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El efecto Peramato: ¿se ha caído Sánchez del caballo?
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Rubén Amón

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El efecto Peramato: ¿se ha caído Sánchez del caballo?

La decisión responsable que caracteriza el nombramiento de la nueva fiscal general permite fantasear con el cambio de rumbo de una legislatura virtuosa y ejemplar, como si el presidente aceptara todos sus errores

Foto: La fiscal Teresa Peramato. (Europa Press/Archivo/Gustavo Valiente)
La fiscal Teresa Peramato. (Europa Press/Archivo/Gustavo Valiente)
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La designación de Teresa Peramato como fiscal general del Estado ha generado una extraña sensación de desconcierto, como si el Gobierno hubiese accionado accidentalmente un mecanismo de cordura y de responsabilidad ajeno a su naturaleza depredadora. Peramato no encaja en la estética habitual del sanchismo: ni es militante, ni es dócil, ni es moldeable. Y precisamente por eso su llegada caracteriza una tentación narrativa: pensar qué ocurriría si Sánchez asumiera una línea de política ejemplar, no por convicción, sino por inercia y por conciencia de las fechorías cometidas.

El efecto Peramato adquiere así la sintomatología de una caída del caballo. Pongamos que Sánchez observa la luz. Que abjura de sus pecados. Y que emprende el camino de la pureza y de la catarsis, como ya hiciera San Agustín. Capitula de sus errores. Reconoce su complicidad implícita en los escándalos de la cuadrilla del Peugeot. Emprende un itinerario de responsabilidad institucional. Y rompe con el espejo de Narciso, hasta el extremo de reconocerse artífice de una degradación política que urge remediar.

A partir del caso Peramato y de las resonancias medicinales del apellido, la mente empieza a fabular sin esfuerzo. Uno imagina al presidente entrando en el despacho al día siguiente, revisando el parte de la mañana y deteniéndose en un nombre que lleva años orbitando alrededor del poder español como un satélite inagotable: Puigdemont. Y se permite la escena, no épica ni teatral, sino pragmática: la Policía belga llama, informa, entrega, despacha, y el expresident es devuelto a España sin necesidad de solemnidades.

Sánchez asiente, recoge el informe, y sigue con su jornada. Nada de dramatismos. Nada de cuentos. Solo un expediente cerrado sin aplauso, como debería haberse cerrado hace tiempo. Esa clase de fantasía es más natural cuando el punto de partida es Peramato, porque la Fiscalía, por una vez, no parece un instrumento accesorio.

Foto: cgpj-aprueba-unanime-peramato-fiscal-general

De ahí, la imaginación avanza sola hacia otro territorio igualmente espinoso. Resulta inesperadamente fácil imaginar a Sánchez reconociendo, sin giros, que el pacto simbólico y político más caro de su mandato ha sido la compañía de Bildu. Y sobreviene no una ruptura escénica, ni un ajuste moral repentino, sino algo más sencillo: la decisión de prescindir de una geometría parlamentaria que ha desgastado más de lo que ha sostenido. Como si después de Peramato hubiese entendido que hay cargas políticas que no se amortizan nunca, por muchas justificaciones que se ensayen. La escena no necesita solemnidad: un comentario al equipo, una instrucción discreta, un cambio de rumbo sin proclamas. En la ficción, basta con eso. Otegi es un compañero inadmisible.

Peramato también permite fantasear con la caída del artificio demoscópico que ha acompañado al Gobierno como si fuera un ministerio extraoficial. No hace falta imaginar un linchamiento ni un giro épico: basta con que una mañana Sánchez hojee el último barómetro y concluya, quizá por cansancio, que Tezanos ya no es necesario. Que el CIS sobrevivirá perfectamente sin profecías infladas y que la realidad, por molesta que sea, se ajusta mejor a los intereses del país que un optimismo milimétricamente programado. El presidente firma el relevo, lo archiva sin ceremonias y se marcha a otra reunión. La fantasía no exige más.

Del mismo modo, la imaginación permite reconstruir RTVE sin convertirla en un campo de batalla. No una refundación, ni una purga, ni un giro de 180 grados. Algo más tranquilo: la evidencia de que la televisión pública ha perdido la autoridad que la justificaba y de que, a estas alturas, recuperarla exige un desapego que la política no suele permitirse. Y en esta ficción, Sánchez decide no intervenir más. Ni un dedo encima. Ni una llamada. Ni un susurro. Simplemente, dejar que la redacción vuelva a hacer su trabajo, para bien o para mal. La neutralidad nace, no de un empeño ético, sino de una renuncia calculada.

Puestos a imaginar, imaginamos a Sánchez estrechando la mano de Feijóo, explorando los espacios de consenso. Deshace el muro que había construido. Acepta la soledad parlamentaria. Y rompe las cadenas con los fariseos del nacionalismo. Una epifanía.

Todo desemboca, casi sin querer, en la idea más improbable de todas: que Sánchez decida convocar elecciones sin dramatizar la decisión. Sin convertirla en sacrificio, sin envolverla en épica, sin presentarla como una batalla moral contra las sombras del fascismo. Una convocatoria sobria, casi administrativa, como quien reconoce que la legislatura se ha convertido en una acumulación de tensiones sin salida clara. En la ficción, lo dice con naturalidad, y esa naturalidad basta para que el país respire un día entero sin sobresaltos. Y al final, como cierre privado, aparece una última imagen: Sánchez ante el espejo que durante años ha sostenido su relación con el poder. No lo contempla, no lo acaricia, no lo interroga. Solo lo deja caer. Un golpe seco, sin alegoría, sin voluntad de trascendencia. Un presidente sin su reflejo es, en sí mismo, un personaje nuevo, aunque solo exista en la página. Nada de esto ha ocurrido. Nada ocurrirá. El único hecho es Peramato. Pero a partir de ese hecho, por primera vez en mucho tiempo, la imaginación política fluye sin tropezar. Y eso, en el sanchismo, ya es casi una revolución.

La designación de Teresa Peramato como fiscal general del Estado ha generado una extraña sensación de desconcierto, como si el Gobierno hubiese accionado accidentalmente un mecanismo de cordura y de responsabilidad ajeno a su naturaleza depredadora. Peramato no encaja en la estética habitual del sanchismo: ni es militante, ni es dócil, ni es moldeable. Y precisamente por eso su llegada caracteriza una tentación narrativa: pensar qué ocurriría si Sánchez asumiera una línea de política ejemplar, no por convicción, sino por inercia y por conciencia de las fechorías cometidas.

Fiscalía General del Estado Pedro Sánchez
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