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Por qué me planteo (a veces) votar al PP
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Por qué me planteo (a veces) votar al PP

Felipe González abre la campaña por el voto en blanco, una manera indirecta de promover la llegada de Feijóo sin mancharse, aunque la mejor manera de prevenirnos de Vox es el sufragio directo a los populares

Foto: El presidente del PP, en una imagen de archivo. (EP/Diego Radamés)
El presidente del PP, en una imagen de archivo. (EP/Diego Radamés)
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La primera razón por la que he llegado a plantearme votar al PP reside probablemente en sugestionarme con la fantasía de unas elecciones a corto plazo. Ya sabemos que Sánchez abjura de las urnas y reniega de la alternancia, pero la agonía del régimen sobrentiende la ilusión de un proceso electoral y las razones que incitan a la evacuación monclovense.

La única alternativa posible a Sánchez es Feijóo. Y la manera de contribuir al recambio puede expresarse apoyando al PP o recurriendo a la fórmula pasiva que reivindicaba Felipe González en el programa de Alsina. Votar en blanco, favorecer la llegada de Feijóo con los guantes de látex y la asepsia de la conciencia. La solución identifica a la grey de los votantes desamparados.

Porque Albert Rivera malogró irresponsablemente el proyecto de Ciudadanos. Porque el sanchismo es incompatible con el socialismo o con la dignidad socialdemócrata. Y porque los resabios confesionales y reaccionarios del PP contraindican acudir a las urnas en beneficio de Feijóo. Más todavía cuando Vox puede desempeñar un papel nuclear en la legislatura y cuando Santiago Abascal aspira a convertirse en el acreedor y chantajista del nuevo Gobierno.

Estas angustias tendrían que haberse disipado si Sánchez hubiera hecho una lectura responsable de las últimas elecciones. La negligencia de Feijóo le permitió reanudar el mandato de la Moncloa, pero el patrón socialista debería haber privilegiado el relevo del adversario popular en atención a los resultados mismos. Favorecer su investidura. Vigilarlo desde la oposición. Y abstenerse de cultivar y amamantar a los depredadores del sistema, empezando por la abyección que representan Junts y Bildu.

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Sánchez ha degradado la dignidad del Estado, como demuestra el escándalo de la amnistía. Y se ha convertido en un candidato inaceptable, invotable, impresentable. El problema consiste en la metodología de la evacuación, de manera que Felipe González propone el camino impoluto del voto en blanco.

No es lo mismo que abstenerse porque ir a las urnas implica fidelidad al sistema. Y resulta una manera indirecta de apoyar a Feijóo pero sin implicaciones partidistas. "No puedo votar al PP" es una fórmula que identifica a los sufragistas desamparados. A quienes aterra la dimensión populista de Ayuso. Y a quienes preocupa la coyunda de Feijóo y Santi Abascal.

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Tendrían más sentido las objeciones si no fuera porque Sánchez ha abrasado al PSOE exponiéndolo a la extorsión de la ultraderecha supremacista de Puigdemont. O porque ha recurrido a Santos Cerdán para liquidar en Ginebra el honor del Estado. La corrupción política identifica el sanchismo tanto como lo hace ahora el hedor de las tuberías de Ferraz y de Moncloa.

El voto en blanco sería entonces un recurso coyuntural para distanciarse del PSOE sin acercarse al PP. "Quiero que se vaya Sánchez, pero no quiero que venga Feijóo" refleja un pensamiento tan comprensible como especulativo. Se trata de vaciar las sacas del PSOE sin llenar las del PP, pero asumiendo que la operación predispone la llegada de Feijóo.

Me pregunto entonces si es más honesto significarse por una adhesión directa a la papeleta de los populares. Votamos en función de lo que se nos propone, no de lo que queremos. Y "deselegimos" más que elegimos, de manera que la eventual llamada a las urnas lleva al extremo la presión del ciudadano socialdemócrata y la conciencia del socialista desnortado. Partiendo de una paradoja: cuánto más grande sea la victoria de Núñez Feijóo, menos relevancia adquirirá la ultraderecha.

Tal vez votar al PP no sea tanto una convicción como un trámite profiláctico y un ejercicio de pragmatismo. No se trata de celebrar a Feijóo, sino de facilitar una retirada ordenada. De prevenir que la corrupción del sanchismo siga supurando en la cúspide del poder. Por eso la cuestión no es elegir entre Feijóo y Sánchez. Es elegir entre la posibilidad de una regeneración —de una alternativa, de la alternancia— o en la certeza de la degradación. Aunque sea con una pinza en la nariz —aunque sea con la náusea de la contradicción— hay momentos en que votar al PP puede convertirse en un acto de higiene democrática. Y no lo tengo claro, pero me pregunto si decantarse por la fórmula del voto en blanco —la conozco, la he ejercido— es una solución cínica, una manera de forzar el cambio de guardia sin mancharse el traje de luces.

He ahí el drama: que las urnas no convocan a la esperanza, sino al desencanto. Que la democracia, idealizada como un ejercicio de soberanía, se convierte en una coreografía melancólica donde el ciudadano elige con repulsión, no con entusiasmo. Y que la conciencia progresista se ve forzada a operar una cesárea ideológica: votar al PP como medida de urgencia.

La primera razón por la que he llegado a plantearme votar al PP reside probablemente en sugestionarme con la fantasía de unas elecciones a corto plazo. Ya sabemos que Sánchez abjura de las urnas y reniega de la alternancia, pero la agonía del régimen sobrentiende la ilusión de un proceso electoral y las razones que incitan a la evacuación monclovense.

Felipe González Bildu Moncloa
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