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Sánchez Pérez Castejón en el banquillo: realidad… y fantasía
El hermano del presidente protagoniza un procesamiento que inaugura el fin de régimen y que establece tentadoras analogías con el propio líder socialista, empezando por el ahínco con que se pronunciaron los ministros y por la sombra del nepotismo
Sánchez Pérez Castejón en el banquillo. Es una realidad, es una fantasía y es el inicio de un proceso judicial cuyo desenlace puede o no terminar en condena, pero aloja un valor político irresistible. Tanto por los delitos en juego —tráfico de influencias, prevaricación— como por el evidentísimo parentesco.
Nunca se había procesado en España a un familiar cercano de un presidente del Gobierno. Y nunca una instrucción había trasladado semejante grado de morbosidad, incluido el parecido del timbre vocal de David y Pedro. Tanto se asemejan que resulta muy tentador detenerse en el sesgo premonitorio del juicio, como si fuera el ensayo general del gran proceso a Sánchez mismo.
Y no es solamente la cuestión genética la que suscita la sugestión mediática y política. También lo hace el desproporcionado posicionamiento del Gobierno en la causa del hermanísimo. Hubiera sido más inteligente sustraer a David de tantos falsos aliados, pero la llamada a filas de ministros y de rapsodas mediáticos ha redundado en la intimidación y en la repercusión, hasta el extremo de amalgamarse la causa. Era la de David y se ha convertido en la de Pedro, como si ya fueran indisociables un destino del otro.
Ni siquiera es necesario plantearse en términos penales las complicidades fraternales. El puesto de trabajo de David no existía antes de asignársele. Fue concebido a su medida. Y puede que no interviniera explícitamente el dedazo de Pedro, pero la responsabilidad atmosférica identifica la responsabilidad ética y política, por mucho que el hermano tuviera un nombre artístico (David Azagra) y hubiera hecho méritos musicales de cierto relumbrón.
Opinión La altisonancia de Bolaños y de Óscar López denunciando una campaña judicial caracteriza la extrema politización y la injerencia que ellos mismos lamentan. No parece que la jueza de Badajoz pertenezca a la cuadrilla de conspiradores ultraderechistas, pero sí está claro que la presión del Gobierno y del PSOE ha intoxicado la neutralidad y la decencia.
Lo demuestra el turbo-aforamiento que ejecuta Miguel Ángel Gallardo —presidente de la Diputación de Badajoz— para sustraerse al procesamiento. Pesan contra él los posibles delitos de prevaricación y de tráfico de influencias, pero ha recurrido a las artimañas del sistema para convertirse en diputado regional. Y lo ha hecho registrando el acta en la photo-finish mientras la magistrada ultimaba la convocatoria del juicio oral.
No está claro si los plazos son canónicos, pero la estrategia transformista se antoja ilustrativa del uso vergonzante del fuero. Gallardo lo convierte en paracaídas y en privilegio, denigra su función aseada e instrumental. E introduce un ejercicio de filibusterismo y de obstrucción que ejemplifica en sí mismo la corrupción moral de la política a expensas de la dignidad del partido. De acuerdo con los estatutos del PSOE, la apertura de un juicio oral exige el precio de una dimisión cautelar, pero se flexibilizaron las normas en el último Congreso y se dispuso que no era necesario renunciar al cargo si el procesado se reconocía a sí mismo -asimismo- víctima de una persecución.
No caben criterio ni argumento más arbitrarios. Ni pruebas más ilustrativas del estado de aprensión con que la familia socialista se observa a sí misma objeto de un complot polifacético. La negligencia con que el Gobierno y el PSOE naufragan en la "cacería ultraderechista" que los acecha demuestra que no estamos siquiera en manos de profesionales. Sabíamos que Sánchez era un tipo despiadado, cínico, oportunista, pero también le habíamos otorgado una cierta admiración estratégica, una devoción inconfesable a su instinto de supervivencia.
El presidente del Gobierno manejaba con astucia la propaganda, la coacción y los recursos del Estado. Y parecía haberse protegido de un equipo más o menos sofisticado que gestionaba las emergencias y las situaciones propicias, pero el hedor del fin de régimen traslada una inquietante sensación de amateurismo y de improvisación. A Ferraz y a Moncloa les han desbordado los escándalos propios y ajenos. Y se ha producido un colapso que malogra toda capacidad de reacción. Más todavía cuando trata de oponerse la narrativa victimista de una gran conspiración que proviene de… la envidia. Lo explicaba Félix Bolaños en el programa de Alsina. Sostenía el ministro que la oposición a Sánchez —el PP, Vox, los jueces, los periodistas…— procede de la frustración con que "los otros" observan la prosperidad económica, los datos del paro.
Es un argumento tan infantil como estéril, pero también descriptivo de la precariedad doctrinal con que el Gobierno asiste a la degeneración del sanchismo. Se corrompe la legislatura, se desbordan los frentes. Y adquiere un enorme valor político, simbólico y judicial el procesamiento de Sánchez Pérez Castejón como expresión nuclear del nepotismo. Y como antecedente de una escala dodecafónica cuyo impacto no tiene respuesta ni remedio.
Sánchez Pérez Castejón en el banquillo. Es una realidad, es una fantasía y es el inicio de un proceso judicial cuyo desenlace puede o no terminar en condena, pero aloja un valor político irresistible. Tanto por los delitos en juego —tráfico de influencias, prevaricación— como por el evidentísimo parentesco.