Más agoniza la legislatura y se marchitan los apoyos, más Sánchez multiplica los frentes -vivienda, financiación, Ucrania- en la mera escenificación de la política
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, asiste a la demolición de los primeros edificios de los antiguos cuarteles de Campamento. (Europa Press/Alberto Ortega)
Pedro Sánchez no gobierna: hace como que hace. Carece de los números necesarios para decidir y, en lugar de reconocer el límite, multiplica los gestos. Acelera la acción visible para compensar la ausencia de resultados. Sustituye el savoir-faire-el saber hacer propio del poder efectivo- por el faire savoir: hacer saber.
La legislatura funciona así como una maquinaria de visibilidad, propaganda y humareda. No importa tanto lo que se consigue como lo que se anuncia. El Gobierno no se mide por leyes aprobadas, sino por iniciativas enunciadas. La política se vuelve performativa: no transforma la realidad, la representa. Sánchez no gobierna desde la capacidad, sino desde la ocupación del espacio. Mientras haya movimiento, parece haber podido.
El dato central sigue siendo aritmético. No hay mayoría. No hay estabilidad. No hay posibilidad real de cerrar grandes acuerdos. Sánchez lo sabe. Y precisamente por eso intensifica la actividad aparente, la política epidérmica. Donde antes el poder se demostraba resolviendo, ahora se demuestra compareciendo. Donde antes importaba ejecutar, ahora importa mostrar. El Gobierno no hace menos: hace más, pero sin efecto.
De ahí la inflación de grandes asuntos. Vivienda, financiación autonómica, Ucrania. No aparecen como políticas culminables, sino como escenarios de exhibición. Son materias que exigen consensos amplios y tiempo político. Justo lo que no existe. Pero resultan idóneas para otra cosa: para proyectar urgencia, liderazgo, iniciativa. No se plantean para resolverse, sino para ser vistas.
Lavivienda concentra esta lógica con especial crudeza. Sánchez invoca ahora la emergencia habitacional como si se tratara de una novedad inaplazable. Pero la urgencia no habla solo del problema: habla de su inhibición durante ocho años de Gobierno. La súbita intensidad del discurso no corrige la pasividad acumulada; la delata. El presidente convierte la vivienda en un emblema moral precisamente cuando su trayectoria confirma que no la priorizó cuando podía hacerlo. La hiperactividad retórica sustituye a la responsabilidad histórica. Se atiende el drama con palabras porque ya no queda margen político para corregirlo con hechos.
La financiación autonómica introduce un elemento aún más corrosivo. No se trata solo de una reforma inviable, sino de una cesión ideológica. El privilegio arrancado por Junqueras en la Moncloa supone una agresión directa a la idea de socialismo redistributivo y solidario. La bilateralidad fiscal, presentada como excepción técnica, quiebra el principio de igualdad territorial que el PSOE decía defender. Y, además, raramente puede prosperar en el Parlamento. Se anuncia sabiendo que no saldrá adelante. El objetivo no es legislar, sino exhibir disposición. No es gobernar, sino escenificar.
Sánchez invoca ahora la emergencia habitacional como si se tratara de una novedad inaplazable. Pero la urgencia no habla solo del problema
Ahí la representación alcanza un grado superior de cinismo: se proclama una medida incompatible con el propio ideario para satisfacer a un aliado imprescindible, aunque la aritmética impida culminarla. El faire savoir ya no sustituye solo al savoir-faire: lo contradice. El Gobierno comunica un gesto que erosiona su identidad y ni siquiera garantiza eficacia parlamentaria.
El capítulo ucranianopertenece de lleno al mismo teatro. El eventual despliegue de tropas españolas se formula como si respondiera a una coyuntura realista, cuando un escenario de paz se encuentra más lejos que nunca. La iniciativa nace desligada del contexto internacional y del respaldo parlamentario. No busca intervenir en la guerra, sino retratar el bloqueo del PP. La política exterior se convierte en herramienta doméstica. El anuncio no apunta a Ucrania; apunta a la oposición. Es ficción estratégica: acción enunciada sin horizonte material.
Este desplazamiento constante del hacer al decir define la legislatura. El Gobierno no se paraliza: se acelera en vacío. Produce actividad sin consecuencia. Confunde intensidad con eficacia. Y convierte la política en una sucesión de actos visibles cuyo único denominador común es la imposibilidad de cerrarlos.
Los socios no corrigen esta deriva; la amplifican. Sumar no aporta cohesión ni mando. Introduce reservas, enmiendas públicas, desautorizaciones explícitas. Cada gesto se discute en escena. Cada anuncio se fragmenta. El presidente habla, pero su palabra no ordena porque no hay orden posible sin mayoría. El Gobierno funciona como conversación, no como estructura de poder.
Las derrotas electorales confirman el desgaste. Extremadura (ayer) y Aragón (mañana) no son anomalías: son síntomas. El electorado percibe la disonancia entre la hiperactividad del Ejecutivo y la escasez de resultados. Percibe que se anuncia mucho porque se decide poco. Y retira apoyo.
Sumar no aporta cohesión ni mando. Introduce reservas, enmiendas públicas, desautorizaciones explícitas. Cada gesto se discute en escena
En ese terreno prospera Vox. No por solvencia, sino por contraste. Su crecimiento se alimenta del cansancio ante la política entendida como simulacro. Y esa dieta amenaza con devorar el espacio del PSOE, cada vez más asociado a una forma de poder que se exhibe sin transformar.
Sánchez no está bloqueado por la oposición. Está bloqueado por la aritmética. Y frente a ese bloqueo ha optado por intensificar la representación. Hacer como que hace. Hacer saber que se hace. El problema no es la falta de acción, sino su naturaleza: gesto sin consecuencia, urgencia sin memoria, iniciativa sin desenlace. La nada con la apariencia del todo.
Pedro Sánchez no gobierna: hace como que hace. Carece de los números necesarios para decidir y, en lugar de reconocer el límite, multiplica los gestos. Acelera la acción visible para compensar la ausencia de resultados. Sustituye el savoir-faire-el saber hacer propio del poder efectivo- por el faire savoir: hacer saber.