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¿Todo vale para evitar la llegada de Feijóo y Abascal?
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Rubén Amón

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¿Todo vale para evitar la llegada de Feijóo y Abascal?

Agonizante, exhausto, el sanchismo aspira a sostenerse con un argumento tan desesperado y antidemocrático como el miedo a las urnas

Foto: Feijóo y Abascal en el Congreso de los Diputados. (EFE)
Feijóo y Abascal en el Congreso de los Diputados. (EFE)
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Defender el sanchismo porque es preferible a que lo que pueda venir ha adquirido rango de principio moral y de estrategia política. No programa, no balance, no rendición de cuentas: principio. El mal menor elevado a sistema de gobierno. El miedo convertido en argumento. La idea de que todo resulta tolerable si evita un relevo incómodo. Y así, en nombre de un mañana hipotético, se blinda un presente exhausto.

El relato dominante exige comprensión. Paciencia. "Altura de miras". La consigna se repite: lo importante consiste en frenar a Feijóo. O, con mayor dramatismo, en detener como sea a la ultraderecha. El miedo opera como argumento definitivo. No se evalúa la legislatura; se conjura el porvenir. No se discute la calidad del gobierno; se invoca el riesgo del relevo. El presente queda blindado por una amenaza futura convenientemente amplificada.

Ese mecanismo suspende la democracia sin declararlo. Las reglas siguen ahí, invocadas con cautela. La alternancia pasa a interpretarse como peligro. Las urnas adoptan apariencia de amenaza. La crítica se desactiva con una pregunta que no admite réplica: ¿prefiere usted que gobiernen los otros? La política convertida en secuestro con opción única.

La relación con Bildu se asimila como normalidad institucional. La presión sobre el poder judicial se presenta como regeneración democrática. La descalificación de la prensa incómoda adopta el lenguaje de la lucha contra los bulos. La colonización institucional se disfraza de eficiencia. RTVE deja de parecer un servicio público para funcionar como aula de refuerzo del relato. Todo se justifica mediante el mismo marco: el enemigo acecha.

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La pregunta persiste, obstinada: ¿desde cuándo una legislatura debe protegerse por miedo a su final? ¿Desde cuándo el deterioro interno se corrige mirando al adversario? La alternancia no garantiza virtudes, aunque limita abusos. El poder que se declara imprescindible deja de explicarse. El poder que no teme perderse deja de cuidarse.

El sanchismo ha construido una moral de excepción. Todo se tolera porque el contexto aprieta. Todo se disculpa porque ahora no toca. Todo se aplaza porque amenaza algo peor esperando. El problema aparece cuando ese aplazamiento se vuelve permanente. La política deja de administrar lo común y empieza a administrar el miedo.

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Una democracia que exige silencio para sobrevivir entra en fase de fallo. Un gobierno que responde a los escándalos con incredulidad ensayada confunde defensa con negación. Un presidente situado en la cúspide del sistema no puede seguir interpretando el papel del sorprendido.

No se trata de idealizar a quien venga después ni de subestimar la influencia de Abascal. Se trata de recordar que el poder se revisa. Que las legislaturas se renuevan. Que cuando una se pudre y agoniza, el camino no pasa por blindarla, sino por devolver la palabra a los ciudadanos. Sin chantaje. Sin miedo. Sin la coartada del apocalipsis.

El síntoma más revelador aparece aquí: el principal argumento para sostener al Gobierno ya no guarda relación con lo que hace, sino con el terror a perderlo.

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La lista de peajes ya no cabe en el margen. Escándalos de corrupción tratados como ruido ambiental. Casos de abuso sexual relativizados según la filiación del implicado. Una amnistía presentada como imperativo histórico tras convertirse en condición de supervivencia parlamentaria. Pactos con Puigdemont envueltos en solemnidad internacional, con escenografía extranjera y liturgia de negociación permanente. Un fiscal general condenado defendido como víctima. Una relación orgánica con Bildu normalizada sin debate. Campañas explícitas contra jueces y periodistas. Colonización institucional rebautizada como eficacia. RTVE utilizada como instrumento de pedagogía gubernamental. Todo queda subsumido en la misma consigna: no hay alternativa responsable.

El punto decisivo no se encuentra en la suma de hechos, sino en el sistema de encubrimiento que los hizo posibles. Ábalos, exsecretario de Organización y ministro omnipresente, terminó en prisión tras años de centralidad política, silencios compartidos y protección prolongada. Cerdán, administrador del aparato y guardián de las llaves internas, acaba de salir, de momento, después de aparecer como pieza recurrente en conversaciones donde la política se expresa en términos de transacción. No se trata de desvíos individuales. Se trata de un modo de funcionamiento.

Salazar completa el deterioro en el lugar más sensible. No por la gravedad penal, sino por el daño simbólico. El socialismo ve erosionada su credibilidad en la zona nuclear del feminismo, convertida en identidad moral, en bandera, en patrimonio retórico. Cuando el discurso de superioridad ética se resquebraja desde dentro, la quiebra no afecta a un flanco: alcanza el núcleo.

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En ese contexto y bajo los efectos del batacazo extremeño, la escenografía del asombro adquiere valor estratégico. Pedro Sánchez se declara sorprendido. Desinformado. Ingenuo. El dirigente que controla los tiempos, anticipa escenarios y gobierna el relato, adopta la expresión del presidente al que nadie avisó. La secuencia se repite: yo no sabía, yo no vi, yo confié. La ingenuidad funciona como coartada. La incredulidad, como escudo.

El problema no radica en la ignorancia. Radica en la posición. Sánchez ocupa la cúspide del sistema. No necesita bajar a la sentina para dirigir la piratería: gobierna el puerto. Y sin puerto no hay botín que circule ni silencio que se sostenga. La omertà no se impone a golpes; se administra desde arriba. Con lealtades, con tiempos, con silencios estratégicos. El silencio nunca resulta neutro en política.

El sanchismo ha llegado a un camino insostenible. Ha agonizado en sus deméritos, abyecciones y relaciones perversas con los aliados. Ha implosinado. Y lo que es más grave, la ultraderecha es una alternativa porque Sánchez no ha hecho otra cosa que estimularla.

Defender el sanchismo porque es preferible a que lo que pueda venir ha adquirido rango de principio moral y de estrategia política. No programa, no balance, no rendición de cuentas: principio. El mal menor elevado a sistema de gobierno. El miedo convertido en argumento. La idea de que todo resulta tolerable si evita un relevo incómodo. Y así, en nombre de un mañana hipotético, se blinda un presente exhausto.

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