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Un paréntesis: por qué Sánchez tiene que marcharse
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Rubén Amón

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Un paréntesis: por qué Sánchez tiene que marcharse

La situación del presidente, más que insostenible, es inaceptable y conlleva un deterioro que solo puede encubrirse desde el fanatismo

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a la puerta de Moncloa. (Reuters/Santos Moura)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a la puerta de Moncloa. (Reuters/Santos Moura)
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Pedro Sánchez (cabeza de la sucesión inacabable de episodios que ya no caben en el mero anecdotario político sino que componen un inventario de desgaste institucional, la imputación de su esposa convertida en tabú gubernamental mientras se predica regeneración y ejemplaridad, el señalamiento judicial de su hermano atrapado en un laberinto administrativo incompatible con cualquier discurso de higiene pública, el bochorno de un fiscal general desautorizado por los tribunales y sostenido contra toda lógica por un Gobierno que lo necesita sumiso, la amnistía diseñada a la carta para garantizar una investidura imposible y revestida de pacificación histórica cuando no es más que la factura explícita de la dependencia parlamentaria, la cesión permanente ante el chantaje de los nacionalismos elevados a socios imprescindibles, la subordinación del interés general a la geometría variable de partidos cuya agenda es abiertamente disolvente, la degradante escena de las reuniones de Ginebra convertidas en diplomacia paralela al margen del Parlamento, con mediadores extranjeros impropios erigidos en árbitros de la soberanía nacional, el traslado del debate público a mesas discretas donde se negocia la continuidad del poder como si fuera una concesión privada, la manipulación sistemática de RTVE degradada a boletín gubernamental bajo la coartada de una pluralidad cosmetizada, la colonización de informativos y tertulias por una línea editorial obediente, la marginación deliberada del Parlamento reducido a cámara de eco del narcisismo, la sustitución de la deliberación democrática por sesiones performativas pensadas para titulares prefabricados, la ocupación partidista de instituciones llamadas a ser neutrales, desde el Tribunal Constitucional hasta el CIS, desde la Fiscalía General hasta los órganos reguladores convertidos en extensiones administrativas de la Moncloa, la conversión del Estado en botín de supervivencia política, el vaciamiento sistemático de los controles y contrapesos, la confusión interesada entre mayoría coyuntural y legitimidad estructural, el desfile de escándalos que nunca se resuelven sino que se pisan unos a otros, Ábalos elevado a ministro imprescindible y luego arrojado a la cuneta de la corrupción, su ministerio convertido en peaje opaco de comisionistas, la trama grotesca de Koldo, chófer, confidente y recaudador, que desvela el costumbrismo cutre del poder, la figura de Cerdán como muñidor de pactos y repartidor de silencios, subiendo y cayendo por la misma escalera de favores, los tres costaleros del sanchismo compareciendo ante juzgados o tribunales mientras el presidente convierte su propia supervivencia en alegato moral, la dependencia asfixiante de socios que socavan la dignidad del país mientras se les concede la llave de la legislatura, las concesiones lingüísticas, territoriales y penales cerradas en despachos opacos, la normalización de la excepcionalidad jurídica, la erosión del crédito internacional mediante una diplomacia subordinada a la agenda doméstica, la utilización de la memoria democrática como coartada emocional para operaciones de pura aritmética parlamentaria, la tergiversación del pasado reciente a cambio de la gloria de Bildu, la instrumentalización de la Justicia como campo de batalla partidista, la conversión del adversario en enemigo moral, la polarización alentada como método de cohesión interna, el recurso constante a la ultraderecha como espantajo retórico, comodín emocional y coartada de supervivencia, la invocación permanente del miedo como sustituto de proyecto político, la caricaturización del disenso democrático como amenaza fascista para blindar cualquier concesión propia, la hipertrofia del relato frente a la atrofia del Estado, la fantasía de una economía que ha descoyuntado la brecha social, la crisis de vivienda, el precio de la compra, la precariedad de los jóvenes, la indiferencia ya apenas disimulada hacia el deterioro de la cultura constitucional, la fatiga ciudadana como consecuencia inevitable de una gobernación orientada no a transformar el país sino a ganar tiempo, la obstinación en confundir la resistencia personal con la estabilidad de España, el recurso permanente a la épica del aguante como único programa reconocible, la negativa a asumir el coste político de una sola dimisión relevante, la convicción de que todo es soportable mientras el presidente continúe, el país reducido a decorado de una serie interminable en la que cambian los secundarios pero nunca el protagonista, el sanchismo como proyecto sin horizonte ni herencia, reducido a la pura continuidad biográfica de su líder) tiene que dimitir.

