La proliferación de escándalos de corrupción y la variante de los abusos de poder y sexuales nos remiten a una crisis estructural que conduce a la responsabilidad inequívoca de Sánchez
Pedro Sánchez comparece en el Senado. (Europa Press/Eduardo Parra)
Pedro Sánchez denunció la existencia de una "máquina del fango" activada desde la prensa para erosionar a su Gobierno. La expresión pretendía invertir la carga de la prueba: no habría corrupción, sino intoxicación; no hechos, sino relatos; no responsabilidades, sino ruido interesado. El problema es que la metáfora ha terminado por volverse contra quien la pronunció. Porque la máquina del fango no ha operado fuera del poder, sino dentro. Y porque no ha funcionado como un artefacto de descrédito, sino como un sistema de encubrimiento que, al saturarse, ha reventado.
Las cañerías han estallado. El fango ya no circula por conductos discretos ni se disimula con comunicados, cortafuegos o gestos tardíos. Ha emergido a la superficie con la violencia de lo que se pudre sin ventilación. Y el hedor, persistente, indisimulable, no procede de la crítica ajena, sino de la acumulación, de la congestión propias. No es la prensa la que sepulta al Gobierno y a Ferraz. Es la propia máquina monclovense, desbordada por su uso sistemático, la que ha terminado por enterrarlos.
De hecho, las tramas corruptas que zarandean al PSOE no forman una constelación azarosa. Dibujan un patrón reconocible: intermediarios que prosperan a la sombra del poder, comisionistas integrados en el paisaje político, asesores convertidos en gestores de influencia, estructuras públicas utilizadas como territorios de gestión opaca, ministros que despachan la basura desde la impunidad. No es necesario detenerse en el detalle de cada caso para advertir la regularidad. La frecuencia es el dato. La repetición, la prueba.
El PSOE ha llegado a ese punto. Cada nueva trama se afronta como una crisis comunicativa, no como un síntoma estructural. Se actúa tarde, cuando el daño resulta irreversible; se insiste en la excepcionalidad del implicado; se le retira el carné como si pretendiera cauterizar la gangrena; se evita cualquier reflexión sobre la cultura política que permite que esos comportamientos se repitan. El partido reacciona, pero no corrige. Apaga fuegos, pero no revisa el sistema eléctrico.
Semejante estrategia defensiva explica por qué la metáfora de la manzana podrida ha dejado de servir. No estamos ante un problema de selección de frutos, sino ante una enfermedad del organismo que remite a la complicidad del pantocrator Sánchez. Cuando los casos se suceden con esa cadencia, la corrupción no aparece entonces como una desviación moral, sino como una consecuencia funcional de una forma de ejercer el poder.
Resulta inevitable recordar "Bienvenido Mr. Chance", la novela de Jerzy Kosiński. Mr. Chance, que es jardinero, habla de árboles y estaciones con una inocencia radical. No interpreta, no decide, no interviene. Describe. Y el poder, encantado con esa literalidad, convierte su lenguaje botánico en una filosofía de gobierno, en una alegoría de la política. Si todo responde a ciclos naturales, nadie tiene que asumir responsabilidades. Basta esperar. El invierno pasa. La primavera llega.
El PSOE parece haberse instalado en esa misma fe vegetal. Cada escándalo se explica como una mala estación, cada trama como una helada tardía, cada crisis como un episodio transitorio. El tiempo lo arreglará. El ruido se disipará. La normalidad volverá sola. Es una manera cómoda de gobernar: sustituir la acción por la expectativa, la poda por la paciencia, la decisión por el calendario.
No, la política no es jardinería contemplativa. Un árbol enfermo no se cura observándolo. La savia tóxica no se limpia con comunicados ni con ceses tardíos. Al contrario: cuanto más se demora la intervención y se elude la responsabilidad, más profundo es el deterioro. Y cuando la corrupción se vuelve recurrente, el problema ético funciona como tapadera de un problema estructural al que Sánchez no puede sustraerse como si fuera un figurante.
La clave no reside en la gravedad de cada caso, sino en la naturalidad con la que se repiten. En la facilidad con la que determinados comportamientos encuentran cobijo, margen y tiempo. En la sensación de que el poder funciona como un ecosistema cerrado, donde la proximidad sustituye al mérito y la influencia al control. Cuando esa lógica se instala, la corrupción deja de escandalizar. Se integra. Se gestiona. Se administra, al menos hasta que el fango se desborda y anega al timonel.
Pedro Sánchez denunció la existencia de una "máquina del fango" activada desde la prensa para erosionar a su Gobierno. La expresión pretendía invertir la carga de la prueba: no habría corrupción, sino intoxicación; no hechos, sino relatos; no responsabilidades, sino ruido interesado. El problema es que la metáfora ha terminado por volverse contra quien la pronunció. Porque la máquina del fango no ha operado fuera del poder, sino dentro. Y porque no ha funcionado como un artefacto de descrédito, sino como un sistema de encubrimiento que, al saturarse, ha reventado.