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Señor Puente, finja usted que es ministro
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Rubén Amón

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Señor Puente, finja usted que es ministro

La prensa tiene la obligación de fiscalizar al Gobierno, pero el titular de Transportes se convierte en 'hooligan' desaforado y en la prueba cotidiana del fanatismo señalando a periodistas y arrojando los 'trolls'

Foto: El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, en el Senado. (Europa Press/Ricardo Rubio)
El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, en el Senado. (Europa Press/Ricardo Rubio)
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Me dio por escribir el lunes que el sanchismo ha terminado organizado como una secta de fanáticos, y el ministro Puente ha intervenido para llamarme "faltón" y situarme en la "caterva patria del periodismo", dos brochazos gruesos lanzados desde la solemnidad de un cargo público hacia la intemperie del debate.

Divierte más que indigna imaginarse la escena: la columna del periodista circula por un despacho, algún asesor señala el párrafo con dedo profético, y el ministro se abalanza sobre Twitter como quien sale a apagar una hoguera con gasolina.

Porque lo relevante no consiste en qué leyó su excelencia, sino en lo que hizo con la lectura: dedicar tiempo institucional a vigilar la discrepancia, movilizar a su equipo para generar la purga. Cuando el poder siente la necesidad de inspeccionar la prensa, ya no gobierna; desconfía. No administra; se enoja. No manda; patrulla.

Y conviene recordarlo: un ministerio no equivale a un altavoz personal de frustraciones ni a una tribuna para ajusticiar al discrepante. El Gobierno pertenece al conjunto de los ciudadanos, también a quienes no lo votaron, también a quienes lo impugnan, también a quienes le escriben columnas desagradables.

El cargo exige contención, no catarata emocional. Decoro, no exhibicionismo. Distancia, no exabrupto. Un ministro no tuitea como activista de barricada sin degradar al mismo tiempo la dignidad de aquello que representa y que nos representa.

Sobre todo cuando el insulto ha pasado de accidente a costumbre. Puente despliega el repertorio del improperio con alegre profesionalidad (basura, fascistas, mercenarios, retrasados mentales) y, acto seguido, reserva para sí la exclusiva moral de decidir quién incurre en "faltas de respeto". Insultar desde arriba otorga bula; responder desde abajo merece excomunión. El viejo privilegio del poderoso: repartir golpes mientras reclama urbanidad.

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Quizá por eso convenga casi agradecer el apelativo. Dentro del repertorio descalificador del despacho ministerial, "faltón" figura como una amabilidad. Ni bestia, ni basura, ni traidor. Apenas impertinente. Algo así como obtener la versión light del linchamiento oficial.

El asunto desborda la anécdota personal. La mutación del sanchismo revela una lógica conocida: cuanto mayor dosis de manipulación, mayor fervor en la militancia. Se desfiguró el relato; se compensó con mística. Se adulteraron los hechos; se blindó la fe. El fanático no nace de la convicción, sino del temor a que esta se tambalee. Por eso no discute: reacciona. No escucha: ataca. No dialoga: señala con dedo acusador.

Y el castigo ya no adopta la forma del debate, sino la del señalamiento digital. El ministro apunta; la turba ejecuta. Bots, perfiles anónimos, hooligans con bandera variable —la del sanchismo no difiere tanto de la de Vox o Podemos cuando ejercían el mismo oficio del linchamiento virtual— conforman la infantería indispensable del escarmiento. Misma estructura, distinto uniforme.

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Bajo ese ruido late una inversión de papeles inquietante. La prensa interroga al poder. No al revés. El periodista fiscaliza; el Gobierno responde. Cuando el Estado comienza a inspeccionar periodistas desde un púlpito oficial, la democracia se desliza hacia el esperpento. El vigilado se torna vigilante. El control se invierte. El reproche sustituye al argumento.

No sé si pertenecer a la "caterva patria del periodismo" acarrea obligación alguna. Pero convendrá admitir que algo funciona mal cuando un ministro considera ofensivo que se nombre lo evidente. Que la crítica irrite al poder no deslegitima al crítico; desnuda al poder. Y que un cargo público confunda Twitter con una taberna dice más sobre la descomposición de la política que sobre la supuesta "falta de respeto" de quien escribe.

Si incomodar desde una columna merece la réplica compulsiva de un ministro, acaso la auténtica insolencia no consista en escribir, sino en gobernar creyéndose inmune al escrutinio. Porque la democracia, a diferencia de las sectas, no se sostiene con obediencia, sino con palabra libre. Y esa, por fortuna, todavía no la administra ningún ministerio.

Me dio por escribir el lunes que el sanchismo ha terminado organizado como una secta de fanáticos, y el ministro Puente ha intervenido para llamarme "faltón" y situarme en la "caterva patria del periodismo", dos brochazos gruesos lanzados desde la solemnidad de un cargo público hacia la intemperie del debate.

Óscar Puente
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