La mediación procaz de la agente Leire Díez para desacreditar las investigaciones contra el PSOE y el Gobierno acredita la sordidez del fin de régimen, por mucho que el sanchismo trate de significarla como un cuerpo extraño
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un acto en Madrid. (Europa Press/Juan Barbosa)
Puede ocurrir que la chusquera aspirante a la redención del PSOE termine convirtiéndose en la inesperada sepulturera del sanchismo. Pensaba Leire Díez que sus iniciativas de fontanería gruesa iban a provocar el colapso de la UCO y de la Fiscalía Anticorrupción, pero las grabaciones que han transcendido -y las pendientes- tanto destilan folclore y amateurismo como describen la sordidez del fin de régimen. Nadie había más inepto ni cutre que Leire para llevar a cabo la reanimación de Sánchez, aunque la procacidad de sus expresiones y la fantasía de sus extralimitaciones no contradice la misión siniestra que se le había encomendado. Leire Díez no estaba desempeñándose como periodista de investigación, sino como agente de una operación encubierta que había -habría- obtenido el visto buen de Santos Cerdán con los galones de secretario de Organización del PSOE.
Es el contexto que explica sus entrevistas clandestinas con el mando de la Guardia Civil imputado en el caso Koldo. El comandante Rubén Villalba la recibió en un bareto de Leganés. Y "aprehendió" entonces que la valquiria montañesa le requería para el cumplimiento de una operación extrema: "Los de arriba en el Gobierno necesitan pruebas para atacar a la UCO".
La abstracción de "los de arriba" implica que a Leire se la había reclutado para sabotear las investigaciones de la Guardia Civil. Ella misma se reconocía suficientemente cualificada para rebuscar episodios oscuros en los artífices de la investigación. Tanto le valía un presunto vídeo sexual del fiscal Grinda como se prestaba a explorar los deslices en que habría incurrido el teniente coronel Balas. Se supone que los expedientes oscuros obraban en manos de los empresarios que aparecen en las grabaciones. Empezando por Alejandro Hamlyn, cuyo exilio en Dubái se explica porque le acosan los tribunales españoles -la trama de hidrocarburos- y cuyo camino de regreso a casa dependería del trato de favor que Leire Díez parecía garantizarle.
Hacía bien Hamlyn en recelar de los favores y promesas. Por esa razón grabó la videoconferencia. Y por idénticos motivos no podía creerse -hasta verlo por escrito- que la intrépida fontanera estuviera en condiciones de alinear a su favor la Fiscalía, la Abogacía del Estado, Hacienda y el Séptimo de Caballería.
El serial de grabaciones obscenasque ha inaugurado El Confidencial identifica a Leire Díez como una tipa desahogada y charlatana. Promete lo que no puede prometer. Exagera en su papel de embajadora. Y se expresa con una verborrea hiriente e insufrible, pero las aportaciones imaginativas de la fontanera no distorsionan en absoluto el motivo de su intervención.
Tiene sentido que el PSOE se distancie de su grotesca espía. Que la retrate como un cuerpo extraño. Y que se la convierta en un epígono trasnochado del pequeño Nicolás. El propósito de ridiculizar a Leire por su aspecto y su fanfarronería aspira a distraer las relaciones orgánicas y atmosféricas con el Partido Socialista. Había sido concejal. Fue contratada en empresas públicas. Tenía contactos de alta graduación. Sabían perfectamente quién era. Se le habían otorgado poderes. Y se desenvolvía ella misma con exuberancia y donosura en nombre de los superiores. Leire Díez no actuaba por altruismo ni por instinto periodístico, sino con la misión de "desenmascarar" a los actores principales de la investigación que probaría la corrupción nuclear del PSOE.
Y no se atreve el partido a denunciarla. La generalidad de emprender acciones legales forma parte de un automatismo estratégico, igual que sucede con la versión de la cacería ultraderechista y del complot mediático.
El gran interés del folletón no reside en los factores externos que amenazan el sanchismo, sino en la maniobra de implosión, de endogamia y de endofagia que ha incendiado la sede de Ferraz. Merece Sánchez que su bestia negra, su némesis, sea una valquiria montañesa, una fanfarrona, una impostora.
Puede ocurrir que la chusquera aspirante a la redención del PSOE termine convirtiéndose en la inesperada sepulturera del sanchismo. Pensaba Leire Díez que sus iniciativas de fontanería gruesa iban a provocar el colapso de la UCO y de la Fiscalía Anticorrupción, pero las grabaciones que han transcendido -y las pendientes- tanto destilan folclore y amateurismo como describen la sordidez del fin de régimen. Nadie había más inepto ni cutre que Leire para llevar a cabo la reanimación de Sánchez, aunque la procacidad de sus expresiones y la fantasía de sus extralimitaciones no contradice la misión siniestra que se le había encomendado. Leire Díez no estaba desempeñándose como periodista de investigación, sino como agente de una operación encubierta que había -habría- obtenido el visto buen de Santos Cerdán con los galones de secretario de Organización del PSOE.