Donald Trump glorifica a Sánchez (sin pretenderlo)
Nada conviene más a nuestro presidente que un pulso de egos y de megalomanía con el coloso americano: la precaria coalición parlamentaria se reanima gracias a las amenazas del magnate
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante una rueda de prensa en la cumbre de la OTAN. (Reuters/Piroschka Van De Wouw)
La hipótesis de una tercera guerra mundial no sobrepasa todavía la fase de los amagos y de los ensayos generales. Se diría que Donald Trump ha recurrido a las armas pesadas antibúnker… para forzar la paz. Y que Israel e Irán sobreactúan en sus respectivas misiones militares, enseñando los colmillos pero sin llegar a emprender soluciones letales.
Y no le ha gustado a Trump que la tregua se haya extinguido a los diez minutos de anunciarse. El armisticio nunca termina de concretarse. Y la guerra nunca termina de empezar, así es que el árbitro (casero) de la Casa Blanca se desespera con reacciones infantiles y coléricas.
Son las condiciones en que Trump ha llegado a La Haya agasajado por Rutte y convertido en antagonista de Sánchez. No le gusta al magnate la resistencia presupuestaria del colega español y juega con el "arancelazo", pero sí le conviene a Pedro el duelo con el lunático presidente de Estados Unidos. Tanto por la megalomanía que identifica el pulso como porque Sánchez aprovecha la crisis para revestirse de estadista y reanimar la precaria coalición que todavía lo alienta.
Le interesa a nuestro presidente escapar de la crisis doméstica. Y demostrar a los aliados izquierdistas y soberanistas que el incremento del gasto en Defensa no puede amenazar el estado social ni las políticas progresistas.
Sánchez se expone a sí mismo como la némesis de Trump, aunque la estrategia se resiente del habitual trilerismo. Convocó a los españoles de urgencia para asegurarnos el domingo que el gasto militar nunca excedería el 2,1%, aunque las conversaciones internas con la jerarquía de la OTAN sobrentienden que Sánchez estaría dispuesto a incrementarlo.
Juega con dos barajas nuestro exquisito croupier. Y se desempeña con galanura en su posición antitrumpista. De hecho, las alusiones de Trump al "problema" que representa España enfatizan su posición de resistencia y ungen a Sánchez como líder de los países de la OTAN más refractarios a las condiciones que el emperador exige a la viabilidad del proyecto atlántico.
Debe sentirse Sánchez henchido de narcisismo y de egolatría cuando Donald le señala como el cabecilla de la revuelta. Son antagonistas de fotomatón, caricaturas invertidas, estandartes de dos formas de ejercer el poder que se desprecian tanto como se necesitan para definirse.
La cumbre en La Haya se ha convertido en un combate entre la testosterona y la retórica. El magnate amenaza con cobrarse el desplante en la aduana, vengarse de Sánchez con el sudor de los españoles.
Y Sánchez reacciona con frases floridas, sin mirar a los ojos del enemigo. No hablaron entre ellos, dicen, pero se midieron a distancia como dos gallos diplomáticos. Y aunque el presidente español se haya vendido como el salvador del modelo social europeo, la letra pequeña de la declaración lo desmiente. España firmó el 5%, pero sujeto al escaso valor de la palabra del presidente y a la evidencia de que gobierna sin presupuestos.
Alba Sanz. La HayaEnrique Andrés PretelJuan Fernández-MirandaGráficos: Miguel Ángel Gavilanes
Uno vocifera. El otro esquiva. Pero ambos interpretan. Trump no necesita que Sánchez lo escuche: le basta con convertirlo en chivo expiatorio. Y Sánchez tampoco necesita responder: le basta con insinuar que ha salvado a España de la rendición. El duelo es simbólico. No busca resolver nada. Busca que parezca que se lucha.
La diferencia es que Sánchez sale beneficiado del duelo porque Trump le otorga dimensión y envergadura de líder planetario. La ultraizquierda parlamentaria celebra el cliché del antimperialismo. Y las huestes soberanistas aplauden la posición de Sánchez como garante del antimilitarismo. El ejército es para ERC, Bildu y Junts un vestigio del tardofranquismo.
Lástima que la cumbre de La Haya se haya resuelto en unas horas. La rutina de los escándalos le aguarda a Sánchez en cuanto el Falcon regrese al hangar de la Moncloa. Y las proporciones de los casos en curso -Ábalos, Koldo, Cerdán, el nepotismo…- reaniman el incendio, aunque la batalla de egos también aloja sus contradicciones e inquietantes similitudes.
El antagonismo entre Trump y Sánchez no se explica solo en clave ideológica. Se trata de un conflicto más profundo, casi psicoanalítico, porque el presidente español encuentra en Trump un reflejo deformado de sí mismo. Una silueta aumentada, grotesca, descarada, que opera con los mismos resortes: el culto a la personalidad, la fe en el relato como dogma, la política convertida en espectáculo, el énfasis de la polarización y la degradación de las instituciones.
Sánchez no puede excederse en criticar el cesarismo de Trump porque él mismo incurre en los procedimientos autocráticos. Lo demuestra la hostilidad hacia los jueces y hacia los periodistas. Lo prueba la apropiación de los instrumentos del Estado, empezando por la mansedumbre de la Fiscalía General. Sánchez es antitrumpista y trumpista a la vez. Cada vez que se aleja, se acerca. Y cada vez que se acerca, se aleja.
Cada vez cuesta más distinguir al uno del otro. Porque en el fondo, ambos gobiernan desde la emoción, desde la simplificación, desde el culto. Y si la democracia liberal se construye sobre los matices, Trump y Sánchez los han extinguido. Uno es el huracán. El otro, la brisa tóxica que parece aire limpio. Pero ambos comparten un mismo defecto congénito: no soportan el poder si no es absoluto. Ni siquiera se soportan a sí mismos fuera del poder. Por eso Trump vuelve. Por eso Sánchez nunca se va.
La hipótesis de una tercera guerra mundial no sobrepasa todavía la fase de los amagos y de los ensayos generales. Se diría que Donald Trump ha recurrido a las armas pesadas antibúnker… para forzar la paz. Y que Israel e Irán sobreactúan en sus respectivas misiones militares, enseñando los colmillos pero sin llegar a emprender soluciones letales.