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Sánchez, Feijóo y la insoportable levedad del estar
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Rubén Amón

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Sánchez, Feijóo y la insoportable levedad del estar

La política española se resiente de la vacuidad del discurso, de la inacción y del planteamiento contemplativo, de tal manera que gobierno y oposición solo comparten la idea común de flotar

Foto: Feijóo y Sánchez, en el Congreso. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
Feijóo y Sánchez, en el Congreso. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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Milan Kundera escribió sobre la insoportable levedad del ser, como si la vida se debatiera entre la pesadez de las decisiones y la fragilidad del instante. La política española ha resuelto la ecuación de forma más cínica: aquí no pesa nada porque nadie es ni hace, solo está. La política se ha convertido en un ritual de presencia. En la ceremonia de ocupar un sillón, un escaño, un atril. Estar, figurar, aparentar. La densidad ha sido sustituida por la rutina de la levitación, por el espejismo de que algo ocurre cuando…nada se decide.

Pedro Sánchez ha hecho de esta levedad una estrategia de poder. No gobierna, se mantiene. No ejecuta, resiste. Ha descubierto que en política la supervivencia equivale al triunfo. Que basta con prolongar la estancia en la Moncloa para que la inercia se confunda con liderazgo. Ha sustituido el savoir faire por el faire savoir: no importa lo que se hace, sino lo que se anuncia.

Ahí está el episodio de la memoria franquista: Sánchez proclamó con solemnidad un programa de cien actos bajo el lema España en libertad, destinado a conmemorar el 50º aniversario de la muerte de Franco. La iniciativa nació con estruendo mediático y murió en el mismo instante, reducida a pirotecnia sin continuidad. La memoria no se convirtió en política, sino en efeméride extinguida.

El problema es que esta coreografía del estar se ha extendido a todos los bandos. La oposición ha caído en la misma hipnosis. Y Alberto Núñez Feijóo ha adoptado la táctica del espectador paciente, convencido de que el paso del tiempo acabará por derribar al presidente. Se limita a ocupar el lugar de la alternativa, como si bastara con esperar a que la fruta madure y caiga sola. Pero la fruta no cae: se pudre en el árbol. Feijóo confunde prudencia con inacción, estrategia con pereza. Ha convertido el deber de oposición en un oficio de cronista. Señala los excesos, denuncia los abusos, pero siempre a media voz, siempre como quien desayuna con un grupo de jubilados.

Foto: feijoo-inmigracion-ilegal-batirse-a-vox

Lo insoportable no es la densidad de la política, sino su ligereza. La ausencia de convicciones, la evaporación del debate ideológico, la sustitución de los proyectos por los relatos. Los ministros comparecen como figurantes, los portavoces recitan guiones prefabricados, los diputados representan broncas televisivas. Todo es teatro, pero un teatro de sombras en el que los actores se limitan a ocupar la escena sin saber muy bien qué obra interpretan. La política se ha transformado en la escenografía de la nada.

Y lo paradójico es que nunca como ahora se había hablado tanto de política. El espacio público está saturado de ruedas de prensa, de tuits, de consignas. Y cuanto mayor es el ruido, mayor es la sensación de vacío. Como en un gimnasio donde todos hacen el gesto de correr, pero las cintas permanecen inmóviles. La política española se ha convertido en ese ejercicio de resistencia pasiva: se simula un esfuerzo, pero no hay desplazamiento.

Foto: feijoo-y-ayuso-se-alinean-en-la-guerra-contra-sanchez-y-ortiz

L la política se ha vuelto fungible. Un decreto se anuncia un lunes y se rectifica un viernes. Una promesa se proclama en campaña y se olvida al día siguiente. Lo que importa no es gobernar, sino aparentar que se gobierna. No es oponerse, sino aparentar que se fiscaliza.

La insoportable levedad del estar ha convertido España en un país suspendido en la retórica. Los ciudadanos contemplan un juego de simulacros: un presidente que sobrevive sin gobernar y un opositor que espera sin oponerse. La política transcurre en un vacío escénico, sin peso histórico, sin compromiso real, sin consecuencias. Kundera proponía que la vida oscilaba entre el peso insoportable de la responsabilidad y la levedad de la existencia. La política española ha optado por la vía más cómoda: vaciar de peso la historia y consagrar la permanencia como único mérito.

La pregunta ya no es qué hace el Gobierno ni qué propone la oposición. La pregunta es hasta cuándo pueden sostenerse en el aire, en ese estado de levitación artificial que evita comprometerse con nada. Lo insoportable no es ya el peso del poder, sino la sospecha de que el poder se ha convertido en una silla ocupada, en una foto repetida, en una comparecencia sin sustancia. La insoportable levedad del estar es la gran tragedia de nuestra política: un país que se ha resignado a flotar.

Foto: feijoo-cambia-institucionalidad-boicot-permanente-sanchez

La insoportable levedad del estar no distingue colores ni trincheras. Sánchez ha hecho de la resistencia un programa de gobierno, Feijóo ha confundido la alternativa con la contemplación, Yolanda Díaz prolonga la ficción de un liderazgo sin partido y Abascal se ejercita en la holgazanería política, interrumpida solo por la distorsión de sus selfies. Todos participan de la misma coreografía: fingir que se gobierna, fingir que se lidera, fingir que se combate.

No hay acción, hay representación; no hay densidad, hay gesto. La política española se ha transformado en un teatro de simulacros donde el mérito no consiste en decidir, en ser o en hacer, sino en permanecer,

Milan Kundera escribió sobre la insoportable levedad del ser, como si la vida se debatiera entre la pesadez de las decisiones y la fragilidad del instante. La política española ha resuelto la ecuación de forma más cínica: aquí no pesa nada porque nadie es ni hace, solo está. La política se ha convertido en un ritual de presencia. En la ceremonia de ocupar un sillón, un escaño, un atril. Estar, figurar, aparentar. La densidad ha sido sustituida por la rutina de la levitación, por el espejismo de que algo ocurre cuando…nada se decide.

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