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Rubén Amón

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La nube tóxica es el escudo de Sánchez

La proliferación de escándalos y corruptelas crea un régimen de impunidad por la dispersión del foco y por el hartazgo de la opinión pública

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Mariscal)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Mariscal)
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Pedro Sánchez no ha construido un cortafuegos. Ha levantado una nube tóxica. Un ecosistema donde los escándalos se reproducen como esporas, donde la corrupción no se apaga sino que se disuelve en el aire. En apariencia o en rigor, la proliferación de episodios debería resultarle letal, pero la inercia ha terminado por volverse su principal vacuna. Cuantos más casos orbitan en torno al presidente, menos reconocible es el epicentro. Cuantas más sospechas cercan a su entorno, más se difumina su responsabilidad. La nube no es la consecuencia del incendio. Es su estrategia.

La política española se ha acostumbrado a vivir en ese ambiente enrarecido. Ya no se distingue el humo de las sombras, ni el delito de la torpeza, ni el rumor del hecho. El sistema se ha habituado a respirar un aire contaminado. Y esa asfixia progresiva produce un efecto paradójico: cuanto más se denuncia, menos indigna; cuanto más se ventila, menos huele. La nube tóxica ha sustituido a la transparencia. Y Sánchez, lejos de combatirla, la administra.

No es una defensa. Es un método. El presidente ha comprendido que la responsabilidad política no se asume en singular, sino que se diluye en plural. Se llama dispersión de la culpa, y es tan vieja como Maquiavelo. Los reyes absolutos sabían que convenía rodearse de favoritos. No tanto para que los ayudaran, sino para que cargaran con las vergüenzas. La corte renacentista era un sistema inmunitario. Caían los secretarios, los validos, los ministros, pero el monarca sobrevivía. El escándalo del entorno lo purificaba. Y el sacrificio de cada cortesano reforzaba la ficción de su inocencia.

Sánchez no gobierna con una corte, pero sí con un ecosistema que cumple la misma función. Lo demuestra la última cadena de episodios judiciales: el Tribunal Supremo reclama enviar a juicio a José Luis Ábalos y a su asistente Koldo García por delitos de cohecho, malversación y pertenencia a organización criminal. Un antiguo ministro, un hombre de confianza, convertido en chivo expiatorio. El caso se suma a los informes de la UCO sobre Ángel Víctor Torres, ministro de Política Territorial, y a los episodios de nepotismo que cercan al círculo familiar del presidente: la esposa, Begoña Gómez, pendiente de investigación por tráfico de influencias, y el hermano, señalado por su irregular relación laboral con el Ayuntamiento de Badajoz. El poder se descompone por capas, pero siempre protege en la incolumidad del núcleo.

Foto: gallardo-cerdan-sanchez-corrupcion-1hms Opinión
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Y mientras tanto, el fiscal general, Álvaro García Ortiz, se sienta en el banquillo de la historia acusado de vulnerar la independencia del Ministerio Público. El proceso que lo acecha —la prevaricación conceptual y el abuso de poder en beneficio del Gobierno— revela la anomalía que ya nadie discute: la justicia misma forma parte de la nube. El fiscal que debía garantizar la limpieza del sistema se ha vuelto el último filtro del aire contaminado.

Impresiona el régimen homeopático en semejante fenómeno: pequeñas dosis de veneno inmunizan contra la sobredosis. El sistema político, como el cuerpo humano, desarrolla tolerancia a sus propios tóxicos. El primer escándalo conmociona. El segundo preocupa. El tercero aburre. El cuarto ya ni se abre en los periódicos. La saturación se convierte en profilaxis. Los medios pierden capacidad de enfoque. La opinión pública, resistencia moral. Y el presidente, mientras tanto, sigue respirando.

No es casual que Sánchez se haya erigido en adalid de la resistencia contra la llamada "cultura de la cancelación". Él mismo ha inventado la cultura de la saturación. No hay un caso aislado, sino un clima. No hay culpables, sino una atmósfera culpable. La indignación se dispersa, como las partículas en suspensión. Nadie sabe exactamente de dónde viene el olor, ni a quién corresponde apagar el fuego.

El paralelismo con la acústica resulta elocuente. En el llamado ruido blanco, todos los sonidos se mezclan hasta producir un zumbido uniforme. Algo parecido sucede en la política de Sánchez: la suma de escándalos se transforma en una monotonía moral, en un rumor continuo que lo envuelve y lo protege. Los ciudadanos dejan de escuchar. El sistema deja de reaccionar. La cacofonía se vuelve fondo. Y el fondo, paisaje.

Sánchez ha reinventado el efecto teflón. No porque los golpes no le afecten, sino porque el material mismo de la política ha cambiado de textura. La impunidad ya no es una concesión judicial: es una consecuencia atmosférica. Los hechos rebotan. Las responsabilidades se evaporan. La corrupción, como el smog, no se limpia: se respira.

Foto: sanchez-corrupcion-psoe-abalos-sobres-1hms Opinión

No todo es cálculo. También hay un componente sociológico. España vive instalada en la normalización de la anomalía. Hannah Arendt lo advirtió: cuando la excepción se repite, se vuelve norma. Y la norma ya no escandaliza. La política española se ha convertido en un campo minado donde nadie puede acusar sin arriesgarse a ser acusado. Esa equidistancia moral beneficia al que más poder tiene. Si todos están manchados, el que manda es el que reparte el jabón.

Resulta tentador pensar que el escándalo terminará por devorarlo, que alguna vez la nube se condensará en tormenta. Pero la experiencia reciente sugiere lo contrario. Cuanto más densas las nubes, más blindado el cielo. Sánchez se presenta como víctima del barro que él mismo ha removido. Y la oposición, incapaz de distinguir el foco, contribuye a espesar el humo. No hay relato único, sino mil versiones del mismo ruido.

La nube tóxica no se disipa con un gesto moral, ni con una comisión de investigación. Se disipa con oxígeno. Y el oxígeno solo lo proporciona la transparencia, la rendición de cuentas, la vergüenza pública. Virtudes que escasean en la España del tacticismo. Mientras tanto, el país seguirá respirando el aire viciado de sus propios escándalos. Y el presidente, impasible, seguirá administrando el veneno como si fuera un perfume.

Pedro Sánchez no ha construido un cortafuegos. Ha levantado una nube tóxica. Un ecosistema donde los escándalos se reproducen como esporas, donde la corrupción no se apaga sino que se disuelve en el aire. En apariencia o en rigor, la proliferación de episodios debería resultarle letal, pero la inercia ha terminado por volverse su principal vacuna. Cuantos más casos orbitan en torno al presidente, menos reconocible es el epicentro. Cuantas más sospechas cercan a su entorno, más se difumina su responsabilidad. La nube no es la consecuencia del incendio. Es su estrategia.

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