Pedro Sánchez (cabeza de la sucesión inacabable de episodios que ya no caben en el mero anecdotario político sino que componen un inventario de desgaste institucional, la imputación de su esposa convertida en tabú gubernamental mientras se predica regeneración y ejemplaridad, el señalamiento judicial de su hermano atrapado en un laberinto administrativo incompatible con cualquier discurso de higiene pública, el bochorno de un fiscal general desautorizado por los tribunales y sostenido contra toda lógica por un Gobierno que lo necesita sumiso, la amnistía diseñada a la carta para garantizar una investidura imposible y revestida de pacificación histórica cuando no es más que la factura explícita de la dependencia parlamentaria, la cesión permanente ante el chantaje de los nacionalismos elevados a socios imprescindibles, la subordinación del interés general a la geometría variable de partidos cuya agenda es abiertamente disolvente, la degradante escena de las reuniones de Ginebra convertidas en diplomacia paralela al margen del Parlamento, con mediadores extranjeros impropios erigidos en árbitros de la soberanía nacional, el traslado del debate público a mesas discretas donde se negocia la continuidad del poder como si fuera una concesión privada, la manipulación sistemática de RTVE degradada a boletín gubernamental bajo la coartada de una pluralidad cosmetizada, la colonización de informativos y tertulias por una línea editorial obediente, la marginación deliberada del Parlamento reducido a cámara de eco del narcisismo, la sustitución de la deliberación democrática por sesiones performativas pensadas para titulares prefabricados, la ocupación partidista de instituciones llamadas a ser neutrales, desde el Tribunal Constitucional hasta el CIS, desde la Fiscalía General hasta los órganos reguladores convertidos en extensiones administrativas de la Moncloa, la conversión del Estado en botín de supervivencia política, el vaciamiento sistemático de los controles y contrapesos, la confusión interesada entre mayoría coyuntural y legitimidad estructural, el desfile de escándalos que nunca se resuelven sino que se pisan unos a otros, Ábalos elevado a ministro imprescindible y luego arrojado a la cuneta de la corrupción, su ministerio convertido en peaje opaco de comisionistas, la trama grotesca de Koldo, chófer, confidente y recaudador, que desvela el costumbrismo cutre del poder, la figura de Cerdán como muñidor de pactos y repartidor de silencios, subiendo y cayendo por la misma escalera de favores, los tres costaleros del sanchismo compareciendo ante juzgados o tribunales mientras el presidente convierte su propia supervivencia en alegato moral, la dependencia asfixiante de socios que socavan la dignidad del país mientras se les concede la llave de la legislatura, las concesiones lingüísticas, territoriales y penales cerradas en despachos opacos, la normalización de la excepcionalidad jurídica, la erosión del crédito internacional mediante una diplomacia subordinada a la agenda doméstica, la utilización de la memoria democrática como coartada emocional para operaciones de pura aritmética parlamentaria, la tergiversación del pasado reciente a cambio de la gloria de Bildu, la instrumentalización de la Justicia como campo de batalla partidista, la conversión del adversario en enemigo moral, la polarización alentada como método de cohesión interna, el recurso constante a la ultraderecha como espantajo retórico, comodín emocional y coartada de supervivencia, la invocación permanente del miedo como sustituto de proyecto político, la caricaturización del disenso democrático como amenaza fascista para blindar cualquier concesión propia, la hipertrofia del relato frente a la atrofia del Estado, la fantasía de una economía que ha descoyuntado la brecha social, la crisis de vivienda, el precio de la compra, la precariedad de los jóvenes, la indiferencia ya apenas disimulada hacia el deterioro de la cultura constitucional, la fatiga ciudadana como consecuencia inevitable de una gobernación orientada no a transformar el país sino a ganar tiempo, la obstinación en confundir la resistencia personal con la estabilidad de España, el recurso permanente a la épica del aguante como único programa reconocible, la negativa a asumir el coste político de una sola dimisión relevante, la convicción de que todo es soportable mientras el presidente continúe, el país reducido a decorado de una serie interminable en la que cambian los secundarios pero nunca el protagonista, el sanchismo como proyecto sin horizonte ni herencia, reducido a la pura continuidad biográfica de su líder) tiene que dimitir.

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