Pedro Sánchez gobierna con los auriculares puestos. No para escuchar música, sino para cancelar el ruido de la calle, de los hechos, de una realidad que malogra el relato narcisista. Vive unplugged,desconectado de la corriente que debería alimentarlo. No hay cortocircuito. Hay aislamiento. Y una burbuja de sonido envolvente compuesta por encuestas a medida, editoriales complacientes (cada vez menos) y un coro de rapsodas institucionales que confunden la pedagogía con el masaje.
La escena no resulta nueva en la historia del poder. El gobernante que termina por escucharse solo. El político que interpreta el país como una extensión de su monólogo interior. Cada dato adverso se reescribe como ataque. Cada crítica se archiva como conspiración. Y el mundo exterior se convierte en una molestia secundaria.
Las encuestas manipuladas de Tezanos no describen el estado de ánimo del país: lo prescriben. Funcionan como literatura fantástica a medida del ególatra. No predicen, consuelan. Y a partir de ahí se articula el espejismo: la sensación de avance en medio del desgaste, la épica del aguante, la convicción de que resistir equivale a gobernar bien. Como si la política consistiera en sobrevivirse.
TVE completa el dispositivo de encubrimiento. No informa: acompaña. No interpela: arropa. Ha dejado de mirar para empezar a proteger. El pluralismo se sustituye por una estética de consenso obligatorio, donde la discrepancia aparece como anomalía moral. El poder no tolera ya el espejo. Prefiere el biombo. Y detrás del biombo, la voz amplificada del líder repitiéndose a sí mismo. Sánchez encuentra consuelo en las tertulias amañadas que lo glorifican.
Tiene razón María Dabán cuando evoca 'Good Bye, Lenin'. Los más allegados al espectro monclovense le reconstruyen la realidad para contribuir a la farsa. Y le ponen delante de los programas entusiastas de la cadena pública para garantizar el aislamiento. ¿Quién es el presidente más guapo del mundo?
Hay un eco de Stendhal, del Julien Sorel que asciende gracias a su intuición del clima político, pero acaba creyéndose más listo que la realidad. Sánchez ha confundido la habilidad táctica con una comprensión profunda del país. Gobernar se ha vuelto un ejercicio de supervivencia narrativa, una política que se desliza hacia la autosugestión y que precipita decisiones equivocadas. Empezando por los candidatos que se han elegido para la matanza de los candidatos autonómicos.
El deterioro no se presenta con estridencias. Avanza en silencio. Instituciones fatigadas. Mayorías inestables. Un lenguaje público degradado hasta la sospecha permanente. Nada colapsa del todo, pero todo pierde densidad. Como en La montaña mágica, el tiempo se estira y la enfermedad se normaliza. El sanatorio acaba pareciendo el mundo real. Y el mundo real, una exageración.
Sánchez se contempla como excepción histórica. Cree haber domado el caos. Se ve a sí mismo como el dique frente al abismo. Esa convicción explica su ceguera. No gobierna ya para una sociedad concreta, sino para una abstracción moral: "el progreso", "la resistencia", "la decencia". Palabras grandes que sirven para justificar cualquier maniobra pequeña. El poder se absolutizacuando deja de sentir pudor.
El gran fracaso no pertenece solo a Sánchez. Interpela a la política entera. Y a la sociedad que asiste, resignada o anestesiada, a la prolongación del espejismo. Que el umbral del 1 de enero se cruce sin una reflexión profunda habla de una democracia cansada. O acomodada. O ambas cosas a la vez. Ocho años no representan un escándalo por su duración, sino por su inercia. Ni la agonía ni la putrefacción contradicen la proeza que supone haber transitado desde 2018 a 2026. Sánchez va camino de morir en la cama.
Y mientras tanto, el presidente persevera en su soledad sonora. Convencido de sus proezas. Como el rey Lear, rodeado de aduladores, confundiendo fidelidad con halago, creyendo mandar cuando solo declama y actúa. Shakespeare entendió antes que nadie que el poder no cae por traición, sino por autoengaño.
La desconexión no se anuncia. Se manifiesta. En la forma de hablar. En la incapacidad de rectificar. En la certeza de estar siempre del lado correcto de la historia. Ese lugar cómodo donde ya no hace falta escuchar. Porque escuchar implica la posibilidad temible de cambiar. El resto no es el silencio. El resto es el bostezo.
Pedro Sánchez gobierna con los auriculares puestos. No para escuchar música, sino para cancelar el ruido de la calle, de los hechos, de una realidad que malogra el relato narcisista. Vive unplugged,desconectado de la corriente que debería alimentarlo. No hay cortocircuito. Hay aislamiento. Y una burbuja de sonido envolvente compuesta por encuestas a medida, editoriales complacientes (cada vez menos) y un coro de rapsodas institucionales que confunden la pedagogía con el masaje.