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¿Se puede ser trumpista y chavista a la vez?
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Rubén Amón

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¿Se puede ser trumpista y chavista a la vez?

La ambigüedad del caso venezolano establece una relación intrincada y perversa que conduce a la paradoja del libertador que inaugura una expectativa al tiempo que consolida una tiranía

Foto: Chavistas se movilizan para exigir la vuelta de Maduro y su esposa. (EFE)
Chavistas se movilizan para exigir la vuelta de Maduro y su esposa. (EFE)
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La pregunta parecía una boutade de sobremesa, una de esas provocaciones retóricas que sirven para animar la tertulia y poco más. ¿Se puede ser trumpista y chavista a la vez? El híbrido parecía perfecto. El cruce imposible. El cruce, además, indecente. Y, sin embargo, la política contemporánea se ha especializado en hacer verosímil lo inverosímil. También en convertir la contradicción en método. Llamémoslo chavotrumpismo.

El esquema es inquietantemente simple. Trump irrumpe en la escena venezolana con un gesto que se vende como liberador. Maduro cae o queda neutralizado. Se anuncia el final del tirano. Pero la arquitectura del chavismo permanece. El armazón institucional, judicial, militar y clientelar sigue en pie. Cambia el inquilino, no el edificio. Se desmonta la figura, no el sistema. Y ahí aparece la paradoja: Trump actúa contra Maduro sin actuar contra el chavismo. O, dicho de otro modo, lo combate sin destruirlo.

El resultado es una ambigüedad tan perfecta que deja sin discurso a casi todos. Los detractores de Trump se ven atrapados en una incomodidad moral. Detestan al personaje, su estilo, su desdén por el multilateralismo y su pulsión autoritaria. Pero no pueden repudiar del todo una intervención que pone fin a un régimen criminal. La caída del tirano les obliga a callar, o al menos a modular la indignación. La liberación de presos políticos pesa más que el rechazo ideológico. Y la política, una vez más, sustituye la coherencia por el balance de daños.

En el otro extremo, los trumpistas celebran la operación como un acto de fuerza, de eficacia, de liderazgo sin complejos. La misión en Caracas refuerza la narrativa del sheriff global que hace lo que otros no se atreven. Pero aceptan, casi con resignación estratégica, que el chavismo siga respirando. Lo toleran como quien aplaza una cirugía mayor. Confían en que el régimen, privado de su figura totémica, se marchite solo. La paciencia se convierte en coartada. La espera, en doctrina.

Foto: la-oposicion-con-corina-y-edmundo-en-manos-de-trump-descarta-elecciones

Así se consolida un terreno común tan improbable como funcional. Un espacio donde conviven, sin tocarse, el trumpismo táctico y el chavismo estructural. No hay adhesión ideológica. Hay conveniencia. No hay síntesis. Hay superposición. Y ese es el verdadero rasgo de época: la política como suma de contradicciones gestionables.

El caso español lo ilustra con una nitidez incómoda. Zapatero ha ejercido durante años de intermediario privilegiado con Caracas. Su cercanía al régimen ha permitido avances concretos, medibles, humanitarios. La liberación de presos políticos no es un detalle menor. Es una victoria real para quienes salieron de la cárcel y para sus familias. Pero esa misma cercanía ha funcionado, al mismo tiempo, como un mecanismo de legitimación. Ayer y hoy. Del chavismo original y de su mutación actual.

Foto: todo-puede-salir-mal-plan-trump-venezuela

Zapatero encarna como pocos la ambivalencia del mediador que mejora la vida de las víctimas mientras refuerza la supervivencia del victimario. No es una acusación moral, sino una constatación política. El acceso abre puertas, pero también blanquea pasillos. La diplomacia de contacto produce resultados, aunque cobra un precio simbólico altísimo. El régimen gana tiempo, oxígeno y respetabilidad. Y el mediador gana la coartada de la eficacia.

Trump opera con una lógica parecida, aunque desde el extremo opuesto del tablero. No busca legitimarse como pacificador ni como humanista. Le basta con el gesto contundente. Pero el efecto final converge: el sistema sobrevive. El chavismo se adapta. Se maquilla. Cambia de rostro si hace falta. Y la comunidad internacional se instala en la ficción de que algo esencial ha cambiado cuando, en realidad, solo se ha desplazado el foco.

De ahí que la pregunta inicial deje de ser un juego retórico. Sí, se puede ser trumpista y chavista a la vez. No en el plano doctrinal, sino en el práctico. No por convicción, sino por resultado. El trumpismo puede ejecutar el golpe que el chavismo necesita para perpetuarse sin su figura más tóxica. Y el chavismo puede ofrecer a Trump una victoria rápida sin exigirle una reconstrucción democrática profunda.

La paradoja no es una anomalía. Es el sistema. Un sistema donde las tiranías aprenden a sobrevivir a sus propios verdugos y donde los liberadores aceptan heredar estructuras que prometían demoler. El híbrido ya no es imposible. Es funcional. Y quizá por eso resulte tan difícil combatirlo sin quedar atrapado en él.

La pregunta parecía una boutade de sobremesa, una de esas provocaciones retóricas que sirven para animar la tertulia y poco más. ¿Se puede ser trumpista y chavista a la vez? El híbrido parecía perfecto. El cruce imposible. El cruce, además, indecente. Y, sin embargo, la política contemporánea se ha especializado en hacer verosímil lo inverosímil. También en convertir la contradicción en método. Llamémoslo chavotrumpismo.

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