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Rubén Amón

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Por qué Óscar Puente no puede gestionar esta catástrofe

El titular de Transportes está carbonizado por su perfil de 'hooligan', por la gestión negligente de otros episodios y por un problema de credibilidad

Foto: El ministro de Transportes, Óscar Puente, durante una rueda de prensa en Adamuz. (Pedro Pascual)
El ministro de Transportes, Óscar Puente, durante una rueda de prensa en Adamuz. (Pedro Pascual)
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Óscar Puente no interpreta la catástrofe ferroviaria como un ministro neutral. Se desempeña voluntariosamente con un pasado inmediato que le devuelve sus tuits y su hooliganismo institucional. Es verdad que ha bajado el tono y que se le observa compungido: concede entrevistas sin seleccionar medios, insiste en la pedagogía, se muestra afectado. El esfuerzo existe y se nota. Pero la credibilidad no se recompone a golpe de exposición ni se reconstruye en caliente. Más aún cuando el problema de Puente se identifica en las extravagancias de su historial, incluida la gestión discutible de otros episodios ferroviarios, su actitud irresponsable en los incendios veraniegos y el hermetismo irresponsable del apagón.

La hostilidad del pasado reciente obliga al ciudadano a un ejercicio de comprensión que no resulta nada sencillo. Y no tanto por lo que dice ahora, sino por lo que dijo y cómo lo dijo hasta ayer. Ese recuerdo cercano convierte cada explicación en un gesto insuficiente y cada apelación a la calma en una petición incómoda.

Puente llega a este episodio con la palabra gastada, erosionada por años de exhibicionismo digital, la bronca convertida en estilo y el desdén enfermizo hacia el discrepante. Un equipaje incompatible con el papel que hoy se le exige: el de portavoz sobrio de una conmoción que pide gravedad, no ajuste de cuentas ni vanagloria.

Su ministerio no es un decorado institucional cualquiera. Es el mismo que ocupó Ábalos, símbolo de una etapa en la que el desorden político, el amiguismo en los puestos claves y el descrédito moral acabaron por confundirse con la gestión cotidiana. La herencia no condena. Pero pesa. Y más cuando el asunto remite al mantenimiento, a la inversión sostenida, a la letra pequeña que nunca luce en las inauguraciones, pero decide la seguridad de los trayectos. La catástrofe no es un mero fenómeno meteorológico. Suele incubarse en expedientes, contratos, revisiones aplazadas y prioridades mal jerarquizadas. Precisamente ahí donde Transportes no puede mirar hacia otro lado.

Por eso ha resultado tan inquietante la decisión temporal de reducir la velocidad a 160 kilómetros en algunos tramos de la línea Madrid-Barcelona. Hacerlo precisamente ahora y esgrimir que no hay problemas de seguridad redundan en la sugestión e incertidumbre de los ciudadanos. Tienen razón los pasajeros al sentirse como cobayas. Y a preguntarse sobre las condiciones en que viajan y han viajado. Era Puente quien anunció hace unos meses la bravuconada de subir la velocidad a 350 kilómetros. Y es Puente quien ahora se abstrae del pasado amparado en la niebla del duelo.

El respeto a las víctimas exige contención. Pero ese respeto no autoriza la anestesia política. La conmoción no puede funcionar como cortina. Investigar no equivale a profanar. Preguntar no mancha el luto. Y exigir una investigación transparente no introduce ruido, sino oxígeno. El problema surge cuando quien debe ofrecer explicaciones arrastra una trayectoria que invita a dudar de su disposición a la autocrítica y de su predisposición a las filtraciones.

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Los colegas de elDiario.es han accedido a los audios del maquinista del Iryo, igual que la Cadena SER ha tenido acceso a las disposiciones de Adif respecto a las normas de control de la velocidad. Hacen bien en anticiparse y en suscribir sus exclusivas, pero la congoja general y las reclamaciones de transparencia también exigen el rigor de una versión coordinada y homogénea.

Puente no comparece como un técnico gris ni como un gestor silencioso. Comparece como alguien que ha hecho de la confrontación un estilo. Durante años ha utilizado las redes sociales para hostigar a ciudadanos discrepantes, ridiculizar críticas y convertir la política en un ejercicio de pugilato verbal. Esa estrategia quizá rinda frutos en el ecosistema militante, pero repercute negativamente cuando se necesita autoridad moral y sosiego. Porque la autoridad, en una crisis, no depende del cargo, sino del crédito previo. Y el suyo llega erosionado.

El portavoz de una catástrofe no puede sonar a justiciero ni a polemista. Debe transmitir gravedad y una mínima distancia respecto a la refriega partidista. Puente, en cambio, carga con una imagen forjada en la réplica agresiva y en el sarcasmo. Y ese pasado reciente contamina el presente. Cada explicación se interpreta como defensa o ironía selectiva. Cada matiz como excusa. No porque mienta necesariamente, sino porque ha acostumbrado al público a leerlo en clave de combate y de agresión.

Y ahí aparece el segundo plano del problema. El Gobierno de Pedro Sánchez ha hecho del control del relato una herramienta central. Comunicar rápido, ocupar el espacio, reducir la incertidumbre. Funciona en coyunturas políticas ordinarias. En una tragedia, el método chirría. La realidad no se domestica con consignas. El dolor no se gestiona con argumentarios. Y el ministro que sale a escena como escudo narrativo corre el riesgo de parecer más preocupado por blindar al Ejecutivo que por esclarecer lo ocurrido.

No se trata de convertir la investigación en un circo ni de buscar culpables antes de tiempo. Se trata de aceptar que el mantenimiento ferroviario forma parte del núcleo duro de las responsabilidades del ministerio; que la ausencia de unos Presupuestos Generales condiciona la conservación de la red ferroviaria; que los sistemas de seguridad no admiten atajos ni especulaciones; que los fallos, cuando aparecen, suelen señalar decisiones acumuladas; y que la transparencia no debilita al poder: lo legitima.

Óscar Puente no interpreta la catástrofe ferroviaria como un ministro neutral. Se desempeña voluntariosamente con un pasado inmediato que le devuelve sus tuits y su hooliganismo institucional. Es verdad que ha bajado el tono y que se le observa compungido: concede entrevistas sin seleccionar medios, insiste en la pedagogía, se muestra afectado. El esfuerzo existe y se nota. Pero la credibilidad no se recompone a golpe de exposición ni se reconstruye en caliente. Más aún cuando el problema de Puente se identifica en las extravagancias de su historial, incluida la gestión discutible de otros episodios ferroviarios, su actitud irresponsable en los incendios veraniegos y el hermetismo irresponsable del apagón.

Óscar Puente Accidente tren Adamuz
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