Las coordenadas de una agenda internacional apocalíptica nos ha distraído de las crisis domésticas comprensibles y castizas, hasta que ha aparecido Julio Iglesias para devolvernos a la reyerta
Hay una nostalgia política que no se confiesa en público. Una morriña impropia, casi vergonzante, por los escándalos de antes. Por los de casa. Por los que olían a fritanga institucional y no a geopolítica de alto voltaje. Añoramos los casos Ábalos, Cerdán y Koldo no por indulgencia moral, sino por pura comprensión antropológica. Aquello lo entendíamos. Aquello cabía entre las paredes de la suite devastada de un parador.
Echamos de menos el agro-glamour de Leire, esa sofisticación de extrarradio que no necesitaba cumbres internacionales ni traductores simultáneos. Nos entretenían más los episodios de nepotismo de la familia Sánchez, tan reconocibles, tan características de nuestras tradiciones. La corrupción, cuando es doméstica, resulta casi pedagógica. Se explica sola. No exige mapas ni analistas.
Había roncola. Había chistorra. Había viagra. Un inventario perfectamente español del poder entendido como sobremesa larga y ética corta. Problemas digeribles. Castizos. Con denominación de origen. Frente a eso, ¿qué tenemos ahora? La sobredosis de mundo. El alud internacional que nos cae encima sin pedir permiso y recurriendo a Google Maps para situarnos.
Porque el presente se ha puesto imperial e imperialista. Demasiado. Ahí está Donald Trump, empeñado en resucitar el siglo XIX con Twitter y portaaviones. Ahí está Groenlandia, convertida en fetiche estratégico, como si los glaciares votaran. Ahí está Teherán, ese infierno en la Tierra donde la tragedia no concede respiro ni metáfora. Y ahí sigue Venezuela, atrapada en una especie de protectorado sentimental estadounidense, administrada entre sanciones, discursos y resignación.
Todo enorme. Todo grave. Todo imposible de metabolizar en una conversación de bar. Y España, que siempre fue país de tertulia y no de consejo de seguridad, se siente fuera de escala. Nos han cambiado las miserias de proximidad por catástrofes globales. Y no nos gusta.
A Pedro Sánchez esta mutación le viene bien. La distracción informativa no se improvisa; se programa. Cuando la agenda se llena de guerras lejanas, anexiones improbables y tensiones nucleares, las pequeñas vergüenzas nacionales parecen peccata minuta, cuando no una frivolidad. Quién va a hablar de chiringuitos familiares cuando el mundo arde. Quién va a escandalizarse por las señoritas del ministro si el planeta juega al borde del abismo.
Pero el país no funciona así. España necesita reconocerse en sus defectos, no perderse en el embrollo de las tragedias ajenas. Necesita volver a lo suyo. Y acaba de hacerlo en un giro magistral de sociología espontánea. Se ha volcado la atención en la mansión de los horrores de Julio Iglesias.
Ahí sí. Ahí nos entendemos. Con Julio se libran las batallas que importan. Con él afloran los complejos ideológicos con una claridad envidiable. Si estás con Julio, eres de derechas. Si estás contra Julio, te proclamas progre. No falla. Ningún conflicto internacional ofrece una línea divisoria tan nítida.
Julio es el sustituto perfecto de la política. Permite discutir de poder, dinero, sexo y privilegio sin mencionar presupuestos ni tratados. Es la ideología en bata de seda. El éxito sin coartadas. El espejo incómodo donde se reflejan las contradicciones morales de un país que detesta lo que envidia y moraliza lo que no puede evitar tararear.
De Ábalos a Áldama, los "viejos" escándalos se recuerdan con una ternura insólita. No porque fueran menos graves, sino porque eran más nuestros. Porque no aspiraban a cambiar el orden mundial, solo a mejorar la logística personal de quienes mandaban. Porque se entendían sin manual de geopolítica.
España no añora la corrupción. Añora la escala. Añora el desorden manejable. El pecado con acento. El abuso que cabe en una servilleta. Frente a la épica imperial y el desastre global, preferimos la miseria doméstica. Al menos esa la sabemos contar. Y discutir. Y, sobre todo, reconocer como propia.
Pero la distracción no absuelve. El ruido internacional no borra las penurias de Sánchez. Los juicios siguen su curso, ajenos al clima, impermeables al relato. Y los casos de su hermano y de su esposa avanzan sin necesidad de espectáculo, sin sarcasmo posible, sin folklore. No hay parador que los amortigüe ni chascarrillo que los diluya. Mientras miramos al Ártico, el deterioro continúa aquí, a ras de suelo, con una monotonía devastadora. No es épica. No es tragedia global. Es desgaste. Y eso no se tapa mirando lejos.
Hay una nostalgia política que no se confiesa en público. Una morriña impropia, casi vergonzante, por los escándalos de antes. Por los de casa. Por los que olían a fritanga institucional y no a geopolítica de alto voltaje. Añoramos los casos Ábalos, Cerdán y Koldo no por indulgencia moral, sino por pura comprensión antropológica. Aquello lo entendíamos. Aquello cabía entre las paredes de la suite devastada de un parador.