El presidente del Gobierno está inmovilizado por los socios, vigilado por los juzgados, cercado por la procesión penitenciaria del sanchismo y amenazado por la memoria de Cerdán, Ábalos y Koldo
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Fernando Villar)
Pedro Sánchez no necesita una pulsera telemática para cumplir condena. Ya vive en una prisión preventiva con vistas a la fuente de Guiomar, una especie de arresto domiciliario en diferido donde el reo se confunde con el inquilino y donde la vigilancia no la ejercen los jueces, sino los socios, los cómplices y los fantasmas que deambulan por los pasillos. La Moncloa, que en otros tiempos sugería la imagen del poder, hoy funciona como un centro penitenciario de lujo: todo está cuidado, todo reluce, pero nada se mueve. El presidente ha quedado inmovilizado, no por grilletes visibles, sino por una maraña de dependencias, lealtades forzosas y sospechas que lo paralizan con la eficacia de un cepo.
Presidiario sin celda, reo sin sentencia, cautivo sin barrotes. Y, sin embargo, pocas veces un presidente ha sido tan prisionero de su propio ecosistema. Porque la ironía resulta indisimulable: tres de sus costaleros han probado ya la humedad del calabozo. Cerdán, Koldo y Ábalos, que desfilaron como guardianes del sanchismo, han terminado compartiendo destino en el oprobio de la cárcel. Tres soportes, tres columnas del régimen político y sentimental del presidente, derrumbadas entre acusaciones, comisiones, sobres y aquel aroma de corruptelas que impregna hasta los trajes. Sánchez asiste noqueado a la procesión penitenciaria de la cuadrilla, mientras él mismo se pasea por los jardines monclovenses como un recluso en salida terapéutica, consciente de que la libertad que exhibe es más aparente que real.
La prisión verdadera está en la parálisis. No legisla porque no puede, no propone porque no le dejan, no reforma porque los socios han convertido cada iniciativa en un chantaje. El Parlamento no es una cámara, sino una torre de vigilancia; los soberanistas no son aliados, sino carceleros de confianza, inflexibles en la custodia del interno principal. Cada votación se negocia como un permiso penitenciario; cada decreto se firma con el temblor de quien sabe que cualquier gesto puede colapsar la estructura de su supervivencia.
La legislatura se ha convertido en un régimen abierto donde el recluso está autorizado a trabajar, a simular normalidad, a comparecer en Europa y a inaugurar exposiciones. Pero regresa siempre al centro de internamiento que ya ha hecho suyo: una Moncloa que vigila sin descanso, que registra sus movimientos, que le recuerda en cada esquina la fragilidad de su situación.
Y si la parálisis legislativa fuera poco, el presidente convive con una amenaza que no proviene de la oposición ni de los jueces, sino de la sala de al lado: lo que puedan cantar sus camaradas enchironados. Se entiende que la música sea inquietante. Los coros penitenciarios suelen afinar cuando se avecina el juicio, y no hay nada más turbador para PS que escuchar el eco de la traición en las celdas de sus fieles. El silencio tiene precio, y la confesión también. Y Sánchezvive pendiente del repertorio, temeroso de que alguno de sus viejos cooperantes decida aflojar el verbo para salvar el pellejo.
Todo esto lo sobrelleva mientras la sombra familiar se alarga. Porque a la prisión política se añade el tormento doméstico: un hermano imputado, una esposa investigada, la sensación de que el linaje cercano complica cualquier intento de levantar la voz o proyectar autoridad. La familia, que debería servirle de refugio, se convierte en un recordatorio de la ubicuidad del frente judicial, incluso en la agenda más íntima. No es un presidente, es un interno multitarea. Un apestado institucional que debe simular firmeza mientras calcula la presión mediática, las filtraciones de los juzgados y el comportamiento errático de sus aliados.
Resulta casi enternecedor que la propaganda de RTVE pretenda disimular este colapso. La televisión pública funciona como el coro del teatro clásico: introduce solemnidad cuando conviene, apacigua cuando hay tumulto, adorna al protagonista con la épica de la resistencia y convierte el Ventorro en la némesis del sanchismo.
Resulta muy difícil encapsular la evidencia. No es un presidente firme, sino un interno privilegiado. No gobierna, sobrevive. No dirige, reacciona. Y cada aparición pública parece un paseíllo supervisado, como esos momentos en que al preso se le permite tomar el aire mientras el guarda observa desde la garita con los brazos cruzados.
Lo inconcebible es que Sánchez mantenga esta ficción de libertad mientras tres de sus pilares han pasado por prisión y mientras la estructura del poder se desmorona a cámara lenta. Algunos líderes gobernaron en circunstancias adversas, otros lo hicieron rodeados de enemigos, incluso los hubo perseguidos por la justicia. Pero ninguno ha sido rehén de tantos frentes internos, ni ha tenido que ejercer el liderazgo con la docilidad de quien sabe que cualquier paso en falso puede activar un nuevo chantaje. Sánchez no es el presidente de un país, es el reo en jefe de un penal simbólico donde las decisiones se pactan con los capataces y donde la autoridad depende de que no salte la chispa del próximo escándalo.
De modo que sí, Sánchez pasea libre. Le da el sol, celebra actos, declara en las cumbres. Pero es una libertad condicional disfrazada de gobierno. Una presidencia que se sostiene con el precario equilibrio del reo que conoce el reglamento y que evita cualquier movimiento brusco para no agravar su expediente. Presidente y preso a la vez. Presodente, si se acepta el neologismo.
Pedro Sánchez no necesita una pulsera telemática para cumplir condena. Ya vive en una prisión preventiva con vistas a la fuente de Guiomar, una especie de arresto domiciliario en diferido donde el reo se confunde con el inquilino y donde la vigilancia no la ejercen los jueces, sino los socios, los cómplices y los fantasmas que deambulan por los pasillos. La Moncloa, que en otros tiempos sugería la imagen del poder, hoy funciona como un centro penitenciario de lujo: todo está cuidado, todo reluce, pero nada se mueve. El presidente ha quedado inmovilizado, no por grilletes visibles, sino por una maraña de dependencias, lealtades forzosas y sospechas que lo paralizan con la eficacia de un cepo.