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Rubén Amón

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Sánchez ya es Napoleón en la campaña rusa

El líder socialista lidera la caravana del socialismo hacia la catástrofe electoral y total, cada vez más ciego, débil y depresivo

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Borja Puig De La Bellacasa)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Borja Puig De La Bellacasa)
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Después de la ruina de Extremadura, Pedro Sánchez ensaya el gesto del distraído. Como si el derrumbe no llevara su firma. Como si la tierra que se ha abierto bajo los pies del PSOE no coincidiera, precisamente, con el territorio más dócil al catecismo ideológico del socialismo. Extremadura no era el frente, sino la retaguardia. No un campo de batalla, sino el granero. Y perder ahí no anuncia la guerra, anuncia que la guerra va a afrontarse sin suministros.

La campaña rusa aún no ha comenzado, pero la parodia bonapartista se insinúa a la vera del Guadiana. Lo ocurrido en Extremadura funciona como el cruce del Niemen: el instante en que Napoleón abandona el terreno conocido, confiado en que la lógica de sus victorias anteriores bastará para imponerse. El emperador no ignoraba los riesgos; los consideraba irrelevantes. Sánchez tampoco desconoce el desgaste; lo interpreta como ruido. Y ese error de apreciación resulta fatal en la política y en la historia.

Napoleón entra en Rusia convencido de que la audacia suplirá cualquier carencia. Cree que el avance permanente neutraliza la resistencia. Que no hay problema que no se resuelva con más velocidad, más mando, más presencia del líder. Sánchez opera con la misma fe. El movimiento sustituye a la reflexión. La ofensiva a la corrección.

Aragón, Castilla y León se dibujan ahora como ese inmenso territorio sin referencias amables e inviernos implacables. No hay calor ideológico, ni memoria agradecida, ni fidelidad automática. Hay distancia. Hay escepticismo. Y hay un votante menos dispuesto a seguir a un general que ya no promete botín, sino sacrificio. En esos espacios, el sanchismo no se expande: se diluye.

Foto: granero-socialista-cae-extremadura-principio-fin-sanchismo Opinión

La tragedia de Rusia no residió en el enemigo, sino en su ausencia. Kutúzov no ofreció la batalla que Napoleón esperaba. Retrocedió. Vació pueblos. Incendió cosechas. Forzó al invasor a avanzar sin recompensa. Eso es lo que empieza a ocurrirle a Sánchez. No hay adversarios épicos. Hay electores que se apartan. Que no discuten. Que se van. El socialismo no pierde por asalto, sino por evaporación.

Extremadura no anticipa el invierno, pero demuestra que el abrigo ya no existe. Si ahí se quiebra el vínculo, ¿qué puede esperarse en territorios donde ese vínculo nunca fue sentimental, sino instrumental? La marcha hacia las autonómicas se produce con una estructura intacta, sí, pero con la moral dañada. Y en política, como en la guerra, la moral decide más que los números.

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Napoleón avanzó rodeado de aduladores y partes optimistas. El mando no admitía dudas. Las advertencias se confundían con traición. Sánchez ha construido un liderazgo similar: vertical, impermeable, convencido de que la disciplina sustituye al convencimiento. El problema llega cuando el silencio confunde la obediencia con la deserción. Nadie protesta. Simplemente, no está.

La campaña rusa fue una apuesta total. No había plan B. O se ganaba rápido, o se perdía todo. El sanchismo se aproxima a ese punto. Ha concentrado el proyecto, el partido y el destino en una sola figura. Y cuando la figura se desgasta, no queda relevo. No queda refugio. No queda invierno al que sobrevivir.

Las generales, si llegan tras esa travesía, no funcionarán como una batalla decisiva, sino como el paisaje helado que certifica el agotamiento. No habrá ira, sino cansancio. No castigo, sino abandono. El votante socialista no buscará un enemigo. Buscará una salida.

Napoleón regresó de Rusia con la corona aún en la cabeza, pero con el mito roto. El poder formal resistió unos meses. El simbólico, no. Sánchez corre el riesgo de protagonizar un final similar: conservar el mando mientras pierde el sentido. Avanzar cuando ya no hay nadie detrás.

La historia no siempre castiga la ambición. Castiga la ceguera. Y pocas cegueras resultan tan letales como confundir el movimiento con el progreso, el ruido con la fuerza, la marcha hacia delante con el camino correcto. Rusia no fue una derrota más. Fue el momento en que Napoleón dejó de ser invencible. El sanchismo se aproxima ahora a su propio Niemen. Y cruzarlo no garantiza la gloria. Garantiza la prueba definitiva.

El final del sanchismo amenaza con una paradoja cruel: cuanto más insiste el líder en encarnar el proyecto, más lo empequeñece. El PSOE no cae porque Sánchez se desgaste; se desgasta porque el partido quedó reducido a Sánchez. Y cuando el liderazgo se confunde con el destino, el fracaso adquiere dimensiones totales. No se pierde una elección. Se compromete una tradición política entera.

Después de la ruina de Extremadura, Pedro Sánchez ensaya el gesto del distraído. Como si el derrumbe no llevara su firma. Como si la tierra que se ha abierto bajo los pies del PSOE no coincidiera, precisamente, con el territorio más dócil al catecismo ideológico del socialismo. Extremadura no era el frente, sino la retaguardia. No un campo de batalla, sino el granero. Y perder ahí no anuncia la guerra, anuncia que la guerra va a afrontarse sin suministros.

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