El crimen no se explica. Se explota. Y no hay mayor obscenidad política que convertir un episodio de violencia en la piedra angular de una campaña de odio, como hace Vox desde la represalia patriotera. Torre Pacheco ha sido menos una localidad que un recurso narrativo. Un marco simbólico. Una coartada. Se ha utilizado su nombre como se utiliza una bengala: para iluminar, para calentar, para incendiar. Y sobre todo, para señalar. No tanto a un culpable concreto, sino a un colectivo entero. A los inmigrantes. A los otros. A los que nunca llegan del todo, porque siempre se les está echando.
La ultraderecha ha encontrado en el miedo su mejor eslogan. Y en la inmigración, su mejor mina. Alvise Pérez, domador de algoritmos, administra la histeria como si fuera un producto gourmet. Y Santiago Abascal, apóstol del rencor, exige deportaciones en masa apurando la aberración de la limpieza étnica. Cuestión de ADN celtibérico. Cuestión de papeles.
Los papeles no los concede cigüeña. Tampoco los niega la naturaleza. Los papeles los administra el Estado. Con lentitud, con desgana, con una burocracia que premia la paciencia y castiga la existencia. El inmigrante sin papeles no es un delincuente, es unavíctima. De un sistema que lo necesita clandestino. Porque así trabaja más, protesta menos y cobra en negro. Porque así no tiene contrato, no tiene voz, no tiene derechos. Es un engranaje perfecto: lo justo para que limpie, construya, recoja fruta, críe niños ajenos, pero nunca llegue a formar parte plena de la ciudadanía.
El milagro consiste en que todavía haya quien se indigne por la inseguridad sin preguntarse por las causas. No hay mayor cinismo que alarmarse por la delincuencia y al mismo tiempo contratar por horas a la mujer que limpia el baño sin asegurarla. No hay mayor hipocresía que hablar de nuestros valores mientras se explota al prójimo. La palabra es precisa: prójimo. El que está cerca. El que cruza el Estrecho y termina fregando los platos del restaurante donde cenamos. El que no se puede permitir una vida legal porque la legalidad le ha sido denegada antes siquiera de empezar.
La encuesta que publicó El Mundo hace unos días es el reflejo más crudo del país que estamos dejando de ser. Siete de cada diez españoles aprueban la propuesta de expulsar a los inmigrantes sin papeles. Como si no tenerlos fuera una afrenta moral. Como si la irregularidad administrativa implicara automáticamente una amenaza. Como si el delito no fuera el abandono, sino el simple hecho de haber llegado.
El discurso de Abascal resuena con eficacia porque apela al resentimiento y a las emociones, aunque inquieta que el ala dura del Partido Popular emprenda la misma senda populista. No con proclamas, sino con concesiones. En su afán por disputarle el electorado a Vox, empieza a asumir los marcos de Vox. Y cuando el centro político replica la semántica del extremismo, ya no queda espacio para el matiz ni para la sensatez.
Lo que hace el Gobierno es refugiarse en el palco. Grande-Marlaska, ministro del Interior, asistía a la final de Wimbledon como si no tuviera nada que ver con el país que arde en titulares, que se encoge ante las encuestas, que disimula su miedo con trajes de superioridad moral. El ministro vive lejos. Lejos de Torre Pacheco, lejos de los barrios donde se acumulan las urgencias sociales que nadie quiere atender. El césped mullido de Londres sirve, en su caso, como símbolo de una administración que ha decidido mirar para otro lado. La hierba se corta con esmero. El país, no tanto.
Y, sin embargo, hay un problema. No se resuelve con dogmas ni con muros. No se resuelve con redadas ni con eufemismos. Se resuelve con recursos. Con inversión. Con educación. Con urbanismo. Con integración. Con políticas públicas sostenidas, no con parches electorales. La inmigración no es el fin de la civilización. Es el espejo de sus contradicciones. Un país que necesita trabajadores invisibles y luego clama contra su visibilidad. Que los llama cuando conviene, y los expulsa cuando molestan.
Torre Pacheco no es el epicentro del caos. Es el síntoma. El escenario donde confluyen todos los fracasos. El del Estado que no planifica. El de la política que no prevé. El de la sociedad que consume sin escrúpulos la fuerza de trabajo de quienes luego desprecia. El de la opinión pública que se horroriza del crimen, pero tolera el abuso. El de una prensa sensacionalista y oportunista que simplifica, una ciudadanía que señala, una clase política que sube al estrado con una antorcha en la mano.
El relato está incompleto si no se contempla la otra forma de instrumentalización: la que no agita banderas, sino chequeras. La que no grita "invasión", pero construye templos ideológicos en silencio. Taleb Alisalem, escritor saharaui, lo explicaba con una lucidez incómoda en un artículo de ABC. Marruecos no solo exporta mano de obra. Exporta control. Exporta relato. Exporta comunidad. Y lo hace sin ruido, sin resistencia, bajo el paraguas del multiculturalismo complaciente y del buenismo institucional. Se financian mezquitas, asociaciones, estructuras paralelas que no promueven la integración, sino la sujeción. No cohesionan. Sustituyen. No se adaptan al país que las recibe. Lo moldean. Y hasta lo sabotean.
Por eso, el deber de una democracia moderna, de un Estado de derecho, no se limita a proteger al inmigrante frente al odio. Debe también protegerse del fanatismo que se oculta tras las costumbres. Ser firme frente al machismo impuesto como identidad. Ser implacable ante la discriminación sistemática de mujeres y niñas. Ser riguroso contra quienes convierten la religión en excusa para la violencia o el control social. Y hacerlo sin complejos. Porque la tolerancia mal entendida se convierte en sumisión.
La inmigración no es el problema. Lo es la forma en que la gestionamos. Lo es la manera en que la usamos, la escondemos, la exprimimos. Lo es el automatismo con que se convierte al extranjero en amenaza. Lo es el atajo mental que confunde irregularidad con delincuencia. Lo es también el temor a señalar el fanatismo por miedo a parecer intolerante.
Queda así expuesta la fragilidad del Estado. No proporciona seguridad a los vecinos. No fomenta las políticas de integración. No resuelve el limbo administrativo de los "sinpapeles". No reacciona ante el fanatismo religioso. No interviene en las cloacas de la economía sumergida.
Torre Pacheco no es un accidente. Es un síntoma. Y también un espejo. La ultraderecha ha hecho lo que sabe: convertirlo en arma. Pero el reflejo, nos guste o no, sigue siendo el nuestro.
El crimen no se explica. Se explota. Y no hay mayor obscenidad política que convertir un episodio de violencia en la piedra angular de una campaña de odio, como hace Vox desde la represalia patriotera. Torre Pacheco ha sido menos una localidad que un recurso narrativo. Un marco simbólico. Una coartada. Se ha utilizado su nombre como se utiliza una bengala: para iluminar, para calentar, para incendiar. Y sobre todo, para señalar. No tanto a un culpable concreto, sino a un colectivo entero. A los inmigrantes. A los otros. A los que nunca llegan del todo, porque siempre se les está echando.