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Franco murió, pero lo han resucitado Sánchez y Abascal
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Rubén Amón

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Franco murió, pero lo han resucitado Sánchez y Abascal

El fetichismo irresponsable del presidente del Gobierno y la España de orden que reclama el líder de Vox instrumentalizan una reanimación política que despierta la curiosidad... de los jóvenes

Foto: Entierro en el Valle de los Caídos del dictador Francisco Franco. (Europa Press/Archivo)
Entierro en el Valle de los Caídos del dictador Francisco Franco. (Europa Press/Archivo)
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Cincuenta años después de la muerte de Franco, España, así, en abstracto, parece relacionarse con su figura entre la psicofonía, la frivolidad y la necrofilia. El dictador pertenece sin remedio a la historia, pero su sombra continúa funcionando como un prisma a través del cual parte del país interpreta sus desconciertos presentes.

Esa persistencia explica una inquietud que ya no puede ignorarse: una generación que jamás lo conoció empieza a mirar con simpatía la idea abstracta del poder fuerte. No es un retorno del franquismo, sino un síntoma del tiempo. El 17% de los jóvenes afirma que preferiría un dictador, y entre los jóvenes que votan a Vox el porcentaje asciende al 30%. No es Franco quien regresa; es la tentación del orden, el exorcismo de las frustraciones.

El clima emocional ha convertido al dictador en un instrumento político disponible para todos. Pedro Sánchez lo invoca con un fetichismo moralizante que funciona como armazón simbólico de buena parte de su discurso. Franco aparece en sus intervenciones como advertencia, como recordatorio, como catalizador identitario. El Gobierno lo utiliza no para exhumar el pasado, sino para explicar el presente, como si el país necesitara contemplar al dictador para comprender su propia evolución democrática. La apelación es deliberada, casi ritual: el franquismo como contraluz necesario para legitimar la agenda y prevenirnos del PP y de la ultraderecha.

Santiago Abascal, en cambio, transita otro tipo de proximidad. No reivindica a Franco (no podría), pero tampoco consigue condenarlo con la limpieza que la democracia exige. Sus alusiones llegan siempre envueltas en cautelas, nostalgias implícitas, perífrasis que evitan pronunciar un rechazo nítido. La distancia que expresa es formal; la que evita expresar es emocional. Esa ambigüedad no lo acerca al franquismo histórico, pero sí a un imaginario que se alimenta de conceptos que el dictador convirtió en dogma: verticalidad, orden, homogeneidad patriótica, nacionalcatolicismo, folclore patriotero, una España grande y libre.

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La instrumentalización bipolar —el fetichismo progresista y la nostalgia pudorosa— ha transformado a Franco en un comodín político. Durante la Transición se optó por una distancia profiláctica: no convertir al dictador en mito ni en demonio, sino en pasado. España avanzó gracias a la aleación del pragmatismo y de la urgencia, no de devociones. La historiografía posterior lo analizó con precisión y sin sentimentalismo. Sin embargo, ya en el siglo XXI, su figura ha sido reciclada como un instrumento para agitar, advertir, caricaturizar o insuflar identidad.

Y buena parte del debate público emplea el franquismo como un atajo verbal. La frase "Con Franco esto no pasaba" surge en conversaciones completamente ajenas al legado del régimen: vivienda, impuestos, movilidad, cuestiones autonómicas, angustias migratorias, desarrollismo. Esa facilidad revela una relación mal resuelta con el pasado. No pasaba; pasaban cosas peores. Pero el dictador funciona como referencia para simplificar lo que hoy resulta complejo, como si invocarlo permitiera evitar explicaciones más serias.

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La España que lo despidió en noviembre de 1975 vivió aquellos días con solemnidad y un desconcierto absoluto sobre el porvenir. Las colas interminables ante el féretro, los gestos rígidos del Gobierno, el país entero a la espera de un cambio cuya magnitud desconocía: la escena contrasta con la banalidad con la que medio siglo después se utiliza su figura. La Transición no fue milagro, pero sí un ejercicio admirable de renuncia mutua. Y en su rapidez quedó un vacío: una página pasada deprisa siempre queda disponible para quien quiera reabrirla, especialmente entre quienes no lo vivieron.

Hoy, esa relectura interesada convive con un fenómeno europeo: la búsqueda de autoridad, la añoranza de certezas, la desconfianza hacia unas instituciones que no logran dar respuestas a un tiempo convulso. En España, la tendencia encuentra un resorte emocional particular: un pasado autoritario cuya presencia simbólica no se ha disuelto del todo. No es que se añore el franquismo; es que una parte de la sociedad empieza a ver en la autoridad una solución estética a un malestar político que no acaba de formular.

Para algunos, Franco encarna la idea romántica del orden; para otros, la oscuridad de la represión; para muchos jóvenes, un personaje remoto, casi irreal. Pero incluso esa lejanía no impide que su figura opere como un espejo. Lo que se proyecta en él no es su régimen, sino la incertidumbre contemporánea: un deseo de liderazgo firme, de identidades simples, de soluciones contundentes. Es ahí donde el cincuentenario adquiere sentido: no remite al pasado, sino al presente que lo convoca.

Para algunos, Franco encarna la idea romántica del orden; para otros, la oscuridad de la represión; para jóvenes, un personaje remoto

El verdadero legado del franquismo no reside ya en monumentos retirados ni en mausoleos vacíos, sino en la dificultad española para hablar del pasado sin dramatismo y del presente sin superstición. Reconocer que hubo víctimas, verdugos y supervivientes. Reconocer que la democracia es una práctica frágil que se sostiene con pedagogía, no con invocaciones rituales ni nostalgias encubiertas.

Cincuenta años después, el dictador debería ser únicamente un capítulo de la historia. Pero mientras algunos lo utilicen para reforzar su relato y otros para halagar a su electorado, su sombra seguirá apareciendo donde no corresponde. No porque perviva, sino porque no terminamos de dejar de utilizarlo.

Acaso dentro de otros cincuenta años, España hable de él con distancia verdadera: no para justificarse, no para advertirse, sino para recordar que ninguna democracia madura mientras sigue discutiendo con un muerto.

Cincuenta años después de la muerte de Franco, España, así, en abstracto, parece relacionarse con su figura entre la psicofonía, la frivolidad y la necrofilia. El dictador pertenece sin remedio a la historia, pero su sombra continúa funcionando como un prisma a través del cual parte del país interpreta sus desconciertos presentes.

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