Es noticia
García Ortiz, una marioneta en la farsa del Supremo
  1. España
  2. No es no
Rubén Amón

No es no

Por

García Ortiz, una marioneta en la farsa del Supremo

El fiscal general declara con impostura victimista al servicio de un relato que corrompe la dignidad de las instituciones y cumpliendo el guion absolutorio de Sánchez

Foto: El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, a su salida del Tribunal Supremo. (Europa Press/Diego Radamés)
El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, a su salida del Tribunal Supremo. (Europa Press/Diego Radamés)
EC EXCLUSIVO

Un acusado tiene derecho a eludir las preguntas de las acusaciones particulares, pero rara vez se encuentra a la Fiscalía y la Abogacía del Estado dócilmente alineadas en su causa. Por esos mismos motivos resultó tan estrafalario el interrogatorio de Álvaro García Ortiz en la sede del Supremo. Fue una suerte de homenaje corporativo, una sesión amañada, una aberración procesal que permitió a 'Alvarone' convertir el cadalso en un columpio mientras la teniente fiscal a sus órdenes fingía ponerle en aprietos.

Y no iba a complicarse la vida su eminencia, sino a presumir de comportamiento exquisito y ejemplar mientras secundaba el guion exculpatorio que le han facilitado en Moncloa. Resultaba entrañable la complicidad rapsódica de la Abogacía del Estado. Conmovía la delicadeza con que Ángeles Sánchez Conde -su número dos en la Fiscalía- trataba al acusado como el mártir de un proceso extemporáneo.

La parodia redundaba en el desprestigio de la Justicia. No ya porque a García Ortiz le defendía la acusación en la más absoluta tergiversación de los actos judiciales, sino porque su manera de comenzar la declaración resonaba en la bóveda del alto tribunal se escuchaba como una amenaza :"Soy el fiscal general del Estado".

La propuesta endogámica se resintió de otras lecturas menos condescendientes. Por ejemplo, la que expone a García Ortiz comportándose como una marioneta en el Supremo. Tuvo el detalle de renunciar a la toga, a la insignia y a las puñetas de encaje, pero el disfraz de civil no alcanzó a reprimir la gravedad impostada de los muñecos que creen tener alma.

Foto: fiscal-general-garcia-ortiz-justicia-1hms Opinión

Se sentó ante los jueces como quien interpreta un papel aprendido de memoria, convencido de que la solemnidad del escenario y la sarabanda meliflua de la Fiscalía bastaban para redimir la gravedad de la farsa.

El problema es que no resultó demasiado convincente la manera de justificar el borrado de sus terminales. García Ortiz lo atribuyó a su conciencia de la protección de datos, pero ocurre que la operación catártica se produjo, casualmente, el mismo día en que se le abrieron las diligencias. Quedaba así en entredicho la frase lapidaria con que pretendió seducir a los togados: "La verdad no se filtra, la verdad se defiende".

García Ortiz no es un fiscal, es un muñeco articulado, una criatura de madera con sonrisa de funcionario y cables de obediencia. Habla con voz propia, pero la voz le viene prestada. Mueve las manos, pero el titiritero maneja los cordeles. En la Moncloa conocen la partitura: el poder baja la mano y el títere se inclina, se levanta, apunta, dispara. Los hilos son invisibles, pero la coreografía es perfecta. Nunca hubo un marionetista tan diestro ni una marioneta tan dócil.

El esperpento, diría Valle-Inclán, consiste en contemplar la realidad en los espejos cóncavos del Callejón del Gato. Si el maestro resucitara, encontraría en esta historia un espectáculo a su medida. Porque todo en ella está deformado por el reflejo del poder: la justicia convertida en pantomima, el Estado en tramoya, el presidente en autor y el fiscal general en su muñeco ventrílocuo. No hay tragedia, sino caricatura; no hay héroes, sino figurantes; no hay ley, sino guion.

La entrevista de Pedro Sánchez en El País formalizó la defunción de la separación de poderes. El presidente no solo dirigía la función: también se reservó el papel de juez. Con voz de patriarca benévolo declaró que su fiscal "no ha cometido delito alguno". Bastó esa frase para transformar la comparecencia judicial de este miércoles en una comedia de absolución. La escena revestía algo de auto sacramental laico: el poder perdonándose a sí mismo, el fiscal como beato agradecido. Una confesión sin culpa y una penitencia sin castigo.

Foto: dia-via-fiscal-general-alvaro-garcia-ortiz-juicio-supremo Opinión

El país contempla la función con la mezcla de hastío y fascinación que producen los guiñoles cuando los hilos quedan al descubierto. El público sabe que todo es mentira, pero aplaude igual. Los jueces escuchan, los fiscales asienten, los medios interpretan su papel y el Estado repite la coreografía como si la legalidad fuera un número de danza. García Ortiz sonríe, porque las marionetas siempre sonríen: así están talladas.

La tragedia —la verdadera— no es su destino personal, sino la conversión del Estado en teatro. La Moncloa dicta la partitura, la Fiscalía la recita, el periodismo hace de coro y el público, resignado, ocupa las gradas del esperpento nacional. Cada hilo tirado desde arriba mueve un ministerio, un informe, una nota de prensa. El poder ha descubierto que puede manipular los muñecos sin esconder la mano: la costumbre ha sustituido al escándalo.

Al final de la función, García Ortiz se levanta, inclina la cabeza, recoge sus medallas y abandona el escenario entre aplausos discretos. Sánchez, desde el palco, sonríe satisfecho: el muñeco ha cumplido su papel. La Justicia vuelve a su cajón, la toga a su percha, la conciencia al silencio. Y el telón cae con un ruido de papeles, sellos y protocolos, como caen los telones en las comedias del poder, sin tragedia y sin vergüenza.

España, diría Valle-Inclán, es un guiñol donde los títeres se creen ministros y los ministros se comportan como titiriteros. En ese teatro grotesco, Álvaro García Ortiz ha logrado un mérito extraordinario: ser al mismo tiempo marioneta y símbolo. Un muñeco condecorado que habla en nombre de la ley mientras la parodia.

Un acusado tiene derecho a eludir las preguntas de las acusaciones particulares, pero rara vez se encuentra a la Fiscalía y la Abogacía del Estado dócilmente alineadas en su causa. Por esos mismos motivos resultó tan estrafalario el interrogatorio de Álvaro García Ortiz en la sede del Supremo. Fue una suerte de homenaje corporativo, una sesión amañada, una aberración procesal que permitió a 'Alvarone' convertir el cadalso en un columpio mientras la teniente fiscal a sus órdenes fingía ponerle en aprietos.

Fiscalía General del Estado
El redactor recomienda