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Rubén Amón

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El sheriff Trump convierte el planeta en su rancho

La intervención unilateral del caudillo estadounidense representa un ejercicio arbitrario de la injerencia y un precedente peligrosísimo para sus imitadores, por no hablar del ridículo aplauso de Ayuso y Abascal

Foto: El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (EFE/Nicole Combeau)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (EFE/Nicole Combeau)
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El mundo ha amanecido con un ruido de espuelas. No el tintinear romántico del western clásico, sino el estrépito metálico de un sheriff desquiciado que dispara primero y pregunta después. Trump ha irrumpido en Venezuela como quien entra en un saloon imaginario, convencido de que la justicia consiste en imponer su sombra sobre el mapa. No hay juez, ni jurado, ni acta. Solo el revólver y la certidumbre infantil de que el poder legitima cualquier gesto.

Maduro continúa siendo lo que era antes del estruendo: un tirano abyecto, un especialista en la asfixia, un burócrata del miedo. Nada en esta escena lo redime. Pero conviene decirlo sin trampas morales: la abyección del uno no purifica la demencia del otro. Trump no ha intervenido para rescatar la democracia venezolana, sino para exhibir su propia concepción del orden mundial. Una concepción que no dialoga con el derecho internacional ni con el Congreso estadounidense, ni siquiera con la lógica elemental del multilateralismo. Actúa como quien confunde el planeta con su rancho.

Y ahí reside la mutación inquietante. Trump llegó al poder prometiendo un repliegue, un aislacionismo muscular, una América parapetada tras sus fronteras y sus aranceles. Pero el sheriff se ha cansado del porche. Ha salido a patrullar el mundo con la arrogancia de quien se siente ungido por una misión divina y personal. La injerencia ya no aparece como excepción incómoda, sino como principio operativo. Unilateral, arbitraria, sin contrapesos.

Resulta casi enternecedor, si no fuera trágico, comprobar la euforia con que esta intervención ha sido celebrada por la derecha española. Ayuso, Abascal y hasta Feijóo han aplaudido el gesto como si asistieran a una restauración moral del universo. Les ha bastado el nombre de Venezuela para suspender cualquier escrúpulo jurídico. Han transigido con la idea de una invasión que erosiona el derecho internacional y debilita el propio Estado de derecho. La tiranía ajena funciona como coartada para justificar el atropello propio.

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Y lo más revelador no es el aplauso, sino el malentendido. Creían que Trump venía a restituir a los vencedores morales de las últimas elecciones venezolanas, a Edmundo González y María Corina Machado, símbolos de una oposición civil, valiente y democrática. Pero el sheriff no reconoce héroes locales. Los ha sacado de la ecuación con la indiferencia de quien barre fichas del tablero. En su lugar, ha deslizado un plan de transición ambiguo, diseñado para consolidar la geopolítica estadounidense en el Caribe, con el petróleo como telón de fondo y la ambigüedad como herramienta.

No hay aquí una épica democrática, sino una contabilidad estratégica. Trump no negocia valores, administra intereses. Lo demostró cuando agasajó en la Casa Blanca a Bin Salman sin que se le atragantara el discurso sobre la libertad. La democracia le importa poco cuando estorba. Funciona como adorno retórico, no como principio rector. En Venezuela no ha visto un pueblo que liberar, sino un escenario donde reafirmar su poder sin rendir cuentas.

Y esa es la gravedad del precedente. Porque Trump no responde ante nadie. Ni ante el Congreso, ni ante los aliados, ni ante la legalidad internacional. Se mueve en una lógica personalista, casi monárquica, donde la voluntad sustituye a la norma y el impulso al procedimiento. La intervención venezolana no constituye solo un episodio latinoamericano ni un experimento neoimperalista; inaugura un método. Cualquier rincón del planeta puede convertirse mañana en el próximo saloon si al sheriff le parece legítimo.

El peligro no termina ahí. El mundo observa. Y otros líderes con pulsiones autocráticas toman nota. Putin, Xi Jinping y sus equivalentesa pueden sentirse avalados en sus propias expectativas de injerencia. Si Estados Unidos se arroga el derecho a intervenir unilateralmente, ¿con qué autoridad moral podrá frenar a quienes invoquen idéntico razonamiento para invadir, ocupar o anexionar? La selva geopolítica se legitima cuando el más fuerte decide prescindir de las reglas.

Foto: Donald Trump, presidente de EEUU. (Reuters)
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Trump no encarna hoy la noción de una democracia imperfecta, sino los delirios de una autocracia ebria de sí misma. No gobierna instituciones, gobierna impulsos. No administra poder, lo exhibe. El sheriff justiciero se ha convertido en un pistolero sin ley, convencido de que el mundo necesita menos normas y más balas metafóricas.

Venezuela, atrapada entre la tiranía doméstica y la arbitrariedad extranjera, paga el precio de este duelo grotesco. Y nosotros asistimos al espectáculo con la inquietud de quien comprende que el problema no radica solo en Caracas, sino en Washington. Porque cuando el gendarme del planeta decide actuar sin reglas, la inseguridad deja de ser local y se vuelve sistémica.Y entonces ya no hablamos de Venezuela. Hablamos del mundo.

El mundo ha amanecido con un ruido de espuelas. No el tintinear romántico del western clásico, sino el estrépito metálico de un sheriff desquiciado que dispara primero y pregunta después. Trump ha irrumpido en Venezuela como quien entra en un saloon imaginario, convencido de que la justicia consiste en imponer su sombra sobre el mapa. No hay juez, ni jurado, ni acta. Solo el revólver y la certidumbre infantil de que el poder legitima cualquier gesto.

Vladimir Putin Nicolás Maduro Estados Unidos (EEUU)
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