¿Está liquidando Trump la democracia estadounidense?
Las pulsiones expansionistas en Venezuela y Groenlandia sin reglas ni condiciones son el reflejo de la erosión de la política doméstica, hasta el extremo de haberse degradado las instituciones y los contrapoderes en una involución peligrosísima
El presidente de EEUU, Donald Trump, en un acto en el Kennedy Center de Washington. (Reuters/Kevin Lamarque)
Donald Trump no ha necesitado dinamitar las instituciones internacionales con explosivos retóricos. Le ha bastado algo más eficaz y más silencioso: ignorarlas. El multilateralismo no ha sido derrotado en una gran conferencia ni en una ruptura solemne, sino por inanición. Por desuso. Por la decisión deliberada de comportarse como si el mundo empezara y acabara en el despacho oval. Y de actuar en consecuencia.
La injerencia en Venezuela, ejercida sin mandato internacional, sin consenso y sin rendición de cuentas, ilustra esa mutación. No porque Estados Unidos haya eludido antes misiones fuera de sus fronteras, sino porque ahora lo hace sin siquiera simular respeto por un orden compartido. Ya no se invoca la legalidad internacional ni se buscan aliados que repartan la carga moral de la decisión. Se actúa. Como si la fuerza bastara. Como si la legitimidad estorbara.
Conviene, sin embargo, no confundir arbitrariedad con ausencia de cálculo. La ocupación de Venezuela, más la prolongación posimperialista en Groenlandia, funciona también como un atajo geopolítico: cortar de raíz las fuentes de financiación que alimentan la proyección internacional de Irán, China y Rusia. Al cerrar el grifo petrolífero, Trump no solo asfixia al régimen de Maduro; delimita territorio estratégico y económico, marca presencia en una región clave y envía un mensaje de dominio energético. No hay aquí defensa del derecho ni de la democracia, sino afirmación de poder. Una lógica de fuerza desnuda, eficaz en el corto plazo, corrosiva para cualquier arquitectura compartida.
En ese mismo registro se inscribe la escenificación del juicio federal contra Nicolás Maduro. Presentado como un acto de justicia, el proceso carece de eficacia real, de jurisdicción compartida y de respaldo multilateral. No persigue sancionar, sino exhibir y airear un recurso electoralista. No construye derecho: lo instrumentaliza. El efecto resulta contraproducente. Se debilita la noción misma de justicia internacional y se ofrece a los autócratas un argumento fácil contra la arbitrariedad occidental. La ley, reducida a gesto político, pierde autoridad.
El daño no se limita al país intervenido ni al dirigente acusado. Al prescindir de las instancias multilaterales, Estados Unidos renuncia a su papel gravitatorio en ellas. Durante décadas, Washington no solo lideró el sistema internacional: lo sostuvo. Naciones Unidas, la OTAN y los acuerdos de seguridad colectiva funcionaban, con todas sus imperfecciones, porque existía una potencia dispuesta a asumir costes, a someterse a reglas y a ejercer liderazgo bajo control. Trump ha convertido ese liderazgo en una molestia y lo ha sustituido por una lógica transaccional, personalista y errática.
Lo demuestra el corolario expansionista de Groenlandia. El gran promotor de la OTAN amenaza la integridad territorial de un Estado miembro -Dinamarca- con el pretexto de custodiar a los intereses propios -estratégicos, económicos- y a reaccionar a las amenazas ajenas, citándose de nuevo la coalición ruso-china.
El problema de fondo no pertenece solo al terreno geopolítico. Afecta al núcleo mismo de la democracia. El multilateralismo no constituía una concesión altruista, sino la proyección natural de un sistema de contrapoderes. El mismo principio que obliga al presidente a someterse al Congreso y a los tribunales explicaba la necesidad de encuadrar la acción exterior en reglas, alianzas y controles. Al liquidar ese entramado, Trump erosiona también los equilibrios internos.
De ahí nace la inquietud. Estados Unidos empieza a comportarse como una democracia imitativa. O, más exactamente, como una democracia subordinada a las pulsiones de un solo hombre. Trump gobierna la política exterior como si fuera un negocio privado. Amenaza, presiona, se retira, vuelve. No explica. No escucha. No rinde cuentas ante el Congreso ni ante los aliados. El escrutinio aparece como interferencia. El contrapoder, como obstáculo.
En ese contexto, las tentaciones expansionistas adquieren un significado que va más allá de la extravagancia verbal. Introducen la noción de que el territorio puede concebirse como mercancía y la soberanía como objeto de transacción. Se quiebra así un consenso básico del orden internacional contemporáneo. Y cuando quien lo hace es la principal democracia liberal del planeta, el efecto ejemplar resulta devastador.
El ejemplo importa. Cuando Estados Unidos actúa sin reglas, otros se sienten legitimados para hacerlo. Cuando desprecia el derecho internacional, quienes nunca creyeron en él se ven confirmados. El sistema no se derrumba de inmediato, pero pierde a su garante más influyente. Y el vacío no tarda en llenarse.
¿Ha puesto Trump en peligro la democracia estadounidense y el orden mundial? La respuesta no admite dramatismos fáciles. La democracia norteamericana no ha caído, pero ha sido tensada hasta límites inquietantes. Y el orden internacional no ha desaparecido, pero ha perdido a quien lo sostenía con mayor autoridad.
Lo verdaderamente grave es la normalización de esa pérdida. Que Estados Unidos empiece a asumirse como una potencia desligada de responsabilidades comunes. Y que, incluso dentro de sí mismo, el presidente actúe como si los controles fueran opcionales.
Las democracias no suelen morir de forma abrupta. Se erosionan. Se vacían. Se banalizan. Trump no ha abolido la democracia estadounidense, pero la ha expuesto a un riesgo mayor: perder su condición de referente. Y en un mundo inestable, pocas cosas resultan más peligrosas que una democracia poderosa que renuncia a dar ejemplo.
Donald Trump no ha necesitado dinamitar las instituciones internacionales con explosivos retóricos. Le ha bastado algo más eficaz y más silencioso: ignorarlas. El multilateralismo no ha sido derrotado en una gran conferencia ni en una ruptura solemne, sino por inanición. Por desuso. Por la decisión deliberada de comportarse como si el mundo empezara y acabara en el despacho oval. Y de actuar en consecuencia.