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Sánchez, Ayuso, los marranos y los moros
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Rubén Amón

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Sánchez, Ayuso, los marranos y los moros

La polarización caracteriza un debate doméstico desesperante que se sirve de Gaza para hacer campaña y que proyecta el antisemitismo español, contra los judíos y contra los musulmanes

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Reuters/Violeta Santos)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Reuters/Violeta Santos)
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Estaba claro que el desenlace estrafalario de la Vuelta Ciclista iba a reanimar la dialéctica de la polarización con los actores habituales y con el desesperante provincianismo que sacude la política doméstica. El presidente del Gobierno se erige en el agón de Netanyahu blandiendo su habitual sentido del oportunismo e Isabel Díaz Ayuso responde en la defensa de la estrella de David, no ya para descararse en el antagonismo a Sánchez, sino porque la derechona —y la ultraderecha— cultiva el sionismo de salón para conjurar la amenaza del islam en pleno debate migratorio.

La guerra de Gaza requiere una aproximación más compleja y sofisticada, pero ha prevalecido la clave electoral y electoralista. Empezando por la demagogia y el populismo con que Sánchez se ha atribuido la representación de los españoles. Y es verdad que la mayoría denunciamos las atrocidades genocidas que comete Netanyahu, pero recelamos de un presidente que ha encontrado en Gaza un túnel de escapatoria y que ha expuesto la precariedad del Estado para garantizar la seguridad de un acontecimiento deportivo.

Sánchez trata de convertir la causa palestina en su camino de legitimación. La denuncia de Israel le sirve para sacudirse la erosión interna, aparecer como líder moral en el tablero internacional y ensayar el relato con que espera atravesar el trance electoral. Gaza se convierte en un espejo donde fabrica la imagen de un estadista con talla global y complejo local.

No ha dudado Ayuso en subordinar el protagonismo de Feijóo ni ha eludido las analogías disparatadas, especialmente cuando dijo que los incidentes en la Vuelta evocaban el martirio de Sarajevo en la guerra de Bosnia. La táctica del brochazo relativiza la honestidad de las afinidades judías, sabiendo, como sabemos, que la apología de la democracia israelí en el avispero de las tiranías mediorientales sirve de pretexto o de coartada para trasladarnos el peligro de la inmigración musulmana.

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No salimos de los complejos históricos ni de los pecados originales. La izquierda ondea la bandera palestina como emblema de virtud. El antisionismo funciona como coartada para reciclar un antisemitismo que nunca desapareció. El asesinato de Ya'akov Pinto, ciudadano español y judío ejecutado por Hamás, ha pasado inadvertido. Era israelí, era judío. Su nombre no mereció duelo oficial. No encajaba en la narrativa.

La derecha exhibe el reflejo simétrico. Su fervor por Israel no responde a una empatía sincera, sino a la oportunidad de criminalizar al islam. Netanyahu se convierte en fetiche útil para legitimar el viejo prejuicio racial. Las mezquitas se describen como madrigueras, el Ramadán como infiltración, el inmigrante como amenaza. Abascal ondea la estrella de David como estandarte de cruzado y recita hebreo frente a las cámaras. El mismo Abascal que no hace tanto agitaba el fantasma judeomasónico de Soros. El antisemitismo no se disuelve. Solo cambia de dirección.

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La pulsión es doble y convergente. La izquierda detesta al judío. La derecha teme al musulmán. España se repudia a sí misma a través de los otros. El antisemitismo -tan semitas son los judíos como los árabes- funciona como una gimnasia heredada, un reflejo instintivo que no necesita objetos reales. Los conversos, los marranos, los moriscos fueron expulsados, pero dejaron su sombra incrustada en la conciencia nacional. No están, pero pesan.

Cada bomba israelí se convierte en oportunidad política. Cada cadáver palestino en argumento electoral. Yolanda Díaz se apresura a reclamar la bandera moral. Sánchez calcula cada paso como si el voto dependiera de la diplomacia. Ayuso dramatiza el antagonismo, importando Gaza al terreno de la política autonómica. Todos rivalizan en un mercado de indignación donde la coherencia no vale nada y la teatralidad lo es todo.

El espejo histórico lo confirma. El edicto de expulsión promulgado en 1492 fue la amputación identitaria que fundó a la España moderna. Una ficción homogénea construida por eliminación. Y esa amputación se prolonga. La política exterior disfrazada de cálculo electoral, la solidaridad convertida en coartada, el fervor religioso reducido a instrumento. El fracaso del programa de nacionalidad para los sefardíes revela la continuidad: ni ellos quisieron volver, ni España supo recibirlos.

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Lo que queda es un relato hueco y beligerante. La izquierda agita Palestina para enmascarar su antisemitismo. La derecha invoca a Israel para proyectar su islamofobia. Y en el centro de esta impostura, Gaza se convierte en excusa, en escenario, en espejo deformado de las obsesiones nacionales.

La paradoja es que el consenso sobre la brutalidad de la masacre palestina se subordina al interés partidista. Sánchez y Feijóo mismos abjuran de Hamás tanto como denuncian la ferocidad de Netanyahu, pero una y otra parte se restriegan los matices terminológicos. Si el PP elude el término "genocidio", se convierte en cómplice de la matanza. Y si Sánchez no alude al terrorismo de Hamás adquiere entonces la condición de aliado.

Estaba claro que el desenlace estrafalario de la Vuelta Ciclista iba a reanimar la dialéctica de la polarización con los actores habituales y con el desesperante provincianismo que sacude la política doméstica. El presidente del Gobierno se erige en el agón de Netanyahu blandiendo su habitual sentido del oportunismo e Isabel Díaz Ayuso responde en la defensa de la estrella de David, no ya para descararse en el antagonismo a Sánchez, sino porque la derechona —y la ultraderecha— cultiva el sionismo de salón para conjurar la amenaza del islam en pleno debate migratorio.

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