El lapsus de Yolanda Díaz refleja el estado de ánimo de una legislatura y de una coalición que ha convertido la putrefacción en su mejor argamasa al tiempo que se le aparecen a Feijóo los fantasmas de la Gürtel
La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz. (Europa Press/Fernando Sánchez)
Los lapsus tienen la virtud de desnudar la verdad. Se presentan como un tropiezo del lenguaje, pero exponen en realidad una revelación del subconsciente, un descuido del alma. Así lo pensaba Freud, que hizo del lapsus un indicio más fiable que el discurso mismo. Porque en el error verbal se cuela lo que el orador quiere ocultar, la sombra de lo que el pensamiento no se atreve a confesar. Por eso resulta tan significativo el lapsus de Yolanda Díaz en el Senado, cuando habló de un "Gobierno de corrupción" en vez de "Gobierno de coalición". Un desliz fonético, sí, pero también un epitafio moral. Y una síntesis perfecta, acaso involuntaria, del estado real de la política española.
No era un ataque del subconsciente, era una epifanía. El lapsus de Díaz no traiciona una idea equivocada, sino una lucidez inesperada. Porque si algo define al actual Gobierno —y, en rigor, al ecosistema político que lo sostiene— es la asunción natural de la corrupción como forma de existencia. La corrupción no escandaliza, no erosiona, no amenaza. Se ha convertido en una costumbre higiénica, en una impureza aceptada, en el precio menor del poder. Yolanda Díaz lo dijo sin querer, o quizás queriendo demasiado: queda corrupción para rato.
Yolanda Díaz: "Queda Gobierno de corrupción para rato"
Su frase resonó con una naturalidad desconcertante. No provocó indignación, sino carcajadas condescendientes, como si todos supiéramos que el lapsus no era un error, sino una confesión colectiva. En efecto, la corrupción ya no divide, como antaño, sino que une. Ha dejado de ser el estigma que fractura para convertirse en el cemento que aglutina. Lo que ayer era un motivo de ruptura, hoy es una causa de complicidad. La financiación irregular del PSOE, los favores en la sombra, las tramas del entorno socialista ya no inquietan a los socios de Gobierno. Porque el pacto de la supervivencia se impone sobre el pudor. Nadie se atreve a poner en riesgo el poder por una cuestión de principios.
El lapsus de Yolanda Díaz funciona, pues, como una radiografía moral del momento. Nos descubre que la corrupción es ahora una lengua franca. Que los socios la hablan con soltura, que la entienden como parte del contrato de coalición, o mejor dicho, del contrato de corrupción. Y que no habrá crisis, ni ruptura, ni dimisiones mientras los intereses mutuos sigan blindados. Lo que ayer era intolerable se ha vuelto gestionable; lo que ayer se llamaba delito, hoy se maquilla de "error administrativo" o de "práctica heredada".
No es casual que este episodio coincida con el renacimiento judicial del caso Gürtel, ese espectro interminable que vuelve a pasearse por los tribunales para recordarle al PP sus pecados originales. El regreso de Francisco Correa desde la ultratumba tiene un efecto balsámico para Pedro Sánchez: le ofrece una coartada providencial, un espejo en el que reflejar la miseria ajena, un argumento para neutralizar cualquier reproche moral. Porque mientras el PP siga prisionero de su pasado, el PSOE podrá justificarse en su presente. Nada fortalece más la impunidad que la miseria del adversario.
Y ahí aparece la paradoja del sistema: la corrupción se ha convertido en un activo político compartido. El PSOE la administra con naturalidad; el PP la padece como un trauma crónico; y Vox, que se reclama incorruptible, se alimenta de la podredumbre ajena como de un combustible retórico. No hay alternativa limpia, no hay horizonte regenerador. La corrupción ha dejado de ser un escándalo: es una atmósfera. Se respira, se asume, se recicla.
El resultado redunda en la crisis de un país donde se frecuenta la corrupción como una estructura de gobierno. Se gobierna con ella, se gobierna desde ella y, sobre todo, se gobierna gracias a ella. Lo entendió sin querer Yolanda Díaz: lo que hay no es una coalición, sino una confederación de intereses, un régimen sostenido por el miedo al cambio y por la fatiga moral de los ciudadanos.
Larga vida, pues, a la corrupción. Porque ha sobrevivido a las ideologías, a los líderes, a los escándalos y a los juicios. Porque ha resistido el desgaste del tiempo y las prédicas de la regeneración. Porque cada vez que alguien promete acabar con ella, solo consigue sofisticarla. Y porque, en el fondo, todos la necesitamos: los unos para señalarla, los otros para justificarla, y los de más allá para volverla costumbre.
El lapsus de Yolanda Díaz no fue un error: fue una revelación. En su voz se mezclaron el cinismo y la resignación de un país que ya no distingue entre gobierno y corrupción. Que confunde el lapsus con la realidad. Y que asume, con la serenidad del derrotado, que queda corrupción para rato.
Los lapsus tienen la virtud de desnudar la verdad. Se presentan como un tropiezo del lenguaje, pero exponen en realidad una revelación del subconsciente, un descuido del alma. Así lo pensaba Freud, que hizo del lapsus un indicio más fiable que el discurso mismo. Porque en el error verbal se cuela lo que el orador quiere ocultar, la sombra de lo que el pensamiento no se atreve a confesar. Por eso resulta tan significativo el lapsus de Yolanda Díaz en el Senado, cuando habló de un "Gobierno de corrupción" en vez de "Gobierno de coalición". Un desliz fonético, sí, pero también un epitafio moral. Y una síntesis perfecta, acaso involuntaria, del estado real de la política española.