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Sánchez no habla porque es el ventrílocuo del circo
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Rubén Amón

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Sánchez no habla porque es el ventrílocuo del circo

Pasmado y hecho plasma, el presidente del Gobierno se ha creado una burbuja de aislamiento y de omertà que no contradice la ferocidad antisistema con que alienta a sus ministros-marioneta socavando la credibilidad de los tribunales

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)
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Pedro Sánchez, prodigio escapista, no ha perdido el habla. Podría haberle afectado una crisis de mutismo somático, una suerte de éxtasis espiritual, pero las bravuconadas verbales que espetó a Núñez Feijóo en la sesión de control, el apoyo implícito al fiscal general y la letanía de las estadísticas económicas demuestran que conserva intactas las cuerdas vocales.

Lo que no hace es responder las preguntas que se le hacen, ni comparecer ante los medios desde el 29 de abril. Fue el día del apagón. En sentido literal porque nos quedamos sin luz. Y sentido metafórico porque Sánchez ha emprendido desde entonces la estrategia del silencio. Nada que decir.

Podríamos transigir con la disciplina contemplativa de San Bruno si no fuera porque es el presidente del Gobierno. Y porque forma parte de sus obligaciones elementales responder a la opinión pública de las incertidumbres políticas, mediáticas y judiciales. Sánchez no tiene derecho a abstraerse de la crisis institucional ni a ausentarse de los escándalos que sacuden la reputación del partido y del Gobierno. Se ha escondido. Y ha organizado un sistema de seguridad que lo preserva de los micrófonos. Ni siquiera los medios más afines ni los rapsodas más leales arrancan a Sánchez una declaración representativa sobre Leire, los visitadores, el nepotismo, la vergüenza de la Fiscalía, el complot de la UCO patriótica.

Así es que el silencio monclovense nos obliga a las exégesis e interpretaciones, ninguna tan atractiva como aludir a la estrategia cautelar que se le recomienda a los delincuentes en los folletones policiales: "tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga puede ser utilizado en su contra".

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Sánchez ha cerrado el pico, aunque sabemos lo que piensa porque hablan por él las marionetas ministeriales y los guiñoles desmelenados. Sánchez es el ventrílocuo de Óscar López, Pilar Alegría y Félix Bolaños, artífices todos ellos de una coreografía siniestra que socava la credibilidad de la Justicia y que denuncia la persecución política de los tribunales. Lo hizo Berlusconi. Lo hacen Trump, Le Pen y Javier Milei. Y aplauden con entusiasmo los socios de coalición -los nacionalistas, la extrema izquierda- porque el discurso contra los jueces confirma la teoría del lawfare y la conspiración de los togados.

Ladran los costaleros de Sánchez mientras el padre-padrone pastorea la escandalera como si fuera ajeno a ella. Y como si el ardid del silencio no persiguiera otro objetivo que desesperar a sus adversarios.

No se trata del silencio estoico ni del prudente. Es un silencio táctico, quirúrgico, de laboratorio. A veces parece que Sánchez se ha leído todos los manuales de comunicación política al revés, como si encontrara en la omisión una forma de afirmación. Y quizás no se equivoque: el vacío también se llena de poder. Calla mientras sus ministros se abrasan. Calla mientras la oposición se desgañita. Calla cuando media España le exige explicaciones y la otra condesciende. El silencio no es ausencia, es presencia amplificada. Una forma de estar sin exponerse, de pilotar el avión presidencial con las manos metidas en los bolsillos y las gafas de sol a modo de mampara. Sánchez es un presidente telemático y absorto, nos gobierna con el mando a distancia.

En esta zarzuela muda del sanchismo, las notas que no se tocan son las que más se oyen. Y eso lo saben sus adversarios: cada vez que le interpelan, se encuentran con el eco de su propia impotencia. Sánchez no responde. Sánchez se esfuma en su propio cargo, como si presidiera desde un holograma o desde un algoritmo o desde la plenitud del plasma.

Habrá que convenir entonces que el silencio de Sánchez es el de la complicidad, el de la connivencia, el de la omertà. El que calla otorga, diríamos con el refranero en mano. Y Sánchez dice muchas cosas sin hablar, como hacen los mimos. Gobernar sin responder es, en el fondo, un acto de autoridad extrema. Pero también es una prueba elocuente del agotamiento democrático. Porque si el silencio es la nueva forma de comunicación del Estado, entonces el Estado ha dejado de dialogar con sus ciudadanos. Solo impone. Solo emite señales de humo.

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Quizá por ello el silencio de Sánchez es tan ensordecedor. Porque ya no suena a estrategia, sino a sistema. A método. A doctrina. Como si la política ya no exigiera convicción, solo resistencia. Como si bastara con permanecer, aunque tanta disciplina silente nos proporciona también un alivio: cuando Sánchez se calla, no puede mentirnos ni cambiar de opinión.

Pedro Sánchez, prodigio escapista, no ha perdido el habla. Podría haberle afectado una crisis de mutismo somático, una suerte de éxtasis espiritual, pero las bravuconadas verbales que espetó a Núñez Feijóo en la sesión de control, el apoyo implícito al fiscal general y la letanía de las estadísticas económicas demuestran que conserva intactas las cuerdas vocales.

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