Ayuso desquicia a Feijóo y lo encierra en su laberinto
La presidenta madrileña, artífice de la campaña contra el aborto, transforma su biografía en catecismo y arrastra al PP a un territorio emocional donde el líder pierde autoridad
Feijóo y Ayuso en el XXI Congreso Nacional del PP. (EP)
El Partido Popular se le está quedando pequeño a Isabel Díaz Ayuso. O quizá sea Feijóo quien se le queda grande al desconcierto. Ni Sánchez, ni Abascal ni la prensa del régimen: es la presidenta de la Comunidad de Madrid quien ha desquiciado al jefe del PP, lo ha convertido en una sombra tartamuda, en un eco administrativo de su propio partido, en el hombre que pretendía templar el ruido y ha terminado bailando al compás de su estruendo.
Ayuso no es una política. Es un temperamento. Una pulsión que sustituye el programa por la emoción y la ley por la experiencia. Lo ha vuelto a demostrar con el aborto, ese asunto que Feijóo hubiera querido enterrar bajo una alfombra de tecnicismos. Pero Ayuso lo ha desenterrado con el ímpetu de quien convierte una tragedia íntima en instrumento de poder. Ha confesado que perdió dos embarazos. Y en lugar de pedir respeto, ha pedido obediencia. No la de los votantes, sino la de los suyos. Y, sobre todo, la de su jefe.
Feijóo se ha quedado sin salida. Si la contradice, parece cruel. Si la ampara, parece débil. Así es como Ayuso lo ha encerrado en su jaula moral. Ella legisla desde las entrañas; él desde los estatutos. Ella predica; él se excusa. Y la política española, convertida en teatro sentimental, asiste al espectáculo de un líder domesticado por la emoción.
Porque lo que Ayuso ha hecho con el aborto no es una confesión. Es una epifanía. Se presenta como víctima y redentora a la vez. Una mujer que sufrió, que "perdió dos bebés", que desafía al "tono machito" de Sánchez desde el púlpito del dolor. Y desde ahí, desde esa altura moral, dicta su catecismo: el aborto no es un derecho, sino un fracaso. La maternidad no es una opción, sino un mandato. Y Madrid no es una comunidad, sino su prolongación uterina. Que se vayan de aquí las abortistas, grita desde el púlpito.
Feijóo observa el espectáculo con la expresión de quien escucha misa en latín. No entiende el idioma, pero intuye que lo están excomulgando. Porque cada vez que Ayuso habla, el PP se convierte un poco más en su parroquia. Se suponía que el gallego traía serenidad, gestión, prudencia. Pero la política de los tiempos no tolera el silencio. La política de los tiempos exige dramatismo. Y en eso Ayuso es una virtuosa: hace política con las vísceras, gobierna con las lágrimas y legisla con las pulsiones.
De ahí que su negativa a crear el registro de objetores —ese requisito legal que todas las demás comunidades aceptaron sin aspavientos— no sea un acto administrativo, sino un ejercicio de insumisión y un gesto litúrgico. Ella no rechaza el registro: exorciza al demonio. Lo llama "lista negra", lo envuelve en incienso, lo convierte en símbolo de su cruzada contra el sanchismo. Da igual que su propia consejera lo apoyara. Da igual que la ley lo exija. Lo importante es el relato: el enfrentamiento, la pureza, la desobediencia.
Feijóo no puede seguirla. No sabe si es prudente corregirla o suicida imitarla. Se agarra al tecnicismo, a la retórica de la legalidad, mientras Ayuso ya ha cruzado el Rubicón del sentimentalismo político. Su voz tiembla, su gesto conmueve, su relato arrastra. La razón, frente a eso, es impotente. Y el PP, que en otro tiempo fue un partido, se ha convertido en una extensión de su estado de ánimo.
Ayuso gobierna con un espejo. Observa en él su destino y su justificación. Se proclama mujer libre, doliente, providencial. Habla de sí misma y cree hablar de España. Dice defender la vida y defiende su relato. Y Feijóo, atrapado entre la aritmética y la emoción, ha terminado siendo el custodio de una ortodoxia que nadie sigue. No hay nada más populista que la identificación personal. Ayuso nos gobierna desde su peripecia vital.
Madrid es su laboratorio. Telemadrid, su púlpito. Ha domesticado los informativos con la misma naturalidad con que Sánchez coloniza TVE, pero con más sumisión y menos audiencia, porque Ayuso no impone un discurso: impone una emoción. No convence: seduce. No explica: confiesa. El resultado es un populismo con perfume de colonia cara, un sentimentalismo reaccionario que ha sustituido el pensamiento por la lágrima y la gestión por el dogma.
Feijóo soñó con un PP que hablara bajo, que se pareciera a él. Pero el partido habla como Ayuso, con voz de mitin y temblor de oración. Él querría orden, pero ella es el desorden rentable. Él quiere tiempo, y ella se lo roba. Y así, mientras el gallego busca la autoridad, la madrileña la ejerce. Sin necesidad de conquistarla, porque ya es suya.
Ayuso no aspira a sustituir a Feijóo. Le basta con desquiciarlo. Con demostrar que el poder se ejerce hoy desde la emoción, no desde el despacho. Que el liderazgo no se mide por las leyes que se cumplen, sino por las que se desafían. Y que en esta España de catecismos cruzados y lágrimas televisadas, el mayor pecado político es no sentir lo suficiente.
El Partido Popular se le está quedando pequeño a Isabel Díaz Ayuso. O quizá sea Feijóo quien se le queda grande al desconcierto. Ni Sánchez, ni Abascal ni la prensa del régimen: es la presidenta de la Comunidad de Madrid quien ha desquiciado al jefe del PP, lo ha convertido en una sombra tartamuda, en un eco administrativo de su propio partido, en el hombre que pretendía templar el ruido y ha terminado bailando al compás de su estruendo.