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Viajar en tren: de sueño a pesadilla
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Rubén Amón

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Viajar en tren: de sueño a pesadilla

Hubo un tiempo —no tan remoto— en que viajar en tren era una liturgia civilizada. Una experiencia contemplativa. Viajar en Renfe ahora se ha convertido en un acto penitencial, en un rito sadomasoquista

Foto: Anden de la estación Puerta de Atocha-Almudena Grandes. (Europa Press)
Anden de la estación Puerta de Atocha-Almudena Grandes. (Europa Press)
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Hubo un tiempo —no tan remoto— en que viajar en tren era una liturgia civilizada. Una experiencia contemplativa. Y hasta espiritual. Uno se deslizaba por las vías como por la piel de un violonchelo, arropado por el silencio y por la seducción de una geografía que se abría a los sentidos como una película de Rohmer. El tren no solo era un medio de transporte. Era una metáfora de Europa. De la cortesía. Del progreso.

Viajar en Renfe ahora se ha convertido en un acto penitencial, en un rito sadomasoquista. Un vía crucis ferroviario. Hay que enfrentarse primero al minotauro de Chamartín, estación que quiso ser intermodal y terminó pareciéndose a una terminal de autobuses de Kabul. Atocha es una ciénaga de obras perpetuas, pasillos kafkianos y megafonías distorsionadas que no informan, sino que castigan. Encontrar el tren es una gincana. Acceder al andén, una prueba de fe. Y llegar a tiempo, una bendición.

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Y después viene el tren. O no viene. Porque la puntualidad es una superstición del pasado, un acto de fe. Los retrasos son tan frecuentes como previsibles, pero jamás compensados. Los viajeros ya no protestan. Se resignan. Han interiorizado el caos como parte del trayecto. Como si moverse en tren fuera una especie de ruleta rusa horaria, donde el reloj se convierte en un enemigo y no en una herramienta. Sentimos las molestias…

La experiencia del viajero ha dejado de importar. Los asientos ya no son cómodos. El silencio ya no existe. Las pantallas no funcionan. El aire acondicionado se confunde con una ventisca o con un horno. Los aseos están descuidados. Y la restauración a bordo se ha convertido en un homenaje a la tristeza: café quemado, precios usureros y experimentos gastronómicos. Uno se pregunta si el menú lo diseña un comité de castigo.

placeholder Personas esperando en Atocha. (EFE/Isabel Poncela Laborda)
Personas esperando en Atocha. (EFE/Isabel Poncela Laborda)

Renfe era el orgullo de la movilidad pública. Hoy es una parodia mal gestionada, una empresa pública que ha olvidado que sus clientes no son rehenes, sino ciudadanos. Y no vale la excusa de la liberalización, porque si la competencia es Ouigo —la Ryanair de las vías— lo único que se compite es en deterioro. La política ferroviaria en España no mira al futuro, sino que entierra el pasado con vergüenza.

El tren era el templo del tiempo. Ahora es el infierno de la espera. Antes se viajaba en tren para llegar. Ahora se viaja para sufrir. Para contar el retraso, la confusión, la falta de información, el pasillo equivocado, la puerta cerrada, la azafata ausente, el revisor invisible, la pantalla rota, el baño clausurado, el wifi fantasma. Y todo envuelto en la desidia de quien considera que moverse por España debe ser un castigo y no un derecho.

Había que subirse al tren para encontrarse. Hoy hay que bajarse para no perderse.

Hubo un tiempo —no tan remoto— en que viajar en tren era una liturgia civilizada. Una experiencia contemplativa. Y hasta espiritual. Uno se deslizaba por las vías como por la piel de un violonchelo, arropado por el silencio y por la seducción de una geografía que se abría a los sentidos como una película de Rohmer. El tren no solo era un medio de transporte. Era una metáfora de Europa. De la cortesía. Del progreso.

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