El periodismo no siempre se limita a contar lo que ocurre. A veces lo anticipa. Otras veces lo fabrica. Y en los peores casos, lo provoca. La cobertura de los disturbios de Torre Pacheco recuerda demasiado a esa frontera difusa donde el relato sustituye a la realidad, donde los micrófonos actúan como detonadores y las cámaras ya no registran los hechos, sino que los dramatizan en sentido teatral e inflamable. Torre Pacheco no es un mero foco de tensión, sino un escenario. Y muchos medios, en lugar de mirar desde fuera, se han convertido en parte del decorado, en pura dramaturgia.
Tiene sentido acordarse de Billy Wilder en El gran carnaval. Y de Kirk Douglas interpretando a un periodista en decadencia que convierte un accidente en un espectáculo nacional. No busca la verdad. Busca titulares. No desea que el hombre atrapado en un yacimiento salga con vida, sino que aguante lo suficiente para mantener en vigor la audiencia. La tragedia como negocio. La víctima como pretexto. El sufrimiento como mercancía. Wilder, que venía del mundo de las redacciones, sabía que el peor periodismo no es el que miente, sino el que manipula los tiempos del drama, el que convierte la urgencia en melodrama y la conmoción en espectáculo.
Lo ocurrido en Torre Pacheco despierta las mismas suspicacias. Las que se derivan de un hecho complejo, áspero y multicausal —delincuencia, marginalidad, desarraigo, abandono, racismo, religión, desesperación— reducido a un parte de guerra moral. No hay matices. No hay contexto. Solo bandos. Las redacciones se deslizan hacia las trincheras y disparan con adjetivos. Los opinadores prorrumpen en las tertulias con gestos dolientes o iracundos. La polarización no es un efecto colateral: es el guion. Se elige un malo, se elige un bueno, y se emite el espectáculo en bucle, de tal manera que la repetición de los "hechos" acaba pareciéndose a la verdad.
Y las redes sociales funcionan como cámaras de eco. El fenómeno que nació como una noticia —una agresión, un altercado, un despliegue policial— se convierte en campo de batalla discursivo. La izquierda denuncia la islamofobia. La ultraderecha demoniza la inmigración. Y, mientras tanto, se desdibuja la realidad a fuerza de distorsionarla. Porque Torre Pacheco no es un símbolo: es un lugar. Un municipio concreto, con conflictos reales, con dinámicas sociales de convivencia muy precisas (y complejas).
Se diría que el periodismo ha incurrido en una variante mediática del principio de Heisenberg: el observador modifica lo observado. No hay neutralidad posible cuando un barrio se convierte en plató. Ni cuando las redacciones buscan imágenes que justifiquen su relato (y no al revés). Lo que no encaja se omite. Lo que resulta ambiguo se dramatiza. Y lo que no ha ocurrido, se inventa para propagar las dimensiones del gran plató.
En Torre Pacheco no solo ha habido violencia. También ha sobrevenido un gran montaje. La cobertura mediática se ha nutrido de vídeos fuera de contexto, de audios falsos, de supuestas amenazas fabricadas con subtítulos. Ha llegado a compartirse el incendio de otra ciudad como si ardiera Murcia. Se ha publicado una imagen pixelada como si fuera una prueba judicial. El desmentido llega siempre después, y nunca con el mismo volumen. No hay tiempo para contrastar las informaciones cuando lo importante es llegar antes. La verdad se convierte en un estorbo a manos de los intrusos.
El periodismo, o una parte ruidosa del periodismo, ha contribuido a parir esta caricatura anómala de la desinformación. Ha dado forma al relato antes de entenderlo. Ha dictado sentencia antes de escuchar a los testigos. Ha sustituido el análisis por la inflamación. No intenta comprender el incendio, sino buscar culpables. Y lo más preocupante: a veces, lo enciende.
El sensacionalismo no es nuevo. Ni exclusivo de las cadenas privadas o las públicas. Lo que cambia es la velocidad. El pánico se propaga en tiempo real. Las fake news son desmentidas horas después, pero ya han hecho su trabajo. Y los medios tradicionales compiten con cuentas anónimas por ver quién grita más. El rigor se sacrifica en el altar del clic. La serenidad parece una forma de complicidad. Y la moderación, un acto de cobardía. Así, el periodismo abandona su papel de contrapoder y de escrutinio para convertirse en combustible. Se disfraza de altavoz social, pero actúa como megáfono de la histeria. Torre Pacheco merece un análisis serio, pausado, incómodo. Una lectura compleja en tiempos de periodismo de emergencia.
Los medios homologados y los medios pervertidos —los que se jactan de su profesionalismo y los que presumen de no tenerlo— ya no se diferencian tanto. Toman partido. No por los hechos, sino por la causa. Por la clientela ideológica. Renuncian a la distancia crítica, abrazan la épica y simplifican la complejidad para alimentar su comunidad de fieles. Lo hacen desde platós o desde hilos virales. Desde cabeceras centenarias o desde perfiles con bandera. Todos con el mismo impulso: no narrar la realidad, sino fabricar su versión más inflamable.
El periodismo no siempre se limita a contar lo que ocurre. A veces lo anticipa. Otras veces lo fabrica. Y en los peores casos, lo provoca. La cobertura de los disturbios de Torre Pacheco recuerda demasiado a esa frontera difusa donde el relato sustituye a la realidad, donde los micrófonos actúan como detonadores y las cámaras ya no registran los hechos, sino que los dramatizan en sentido teatral e inflamable. Torre Pacheco no es un mero foco de tensión, sino un escenario. Y muchos medios, en lugar de mirar desde fuera, se han convertido en parte del decorado, en pura dramaturgia.