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¿Cuánto vale una foto humillante de Puigdemont con Sánchez?
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Rubén Amón

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¿Cuánto vale una foto humillante de Puigdemont con Sánchez?

La ruptura de relaciones, sometida al espantajo de la consulta a la militancia, dista mucho de una moción de censura pero predispone un acercamiento sumiso del líder socialista

Foto: Illa se reúne con Puigdemont en Bruselas. (Europa Press/Jasper Jacobs)
Illa se reúne con Puigdemont en Bruselas. (Europa Press/Jasper Jacobs)
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Carles Puigdemont no busca tanto el pacto como la penitencia. Lo que le obsesiona no es la negociación con Pedro Sánchez, sino su humillación. La instantánea. La foto en Bruselas. La prueba documental del vasallaje. Porque Puigdemont, que ha hecho del exilio un decorado y de su fuga un principio de autoridad, necesita ver a Sánchez peregrinando hasta Waterloo. No por una cuestión práctica ni por exigencias políticas, sino por la liturgia del sometimiento. La imagen del presidente del Gobierno acudiendo al fugitivo, traspasando las fronteras de la dignidad institucional, es la consagración de una venganza.

Ya lo anticiparon Zapatero e Illa, convertidos en heraldos del apaciguamiento. Uno como mediador vocacional, el otro como emisario obediente. Ambos acudieron al santuario de Puigdemont con la reverencia de quien visita a un exiliado ilustre, aunque en realidad asistían a una ceremonia de poder invertido: el prófugo dictando las condiciones al Estado. Si Sánchez se atreve a completar la secuencia, si se presta a la fotografía de Bruselas, habrá cruzado definitivamente el Rubicón de la vergüenza.

Y mientras tanto, Puigdemont continúa representando su tragedia con voluntad de farsa. Este, Junts celebrará en Perpiñán una reunión que pretende reeditar el folclore del exilio republicano. Todo envuelto en estelas, lágrimas de nostalgia y una retórica de resistencia que hace tiempo perdió contacto con la realidad. Pero tras el atrezo sentimental late una maniobra cínica: someter a la militancia la decisión de romper o no con Sánchez. Un gesto de aparente democracia interna que, en realidad, disfraza un referéndum inducido. Un plebiscito diseñado para legitimar lo que Puigdemont ya ha decidido. Romperlo todo para no romper nada.

Resulta grotesco que un partido tan autocrático pretenda reinventarse ahora como laboratorio de participación. Junts siempre ha sido el instrumento de su líder, no su contrario. No hay disidencia posible ni margen para el debate, porque la autoridad de Puigdemont es dogmática. Se trata de un movimiento que confunde la consulta con la obediencia y el liderazgo con la infalibilidad.

Foto: gobierno-ruptura-dana-junts-votantes-sanchez

Además, la memoria política desmiente la fábula de la fidelidad. Junts nunca ha sido un socio fiable. Ni siquiera un socio coherente. Ha votado sistemáticamente contra las iniciativas del PSOE en el Congreso, ha dinamitado la agenda legislativa y ha hecho del chantaje un método de supervivencia. Sánchez, que domina la esgrima de la ambigüedad, ha toreado a Puigdemont con grandes expectativas y pequeñas concesiones.

No hubo amnistía completa en los términos que exigía el prófugo, ni cesión de competencias migratorias a la Generalitat, ni reconocimiento del catalán como lengua oficial en la Unión Europea. El presidente del Gobierno ha sabido administrar la frustración con la sonrisa del trilero. Promete mucho, entrega poco y siempre encuentra un modo de vender la derrota como un éxito.

Foto: duelo-sanchez-puigdemont-trilerismo-politico

Puigdemont desconfía del mentiroso profesional porque compite con él en la misma disciplina. Si Sánchez miente por oficio, Puigdemont lo hace por convicción. La mentira no es su estrategia, sino su identidad. Vive en un relato paralelo donde la independencia sigue pendiente, la república catalana está en gestación y él mismo se erige como mártir visionario.

De ahí que la amenaza de ruptura con el Gobierno tenga menos peso del que aparenta. No es una crisis de Estado, sino un episodio más en la tragicomedia de las dependencias mutuas. Sánchez necesita a Junts para sostener la legislatura, pero Puigdemont necesita a Sánchez para seguir existiendo políticamente. El antagonismo les nutre a ambos: uno se presenta como el pragmático que evita el caos; el otro, como el exiliado que humilla al poder central.

De producirse, la ruptura apenas revestiría consecuencias estructurales. Bastaría con algún voto prestado, alguna abstención estratégica o el refugio en los plazos parlamentarios para que el Gobierno siguiera respirando. Es más, una moción de censura promovida por Junts junto al PP y Vox sería el epitafio político de Puigdemont. Lo retrataría en el bloque de la derecha, lo alinearía con quienes más desprecia su electorado y lo reduciría de héroe soberanista a peón del resentimiento.

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Por eso la eventual fotografía en Bruselas adquiere un valor más simbólico que cualquier votación en el Congreso. Puigdemont no quiere derribar a Sánchez, sino retratarlo. No busca el derrumbe del Gobierno, sino su sumisión. Necesita esa imagen para volver a dominar el relato, para reencarnarse en el gran actor de la política nacional después de años de exilio decorativo. La foto sería su redención estética, su regreso a los titulares, su manera de recordar que el fugitivo sigue mandando sobre el país del que huyó.

Sánchez, en cambio, juega al equilibrio. Se deja humillar un poco para sobrevivir un poco más. Ha hecho de la resistencia una virtud y del desgaste un método. Sabe que cada humillación es reversible, siempre que conserve el poder. Quizá por eso se prestará a la escenografía de Waterloo, consciente de que la vergüenza política dura, lo que dura un ciclo informativo.

El problema es que la foto no se borra. Que las imágenes permanecen cuando las palabras se disuelven. Y que esa instantánea simbolizaría mucho más que una negociación: consagraría la subordinación del Estado a su adversario, el triunfo del chantaje sobre la convicción, la victoria de la apariencia sobre la sustancia.

Carles Puigdemont no busca tanto el pacto como la penitencia. Lo que le obsesiona no es la negociación con Pedro Sánchez, sino su humillación. La instantánea. La foto en Bruselas. La prueba documental del vasallaje. Porque Puigdemont, que ha hecho del exilio un decorado y de su fuga un principio de autoridad, necesita ver a Sánchez peregrinando hasta Waterloo. No por una cuestión práctica ni por exigencias políticas, sino por la liturgia del sometimiento. La imagen del presidente del Gobierno acudiendo al fugitivo, traspasando las fronteras de la dignidad institucional, es la consagración de una venganza.

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