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Sánchez es un ilustre ignorante (y nosotros, idiotas)
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Sánchez es un ilustre ignorante (y nosotros, idiotas)

Resulta no solo impensable sino ridículo que un líder obsesionado por la información y provisto de todos los medios para detectar anomalías pretenda exonerarse de su relación orgánica con los compadres del Peugeot

Foto: Sánchez asiste a la presentación de 'Anatomía de un instante'. (Europa Press)
Sánchez asiste a la presentación de 'Anatomía de un instante'. (Europa Press)
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La condición de "Ilustre ignorante" no describe una inocencia beatífica de Pedro Sánchez, sino una forma superior de responsabilidad. Porque la ignorancia del poder, lejos de absolverlo, lo incrimina. Y porque no hay nada más comprometedor para un presidente del Gobierno que presumir de no haberse enterado de lo que hacían, deshacían o traficaban sus lugartenientes de confianza. De ahí la incomodidad que produce el empeño de Pedro Sánchez por declararse ajeno a las costumbres turbias de Ábalos, de Cerdán, de Koldo y de todos los intermedios de un ecosistema donde los favores son fungibles, las comisiones oscilan y la lealtad se mide en porcentajes. A Sánchez le obsesiona la información. Para controlarla, para manipularla. Nadie como él dispone de mayores recursos para investigar y detectar perturbaciones. Y nadie sino él ha manejado las cloacas del Estado para sabotear a los enemigos políticos, como se desprende del escándalo del fiscal general.

¿Hemos de creernos entonces que sus compadres del Peugeot prosperaron a sus espaldas? ¿Sabían más de Cerdán las cajeras de El Corte Inglés que los funcionarios del CNI? ¿Tan obsesionado está Sánchez por la oposición, los jueces y la prensa que subestimó las fechorías de sus compadres y desoyó a las ranas croar en el estanque (evocando los batracios de Esperanza Aguirre)?

Las preguntas sobrentienden no ya un ejercicio de credulidad al que se han adherido con poesía alejandrina los rapsodas del régimen, sino una declaración de estulticia bilateral, de acuerdo con el cual, el presidente no se entera de nada y los ciudadanos somos idiotas.

Se diría que el presidente reivindica un privilegio medieval: el del soberano "no responsable". Como los reyes franceses de la Edad Media, que ubicaban su hegemonía por encima de la ley y de la culpa, aunque sus consejeros se hundieran en el fango.

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Pedro Sánchez ha adoptado el mismo recurso litúrgico. Apela a la ignorancia para mantener la sacralidad del trono. Pero la ignorancia es un disfraz pobre cuando el monarca conoce cada grieta del palacio, cuando ha sido él mismo quien ha reclutado a sus cortesanos y cuando su autoridad se proclama ubicua, resolutiva, infalible en la gestión de los expedientes políticos.

El sanchismo ha terminado evocando, por exceso de suspicacias, la fábula que Plutarco atribuye a Tiberio. El emperador se indignaba ante los abusos de Sejano, su prefecto del pretorio, como si la corrupción hubiera germinado sin que él lo notara. La Roma de entonces sabía lo que sabe la España de ahora: que solo la complicidad, o la conveniencia, explica la negligencia contumaz del que gobierna. "Yo no sabía nada" era la coartada de Tiberio para mantenerse en la isla de Capri, lejos de la podredumbre que él mismo había tolerado. El desconocimiento no lo colocaba a salvo. Lo condenaba por omisión.

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Sánchez ha heredado esa máscara. No la del tirano clásico, sino la del estratega que interpreta la ignorancia como virtud. Porque su carrera política se ha construido en la ubicuidad. Incluso en el narcisismo. Nada escapaba a su radar cuando se trataba de conservar el liderazgo interno, de purgar disidencias, de reconstruir un partido a imagen y semejanza de su ambición. Insistimos: ¿Cómo podría entonces sostenerse que la red de corruptelas que se tejía en torno a su núcleo duro se fraguó en la clandestinidad, sin que el líder se percatara?

Resulta difícil aceptar la teoría de la sorpresa. Más todavía la teoría de la candidez. Si algo ha demostrado Sánchez es una astucia obstinada, una capacidad de supervivencia excepcional y un olfato extraordinario para detectar amenazas, conjuras y deslealtades. El presidente que percibe la sombra de un rival a la distancia de un suspiro, el dirigente que controla los tiempos con la precisión de un relojero suizo, el político que mide cada paso para evitar un traspié, ¿iba a ser precisamente él quien ignorara el fango que se acumulaba bajo sus propias alfombras?

Los precedentes históricos invalidan esa ficción. Ni Felipe II pudo alegar ignorancia ante los excesos de su secretario Antonio Pérez. Ni Carlos III pudo fingir sorpresa ante la corrupción que emanaba de su propia corte, como advertían los memoriales que llegaban a la Secretaría de Estado. La historia europea está plagada de ministros caídos, de favoritos defenestrados, de válidos sacrificados con el propósito de salvar al soberano. Pero incluso esas decapitaciones ceremoniales reconocen implícitamente un principio: el poder nunca es inocente de lo que sucede a dos metros de su escritorio.

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Sánchez no ha llegado aún a la fase sacrificial. No ha arrojado a nadie por la borda con la convicción de un monarca absoluto. Más bien ha intentado presentar la corrupción de los suyos como un fenómeno espontáneo, un brote epidémico, un accidente químico. Es una maniobra de prestidigitación: convertir la responsabilidad política en un espejismo y la ignorancia voluntaria en una virtud moral.

La ignorancia no puede ser un salvoconducto en una democracia madura. Y mucho menos cuando se trata de un presidente que reivindica su capacidad analítica con tono profesoral. Sánchez se ha definido siempre como un dirigente informado, atento, exhaustivo. Ha presumido de conocer cada dosier, cada cifra, cada variable. Ha convertido su despacho en un centro de operaciones donde nada queda al azar. Por eso su apelación actual a la ignorancia no solo chirría. Es ridícula. Exige creer que quien ve y escucha más que nadie, quien maneja la información más sensible del Estado, era incapaz de detectar el hedor que exhalaban sus propios colaboradores.

El ilustre ignorante no es, por tanto, un inocente. Es un responsable que ha decidido confundir la sombra con la luz. Un presidente que prefiere presentar la corrupción como una anomalía ajena que como una consecuencia propia. Y un dirigente que, al reivindicar la ignorancia, no se exonera. Se delata. Porque nada compromete tanto al poder como aquello que pretende no ver. Porque ninguna culpabilidad es más elocuente que la que se esconde detrás de la máscara del que dice, sin rubor, que no sabía nada.

La condición de "Ilustre ignorante" no describe una inocencia beatífica de Pedro Sánchez, sino una forma superior de responsabilidad. Porque la ignorancia del poder, lejos de absolverlo, lo incrimina. Y porque no hay nada más comprometedor para un presidente del Gobierno que presumir de no haberse enterado de lo que hacían, deshacían o traficaban sus lugartenientes de confianza. De ahí la incomodidad que produce el empeño de Pedro Sánchez por declararse ajeno a las costumbres turbias de Ábalos, de Cerdán, de Koldo y de todos los intermedios de un ecosistema donde los favores son fungibles, las comisiones oscilan y la lealtad se mide en porcentajes. A Sánchez le obsesiona la información. Para controlarla, para manipularla. Nadie como él dispone de mayores recursos para investigar y detectar perturbaciones. Y nadie sino él ha manejado las cloacas del Estado para sabotear a los enemigos políticos, como se desprende del escándalo del fiscal general.

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