Por qué Santiago Abascal tiene acomplejado a Feijóo
No con él ni contra él: la pujanza de Vox, escenificada en Vistalegre con más hologramas que estrellas, consolida la torpeza con que los populares no saben relacionarse con la ultraderecha diez años después de haber irrumpido
Santiago Abascal interviene en 'Europa Viva 2025'. (Europa Press)
No puede decirse que fuera un éxito de convocatoria la kermesse de la ultraderecha en Vistalegre. Los apóstoles de la internacional reaccionaria -Milei, Orban, Le Pen- comparecieron a través de un holograma. Y Giorgia Meloni sorprendió a la neocasta sionista reclamando un estado… palestino, aunque el verdadero rival de Abascal no es Hamás, ni la izquierda ni Sánchez, sino la "derecha cobarde" de Núñez Feijóo, cuya manera de reaccionar al duelo de machos acostumbra a resentirse de la ambigüedad y la confusión.
El PP no ha aprendido a convivir con Vox en diez años. Como esos matrimonios que fingen dormir en camas separadas, pero no se atreven a pedir el divorcio. Ni siquiera a formalizar la convivencia. La derecha oficial se mueve incómoda, rehén de un vecino que le roba los titulares y que le marca la agenda marcando paquete. Lo que ha ocurrido este fin de semana en Vistalegre es la enésima demostración: mientras Abascal llenaba el recinto con un repertorio exiguo —banderas, enemigos, consignas—, Feijóo seguía preguntándose si debe copiar la función o mantenerse alejado de ella. Y en esa indecisión, en esa parálisis, se encuentra el fracaso del PP.
La política ya no se discute en los plenos ni en los argumentarios. La política se grita en un mitin, se memeifica en un tuit, se simplifica hasta el insulto. Vox lo sabe y lo explota. El PP lo sabe, pero no lo asume. Y ahí radica la diferencia: Abascal no se preocupa en parecer sofisticado; su holgazanería y su concepción simplista son un método. Y su discurso emocional excita la hombría del varón acomplejado y enfatiza la amenaza de los enemigos exteriores, empezando por el esperpento de la guerra santa.
El error de Feijóo consiste en creer que todavía se puede disputar ese terreno con argumentos, con matices, con un pie en la institucionalidad. El populismo no se combate en los márgenes de un boletín oficial, sino en el teatro emocional de la política. Por eso Vox crece en las encuestas, por eso los jóvenes lo prefieren, por eso el PP se ha quedado atrapado en un limbo donde ni se atreve a imitar ni se atreve a confrontar.
La paradoja es cruel: Vox no ofrece un proyecto de país, ofrece un relato de agravios. Y, sin embargo, resulta más atractivo que el conservadurismo reglado del PP. Abascal se permite incluso el lujo de ejercer el liderazgo más rentable: el de la pereza. No estudia, no detalla, no disecciona. Se limita a señalar al inmigrante, al feminismo, al independentismo. Y convierte la política en un combate elemental. El PP responde con cifras, con tecnicismos, con discursos que duran más de lo que dura la atención de un votante medio.
La consecuencia es obvia. En cada ciclo electoral, el PP se encoge y Vox se expande. Y lo hace porque Abascal ha entendido que la política española se ha reducido a un pulso emocional. Ni Milei, derrotado en Argentina y ausente en Madrid, se atreve ya a seguir girando la manivela del populismo. Pero Abascal sí. Y el mitin de Vistalegre ha demostrado que la repetición es más eficaz que la innovación, que la simplificación se impone a la complejidad, que la convicción fingida es más seductora que la duda razonada.
El PP insiste en considerarse la derecha responsable, la que gobierna, la que paga las facturas. Pero no advierte que los votantes jóvenes no buscan responsabilidad, sino épica. Que prefieren la emoción patriotera y la pulsera de la Reconquista a la duda tecnocrática. Que se sienten más representados en un eslogan que en un programa. Y que en esa batalla el PP siempre llega tarde, siempre parece un imitador torpe del original.
La década perdida de los populares frente a Vox se explica por esa incapacidad de entender el signo de los tiempos. No es que el PP no tenga ideas, es que no tiene relato. No es que le falten líderes, es que le sobran titubeos. Y mientras tanto, Vox se instala como una fuerza que no necesita sofisticación, que prospera precisamente porque su simplicidad desarma a los demás y porque promete un modelo de sociedad reaccionario.
El PP, entre Ayuso y Moreno, podría haber elegido el camino de la iniciativa, de la construcción de un proyecto liberal y conservador, a la vez, de la pedagogía frente al atajo populista. Ha preferido la ambigüedad, el cálculo corto, el reflejo condicionado de mirar a Abascal desde el retrovisor. Como si su destino fuera replicar la agenda del vecino, nunca imponer la suya.
El resultado es que Vox ya no es una anomalía. Es la coartada perfecta para evidenciar la impotencia del PP. Y cada mitin legionario de Abascal, como el de Vistalegre, no es solo un acto de propaganda, es un espejo. Un espejo en el que Feijóo se mira con espanto, complejo de inferioridad y desconcierto.
No puede decirse que fuera un éxito de convocatoria la kermesse de la ultraderecha en Vistalegre. Los apóstoles de la internacional reaccionaria -Milei, Orban, Le Pen- comparecieron a través de un holograma. Y Giorgia Meloni sorprendió a la neocasta sionista reclamando un estado… palestino, aunque el verdadero rival de Abascal no es Hamás, ni la izquierda ni Sánchez, sino la "derecha cobarde" de Núñez Feijóo, cuya manera de reaccionar al duelo de machos acostumbra a resentirse de la ambigüedad y la confusión.