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Rubén Amón

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Exclusiva: Vox ya ha ganado las elecciones aragonesas

Abascal no necesita ni bajarse del caballo para duplicar el resultado y agradecer que el PSOE haya escogido a Alegría como el pararrayos que canaliza el odio a Sánchez

Foto: El candidato de Vox a la presidencia de Aragón, Alejandro Nolasco. (Europa Press/Ramón Comet)
El candidato de Vox a la presidencia de Aragón, Alejandro Nolasco. (Europa Press/Ramón Comet)
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Celebrarse, van a celebrarse igual, pero las elecciones aragonesas ya están decididas. Vox las ha ganado antes de que empiece el recuento, antes incluso de que muchos de sus votantes se hayan aprendido el nombre del candidato. No lo necesitan. Saben contra quién votan. O sea, contra Pedro Sánchez valiéndose de la intermediación de Pilar Alegría. Ministra. Portavoz. Más sanchista que Sánchez. Más dispuesta que nadie al martirio.

Ahí se juega la partida. No entre proyectos, sino entre adhesiones y rechazos. Aragón no decide tanto quién debe gobernar como a quién urge castigar. Vox no necesita prometer nada porque su combustible proviene de la energía antagonista. Golpear en el hígado a Pilar Alegría es la manera de alcanzar el mentón de Sánchez. Derrotarlo por el camino interpuesto y conseguir así la meta de duplicar el resultado.

Sobreviene, por tanto, una suerte de 'damnatio memoriae' anticipada, preventiva. No se busca solo batir a la ministra en las urnas, sino demoler el busto de su mentor a través de ella. Como en la Roma antigua, donde el castigo al representante servía para borrar el rastro del poder que lo sostenía, el castigo a Alegría pretende que, antes de que caiga el César, ya hayan desmoronado sus estatuas, sus símbolos y sus legados en la periferia.

El precedente extremeño pesa como una catastrófica premonición al respecto. Allí el PSOE no perdió unas elecciones autonómicas, sino una enmienda al sanchismo. El candidato era secundario. El territorio, accesorio. El resultado, devastador. Aragón avanza hacia un escenario similar, con un matiz decisivo, porque esta vez la candidata socialista no solo representa al presidente, sino que lo encarna políticamente. Alegría no compite como líder regional, sino como delegada simbólica del Gobierno. Y eso la convierte en anticandidata antes que en aspirante.

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De hecho, la relación entre Alegría y Sánchez se parece mucho a la del whipping boy medieval, ese niño educado junto al príncipe al que se azotaba cuando el heredero cometía una falta. El castigo no iba dirigido al culpable, sino a quien podía recibirlo sin alterar el orden.

Ese cuerpo es Alegría. No se la castiga por lo que hace, sino por quién es y a quién representa. No importa su programa autonómico ni su biografía política en el contexto territorial: su función simbólica consiste en recibir el golpe destinado a otro. En encajar la ira que no alcanza al origen. En hacer de pararrayos humano.

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Las encuestas confirman lo evidente. El PP ganará con holgura. Azcón revalidará la victoria. Pero el triunfo popular adquiere un regusto amargo. El crecimiento es limitado, casi frustrante. A pesar de los indicadores económicos favorables, de la llegada de inversiones y de una gestión sin sobresaltos, el PP no capitaliza el desgaste socialista en forma de escaños. Gobierna bien, pero no entusiasma. Y, sobre todo, no canaliza el enfado. Ese caudal se lo lleva Vox a cuenta de las inercias nacionales.

Prevalece el estado de ánimo. Y el estado de ánimo dominante no se sacia con datos ni con balances. Se alimenta del rechazo. De ahí que el PP asuma con naturalidad que el día después habrá que sentarse con Vox. "Aquí siempre se pacta", repite Azcón desde la resignación. No hay dramatización, ni portazos preventivos, sino pragmatismo. La lección extremeña está aprendida por mucho que Guardiola ni siquiera haya descartado volver a las urnas.

Tienen poco de aragonesas las elecciones de Aragón, no ya por la represalia del plebiscito sanchista, sino porque el campeón del domingo, Vox, tampoco se ocupa de la agenda regional. Vox enciende el megáfono para hablar de la patria, del fantasma migratorio, del catecismo reaccionario.

Tienen poco de aragonesas las elecciones, no ya por la represalia del plebiscito sanchista, sino porque el campeón del domingo, Vox

Abascal gana sin bajarse del caballo. No desmonta porque no lo necesita. No pisa tierra porque las cuestiones terrenales exigen explicaciones. Cabalga por encima del calendario, de los territorios y de los candidatos. Aragón le sirve igual que Extremadura o que cualquier otra parada del recorrido. No entra en combate: pasa revista. Y cada vez que pasa, cobra el diezmo electoral camino del éxtasis en las generales.

Su ventaja no es ideológica, sino logística. No gobernar le ahorra desgaste. No pactar le evita contradicciones. Abascal no pelea elecciones autonómicas, sino que acumula escaramuzas. Batallas pequeñas que no comprometen nada, pero suman moral, relato y sensación de avance. Así se gana hoy: sin riesgo, sin cuerpo, sin fricción, pero con las emociones encendidas y la revancha alojada al fondo de la urna, naturalmente porque Sánchez ha sido el mayor aliado de la ultraderecha española y aragonesa.

Celebrarse, van a celebrarse igual, pero las elecciones aragonesas ya están decididas. Vox las ha ganado antes de que empiece el recuento, antes incluso de que muchos de sus votantes se hayan aprendido el nombre del candidato. No lo necesitan. Saben contra quién votan. O sea, contra Pedro Sánchez valiéndose de la intermediación de Pilar Alegría. Ministra. Portavoz. Más sanchista que Sánchez. Más dispuesta que nadie al martirio.

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