La basura que emerge de las cañerías del PSOE es una anécdota respecto al hedor que traslada la degradación del sistema y el ataque a las instituciones, incluido ahora el ataque a la Guardia Civil
La dignidad de un país se mide en igual en la nobleza del palacio y en la salubridad de las cloacas. El problema del sanchismo consiste en que las cloacas no solo están ocultas en las cañerías del poder, sino que forman parte de la superficie misma. Representan una manera de hacer política y un ejercicio de corrosión sistemático y sistémico que ha ido desnutriendo y socavando el tejido institucional hasta la degradación absoluta.
Tanto se han instrumentalizado las instituciones e intimidado los contrapoderes que la peor herencia de Sánchez radica en haber propagado el antisistema. Por esa misma razón, la manera de sobreponerse a la vergüenza del caso Leire consiste en sabotear la credibilidad de la Guardia Civil mientras guardan silencio Grande-Marlaska y la directora de la Benemérita.
Ha llegado a homologarse el bulo de la "bomba lapa". Y han sido los propios ministros del Gobierno -la portavoz incluida- quienes dieron validez a la hipótesis de un magnicidio alentado no ya desde las cañerías del Estado, sino pro iniciativa de un mando de la Guardia Civil que ahora trabaja… para Ayuso.
Avergüenza el grado de miseria y de desorientación con que agoniza el sanchismo. Y la insolvencia con que se ha convertido a la UCO en munición de la escopeta nacional que pretende abatir al presidente del Gobierno. Tan grande es la fantasía de la cacería y tan disparatada la teoría de conspiración que ya cuesta identificar la procedencia del fuego más allá de la clásica trinchera ultraderechista y de la conjura de los medios mediático-judiciales.
La ebriedad del poder, igual que le sucede a Macbeth, repercute en la sugestión ubicua de los complots. Sánchez se había propuesto depurar a los jueces y a los periodistas, pero la redada ha adquirido una dimensión desproporcionada. Empezando por la campaña implícita y explícita que se le ha declarado a la unidad judicial de la Guardia Civil. Y por haberse puesto en manos de Leire Díez una misión de sabotaje que la sobrepasa y que desenmascara el amateurismo y la sordidez de los protagonistas.
La fontanera que reclutó el PSOE para malograr la credibilidad de las investigaciones parecía operar en la TIA del maestro Ibáñez. Tiene razón Rosa Belmonte cuando la identifica con la Ofelia de Mortadelo y Filemón. Por el aspecto y por la ineficacia. Y por el folclorismo de sus actuaciones, aunque las connotaciones tragicómicas del folletín no deben distraernos de la profunda gravedad de la crisis y del hedor que desprenden las cloacas.
No hay que bajar al pozo negro para embriagarse. Pedro Sánchez ha intoxicado la dignidad de la nación a fuerza de conservarse en el poder. El inventario de atrocidades rebasa el espacio de una columna y el recorrido de una enciclopedia, pero conviene evocar la concesión de la amnistía, la degradación de la Fiscalía General, la sumisión en Ginebra a la extorsión de Puigdemont, la vampirización de las instituciones, el blanqueamiento de Bildu, la intimidación de la Justicia, la persecución de medios "hostiles", la politización del Banco de España, la injerencia en las sentencias del Tribunal Constitucional… y el cuestionamiento de la Guardia Civil cuando las investigaciones de la UCO resultan "perjudiciales". Las cloacas no están en las profundidades del sistema. Son el sistema mismo y la prueba de la descomposición. El sanchismo consiste en una política de cañerías.
Quizá la última sorpresa no solo provenga de la ruindad del "caso fontanera", sino de la falta de profesionalidad con que se ha concebido la trama. Se echa de menos el oficio de Villarejo. E impresiona el desparpajo con que la agente Díez retrata la indigencia camorrista de las negociaciones y extorsiones.
Y claro que la tipeja es una fantasmona, pero la manera y fondo de extralimitarse no contradice la confianza que se le ha otorgado en puestos de responsabilidad ni la elocuencia de la red de contactos que había entretejido para conducir hasta el final la trama de las corruptelas.
La pasividad y el laconismo de la maquinaria de propaganda monclovense describe la estupefacción de Sánchez, la incredulidad con que asiste a su propia agonía y al peligro de la implosión. Nadie habla en el PSOE, como si cualquiera aclaración sobrentendiera la complicidad con las fechorías. O como si fuera palmario que Sánchez no puede decir nada porque nada tiene que decir, absorto como está en la embriaguez de su propia cloaca.
La dignidad de un país se mide en igual en la nobleza del palacio y en la salubridad de las cloacas. El problema del sanchismo consiste en que las cloacas no solo están ocultas en las cañerías del poder, sino que forman parte de la superficie misma. Representan una manera de hacer política y un ejercicio de corrosión sistemático y sistémico que ha ido desnutriendo y socavando el tejido institucional hasta la degradación absoluta.