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Rubén Amón

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¿Qué hace mal el PP para que Vox siga subiendo?

Feijóo se corona sin oposición como única alternativa al sanchismo, pero la pujanza de los populares no contradice el auge de la ultraderecha, su peso entre los jóvenes y su posición decisiva en el cambio de régimen

Foto: Abascal con Garriga y Millán en la presentación del programa económico y de vivienda de Vox. (Europa Press/Gabriel Luengas)
Abascal con Garriga y Millán en la presentación del programa económico y de vivienda de Vox. (Europa Press/Gabriel Luengas)
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Se ha resuelto el Congreso del PP en condiciones de euforia electoral. Y ha logrado Feijóo amaestrar la disidencia y promoverse como la única alternativa posible a Sánchez, pero la pujanza política y demoscópica de los populares no contradice el crecimiento de Vox en todas las encuestas —15%— ni disipa la incomodidad que implica cohabitar con el fantasma de la ultraderecha.

"Quiero gobernar solo", proclamaba Feijóo en su discurso de clausura. El problema es que no puede hacerlo. Y que el PP no ha logrado zafarse de la intimidación de Abascal, cuyo partido conserva un estado de gracia inalterable pese a la negligencia con que gestiona la inercia favorable.

Lo más fascinante de Vox no es su ascenso, sino la forma en que asciende: sin un líder competente, sin relato nuevo, sin haber acusado siquiera las heridas que dejaron Macarena Olona y Espinosa de los Monteros al marcharse. Crece sin moverse. Se expande sin transformarse. No necesita reinventarse, sólo aguardar —con una paciencia cínica— a que sus adversarios se precipiten. Ya sabemos que en la política española, el error ajeno no es una posibilidad remota, sino una recurrencia matemática.

No tiene sentido buscar en la audacia de Santiago Abascal las claves del fenómeno. Abascal es una figura estática. Una escultura ecuestre de sí mismo. Lo que crece en torno a Vox no es el carisma de su presidente, sino la utilidad simbólica de una sigla que funciona como exorcismo. Contra el sistema, contra la casta, contra la inmigración, contra el feminismo, contra Sánchez. O contra todo a la vez. Vox no se define por lo que es, sino por lo que combate y por el prestigio de la antipolítica en plena crisis institucional. Más se degrada el Estado, mejor prolifera el partido "diferente".

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Y eso explica que la demonización que hace Pedro Sánchez no sólo no le perjudique, sino que le impulse. Hay en la estrategia del presidente una especie de dialéctica perversa: cada vez que denuncia a la ultraderecha como el gran enemigo del progreso, la legitima. Le presta centralidad, foco, grandeza. La inviste como antagonista del poder. Y en el teatro político contemporáneo, el antagonismo equivale a ocupar el centro del escenario.

Vox se fortalece cada vez que Sánchez lo nombra. Y se reafirma cada vez que Núñez Feijóo lo ignora. Si el líder del PP pensaba que su moderación templada le iba a permitir seducir a los votantes ultras, no ha entendido nada. Vox no es un error de la derecha. Es más bien un síntoma. Un síntoma crónico de la impotencia del PP para integrar a su ala más identitaria y su dimensión menos confesable. La escisión no se cura con ternura gallega ni con tecnocracia. Ni con la melancólica figura de Feijóo en su liderazgo sobrevenido. Los votantes de Vox prefieren el populismo y la desinhibición de Ayuso, igual que observan a Trump como el más fascinante de los héroes.

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Llegó a escribirse -yo mismo- que el trumpismo perjudicaría el interés electoral en las filas ultraderechistas. Que alinearse con un presidente norteamericano cuya vehemencia amenaza directamente los intereses de España —militares, diplomáticos, económicos— tendría que haberse traducido en descrédito, en deserción, en penitencia. Pero ocurre lo contrario. Vox no paga el precio de sus excesos, ni siquiera cuando se producen en coordenadas internacionales. Lo que para otros partidos sería un suicidio geoestratégico, para Vox es una medalla. Una forma más de confirmar que ellos están del lado correcto: el del conflicto, la insubordinación, el antiestablishment global, la motosierra de Javier Milei.

Hay en ese vínculo transatlántico una épica compartida del desorden. Una hermandad del grito. El trumpismo no es un lastre para Vox. Es su oxígeno. Su espejo. Su justificación emocional. En el fondo, la política exterior les importa menos que la posibilidad de enarbolar una causa contra el Gobierno. Vox está dejando de ser una anomalía justiciera de señores mayores para convertirse en una referencia electoral juvenil. Es la opción preferida de los nuevos votantes. Lo que en su día fue una plataforma nostálgica del franquismo se ha transformado en una cápsula antisistema de TikTok, testosterona y "memeología" reaccionaria. Se vota a Vox no porque represente un proyecto de país, sino porque canaliza la frustración con todo lo demás. El votante de Vox no espera soluciones. Espera una demolición. Una implosión del sistema desde dentro. Y si eso implica erosionar al PP en su "cobardía", desestabilizar al Gobierno en sus pactos más abyectos —Junts, Bildu—, conjurar la mala fama del bipartidismo y vivir en un estado de indignación permanente, tanto mejor. Vox no es un partido de gobierno.

Es un partido de oposición estructural. Un artefacto diseñado no para gobernar, sino para marcar el marco del discurso. El sentido de militancia caracteriza una fidelidad de voto envidiable: más del 80 % de quienes apostaron por ellos en anteriores elecciones siguen ahí. Contra todo pronóstico. Contra las deserciones. Contra la falta de programa. Contra la vulgaridad de su cúpula dirigente. No importa. Porque Vox ha dejado de ser una herramienta política para convertirse en un refugio emocional. Y de ese refugio no se sale porque irrumpa Feijóo con la seducción de una sonrisa, o porque el PSOE agite el espantajo fascista. Sube Vox porque, en el fondo, la política española le necesita. El PSOE necesita señalarlo como amenaza y encubrimiento.

Y el PP lo necesita como garantía de pureza doctrinal, para decirle al votante duro que hay una frontera moral entre ellos. Lo que ninguno parece entender es que Vox no necesita a nadie. Le basta con existir. Vox no es un proyecto político, es un espacio de militancia y de indignación que expone sin medianías la xenofobia, el machismo, el antieuropeísmo, la antiglobalización y el patrioterismo. Abascal propone un modelo de sociedad reaccionario y costumbrista que amenaza la euforia de Feijóo, que le arranca muchos votos —un 12% de transferencia— y que caracteriza una posición de chantaje en la futura legislatura de los populares. No digamos si Santi pide para sí el cargo de vicepresidente del Gobierno, desmintiendo el voluntarismo de Feijóo en la cumbre de Ifema: "Quiero gobernar solo".

Se ha resuelto el Congreso del PP en condiciones de euforia electoral. Y ha logrado Feijóo amaestrar la disidencia y promoverse como la única alternativa posible a Sánchez, pero la pujanza política y demoscópica de los populares no contradice el crecimiento de Vox en todas las encuestas —15%— ni disipa la incomodidad que implica cohabitar con el fantasma de la ultraderecha.

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