerra militar. Ha sido el magnate del despacho oval quien ha profanado el pacto de convivencia, renegando del sacrificio que hizo Estados Unidos por las libertades en el matadero a cielo abierto las guerras mundiales. Y devolviendo a Rusia a su condición de potencia hegemónica para castigar la reputación de la vieja Europa.
Europa tiene una oportunidad para reanimarse cuando se reponga del estado de shock. La amenaza de la pinza de Moscú y Washington requiere una planificación en defensa común, política económica y alianzas internacionales. Estados Unidos se baja en marcha del tren de Occidente, porque Occidente no es una referencia geográfica, sino un punto cardinal en el plano ético. Occidentales son los países nórdicos, igual que Australia, Canadá, Corea del Sur, Japón, Uruguay, Chile o Sudáfrica. Se trata de cultivar la reconstrucción de un mundo libre frente a la brutalidad de los nuevos tiranos. Y es cierto que Europa ha perdido su antiguo liderazgo, su influencia planetaria, pero reviste toda la cualificación de la polis ateniense. Por eso ondea en mi casa la bandera de las estrellas doradas.
Acabo de encargar en Amazon una bandera de mesa de la UE. Había regalado la que tenía. Y me ha parecido oportuno rehabilitarla como un gesto de consideración doméstico al símbolo de un proyecto milagroso cuya reputación está en peligro por culpa de la traición de Donald Trump.