No es no
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Que se besen, que se besen, que se besen
El ensayo y el amago de la cuestión de confianza se convierte en un insólito acto de lealtad de los socios hacia a Sánchez, como si el problema de España fuera Feijóo y como si el gran corruptor pudiera salvarnos de la corrupción
Pedro Sánchez accedió al cadalso parlamentario con la solemnidad y la impostura de un auto de fe. No hubo sambenito, pero sí reproches de oficio, salivazos retóricos, balas de fogueo y la liturgia de una Cámara que lo necesitaba débil, pero no muerto. Acorralado, pero funcional. Vapuleado, pero con el cetro entre los dedos. Los socios que lo mantienen con respiración artificial no se atrevieron a desconectarlo. Es más, la sesión abrupta de este miércoles demuestra que la aversión del Parlamento a Feijóo y Abascal prevalece sobre las medidas de escarmiento contra Sánchez.
Parecía en ensayo general de una cuestión de confianza. Y pudo observarse el aislamiento del presidente, la soledad del espectro, pero la dureza matizada de la sesión y los episodios recurrentes de algarabía no revistieron consecuencias políticas. No hubo voto de castigo. No podía haberlo.
Ni siquiera cuando el presidente nos restregó su ingenuidad, cuando se definió a sí mismo como un político limpio y cuando hizo autocrítica… de los demás, aludiendo al hedor de las manzanas podridas, a la hostilidad de la prensa y al historial delictivo del PP. Dijo Sánchez que había sopesado seriamente en la posibilidad de dimitir -espejito, espejito-, pero el farol, el amago, ha quedado subordinado a su mesianismo y al horizonte de su proyecto visionario. Vuelve a sacrificarse por nosotros. Mira hacia delante.. Sin haberse percatado de quién tenía a su lado.
Sánchez se erige en adalid contra la corrupción después de haberla promovido como nadie en el orden político -la amnistía, la injerencia judicial, la degradación de las instituciones, el abrazo a Bildu- y después de haberla consentido más que ninguno en el ámbito doméstico. Sánchez no puede desprenderse de sus costaleros sin perder el equilibrio. Ni los puede condenar como si él hubiera sido el bisoño polizón del Peugeot.
Habría bastado con que Ábalos, haciendo valer su escaño del Grupo Mixto, alzara la mano con la solemnidad de quien va a leer las Tablas de la Ley. Que pidiera la palabra. Que se pusiera en pie. Que nos recordara —a nosotros, pero sobre todo a Pedro Sánchez— que fue él quien urdió la primera investidura, quien pronunció el discurso de la regeneración mientras las maletas de Koldo ya rodaban por los pasillos del AVE.
Carecía la menor credibilidad Sánchez cuando descolgaba una a una las medidas abstractas o concretas contra la corrupción, como si no hubiera gobernado siete años y como si los escándalos que le afectan no provinieran de su responsabilidad, sino del hábitat celtibérico, del vacío normativo o legislativo, del problema general, de la coyuntura atmosférica. Tanto hubieran valido quince iniciativas como treinta porque la salmodia se resentía de su mera función instrumental. Cataplasmas para seguir en el poder. Mecanismos para sustraerse al único gesto de regeneración posible: someterse a la cuestión de confianza, legitimarse en el parlamento, ofrecerse a las urnas.
Se las pidió Feijóo como la única salida decente. Estuvo contundente el líder de los populares, vehemente y rotundo como nunca. Y fue capaz de retratar la posición insostenible del presidente. Cuando eligió a las personas equivocadas, cuando no se percató de sus fechorías. Y cuando Sánchez pretende demostrar que Sánchez es ajeno al sanchismo.
Aludidos o no, los portavoces de Sumar, ERC, PNV y Bildu se vistieron de inquisidores, con el cuchillo de palo en una mano y el babero en la otra. Le leyeron las faltas al patrón socialista con un dramatismo operístico, pero se cuidaron mucho de no herirle órganos vitales. Empezando por Yolanda Díaz, cuyo ejercicio de equilibrismo -un golpe, una caricia- explica que el verdadero destinatario de los ataques fuera… Núñez Feijóo.
No fue una sesión parlamentaria. Fue una misa negra de baratillo. Un aquelarre incruento donde todos fingieron odiarse lo justo para seguir necesitándose. Nadie derribó al presidente, pero todos colocaron una daga sobre el espantapájaros. Nadie quiso elecciones, pero todos las insinuaron. Nadie quiere a Pedro Sánchez, pero nadie quiere que se vaya. Así salió del hemiciclo: débil y reforzado. Como siempre. Un líder que dice dudar, pero nunca vacila. Que finge dimitir, pero nunca se va. Que acusa al mundo de corrupción y se retrata a sí mismo como espejo inmaculado.
"Indecente, corrupto y traidor". Así lo llamó Abascal antes de marcharse del aula. No esperaba otra cosa Sánchez. Los insultos de Vox lo vanaglorian. Y demuestran que la ultraderecha siempre está ahí cuando el tahúr de Moncloa la necesita, no ya como ariete contra el PP, sino como la argamasa que mantiene unida a una coalición indecente.
Pedro Sánchez accedió al cadalso parlamentario con la solemnidad y la impostura de un auto de fe. No hubo sambenito, pero sí reproches de oficio, salivazos retóricos, balas de fogueo y la liturgia de una Cámara que lo necesitaba débil, pero no muerto. Acorralado, pero funcional. Vapuleado, pero con el cetro entre los dedos. Los socios que lo mantienen con respiración artificial no se atrevieron a desconectarlo. Es más, la sesión abrupta de este miércoles demuestra que la aversión del Parlamento a Feijóo y Abascal prevalece sobre las medidas de escarmiento contra Sánchez.