Juan Carlos I se absuelve entre la nostalgia y la amnesia
No hay reconciliación en 'Reconciliación', sino una versión sesgada de su ejecutoria que oscila entre el ajuste de cuentas, la ingratitud y la ternura con que observa su propia muerte
Cuando un rey escribe sus memorias, no busca tanto contar su vida como justificarla. Reconciliación se presenta como un gesto de vindicación tardía, casi testamentaria. Pero lo que aflora, página a página, no es la serenidad del hombre que se relaciona con su pasado, sino la voz del monarca que aún se defiende de él. El título promete un acuerdo con el tiempo; el contenido confirma que el tiempo ya no le pertenece.
Y así, durante más de quinientas páginas, el emérito alterna la épica y la omisión. Se explaya con minuciosa complacencia en los años luminosos —la Transición, el 23-F, la entrada en la OTAN, el "¿Por qué no te callas?" a Chávez—, pero reduce a pinceladas la Marcha Verde, aquella movilización con que Marruecos selló la renuncia española al Sáhara Occidental. Fue entonces, hace cincuenta años, cuando el príncipe actuó como jefe del Estado con Franco agonizante. Y sin embargo, el episodio aparece en el libro despojado de toda densidad política y moral. No hay alusiones a las presiones de Washington, ni a las negociaciones secretas, ni al abandono de los saharauis. Hay, en cambio, una voluntad obstinada de reducir la historia a un anecdotario de servicio.
Esa es la estrategia dominante de Reconciliación: convertir la memoria en coartada, incluso cuando evoca candorosamente el vínculo con Franco. El Juan Carlos que se narra a sí mismo no es el hombre de carne y culpa, sino el personaje que desea sobrevivirse. El rey que encarnó la modernidad de la España democrática reaparece ahora como un anciano melancólico, nostálgico de la obediencia mediática y de la censura que lo protegía.
Él mismo recuerda con cierta ternura una época en que la prensa callaba por patriotismo y encubría por complicidad. Relata que una vez fue fotografiado desnudo, pero la imagen solo interesó a la prensa italiana. Hoy, lamenta, los periódicos ya no protegen a la Corona. Lo dice como quien deplora una pérdida moral, no como quien comprende la necesidad de la transparencia.
El tono de la confesión se interrumpe cada vez que el relato amenaza con volverse incómodo. A sus "dos deslices sentimentales" los define como errores menores, y a Corinna Larsen la evoca sin nombrarla, convertida en una sombra que "fue hábilmente instrumentalizada".
Nada sobre Marta Gayá, ni sobre Bárbara Rey, ni sobre los litigios recientes por los cien millones saudíes que, según insiste, fueron "un regalo que no podía rechazar". El rey que durante décadas pidió a los españoles confiar en su palabra exige ahora lo mismo para acreditar una carta del Ministerio de Finanzas saudí que nunca muestra. "Un grave error", repite, pero sin aceptar su dimensión moral. El error como coartada, no como culpa.
El libro, que en su edición francesa se titula con la ironía de la distancia (Réconciliation), no busca reconciliar al rey con su país, sino con su propio relato.Tampoco con su familia. El retrato que traza de Felipe VI y Letizia es el de un padre que no entiende al hijo ni perdona a la nuera. "¿Dónde queda aquel joven risueño y compasivo?", se pregunta al recordar a su heredero, al que acusa de frialdad y de ingratitud. Y reprocha a Letizia haber dinamitado la armonía familiar. En los borradores del libro, según se ha sabido, había párrafos más ásperos, eliminados en la versión final. Aun así, las quejas sobreviven: no haber podido pasear nunca con sus nietas, no haberlas recibido a solas en Palma.
A la heredera, la princesa Leonor, apenas le dedica unas líneas: que cumpla con su deber con simpatía y amabilidad. Un consejo de manual. En un libro titulado Reconciliación, el futuro de la Corona ocupa menos espacio que el resentimiento doméstico.
Ni el tono ni la materia del relato son los de un rey retirado, sino los de un hombre que no se resigna a su exilio.Desde Abu Dabi, Juan Carlos I se retrata como un desterrado sereno, aunque sus palabras revelan una amargura constante: la asignación retirada por su hijo, la frialdad de la Zarzuela, el silencio del Gobierno. "Cuando desacreditan mi persona, debilitan nuestra Constitución", escribe, todavía convencido de que su biografía es una extensión del Estado. El yo como patria.
Acaso el pasaje más conmovedor —y también el más lúcido— llega al abordar el asunto de la muerte. "Cuando llegue mi hora, llegará. Después podrán hacer conmigo lo que quieran". Se pregunta si habrá un funeral de Estado, si se le enterrará en España o en el extranjero. Y no lo sabe.
Esa incertidumbre final, que asume sin dramatismo, encierra el verdadero sentido del libro: el reconocimiento de que ya no manda ni siquiera sobre su propia posteridad. Reconciliación pretende ser una defensa, pero se lee como una rendición.
El hombre que un día fue símbolo de unidad nacional firma un testamento en que la unidad se fragmenta en reproches, silencios y nostalgias. Entre el niño que llegó a España sin dominar su idioma y el anciano que añora volver a casa, hay medio siglo de historia común. Pero el relato que ofrece ahora, más que reconciliarnos con el rey, nos recuerda que ningún poder, ni siquiera el que un día encarnó la soberanía, puede blindarse del juicio del tiempo.
Cuando un rey escribe sus memorias, no busca tanto contar su vida como justificarla. Reconciliación se presenta como un gesto de vindicación tardía, casi testamentaria. Pero lo que aflora, página a página, no es la serenidad del hombre que se relaciona con su pasado, sino la voz del monarca que aún se defiende de él. El título promete un acuerdo con el tiempo; el contenido confirma que el tiempo ya no le pertenece.