Es noticia
¿Votar en blanco es la solución?
  1. España
  2. No es no
Rubén Amón

No es no

Por

¿Votar en blanco es la solución?

La opción que ha expuesto Felipe González, aséptica y resignada, refleja el desamparo de muchos votantes que no pueden votar a Sánchez ni condescender con la alianza de Feijóo y Abascal

Foto: El expresidente del Gobierno Felipe González. (Europa Press/Jesús Hellín)
El expresidente del Gobierno Felipe González. (Europa Press/Jesús Hellín)
EC EXCLUSIVO

Felipe González niega haber emprendido una campaña a favor del voto en blanco, pero su condición de influencer senatorial ha abierto una opción atractiva en la moral del electorado desamparado.

Votar en blanco difiere de la abstención en que el gesto inmaculado implica participar en el sistema, adherirse al ritual democrático. Y acudir a las urnas con los guantes de látex. Ni con Sánchez ni con Feijóo, aunque el recuento de estos sufragios acostumbra a beneficiar a las opciones mayoritarias. Votar en blanco supone colocarse en una posición tan confortable como aséptica y comprensible. Más todavía cuando el PSOE de Sánchez degenera en las fronteras de un partido irreconocible y cuando el horizonte del PP depende más que nunca de las arbitrariedades de Vox.

La plataforma justiciera de Abascal aglutina mejor que ningún otro partido la furia del antisanchismo, pero resulta que el votante socialdemócrata y moderado ejerce el rechazo a Sánchez desde presupuestos más elaborados. El remedio a la degradación institucional no puede consistir en la abolición del sistema ni en las fórmulas providenciales que emanan del trumpismo.

El presidente del Gobierno ha dopado más que nadie al "monstruo de la ultraderecha" y merece el escarmiento de sucumbir al régimen polarizador que él mismo ha creado, pero cuesta trabajo reemplazar a Sánchez de cualquier manera, así es que el voto en blanco emerge como un recurso coyuntural que distancia del PSOE sin aproximarse al PP. "Quiero que se vaya Sánchez, pero no quiero que venga Feijóo a hombros de Abascal" resume un pensamiento tan comprensible como frágil. Se trata de vaciar las sacas socialistas sin llenar explícitamente las populares, asumiendo que, en el fondo, la operación inclina inevitablemente el desenlace. Ahí reside la contradicción. Y el escrúpulo. La política no se construye con deseos, sino más bien con consecuencias. Votamos en función de lo que se nos ofrece, no de lo que querríamos que existiera. Y la práctica del sufragio se parece cada vez más a una operación de descarte. Más que elegir, deselegimos. Tenemos muy claro lo que no queremos.

Foto: felipe-gonzalez-psoe-elecciones-voto-1tps

El voto en blanco preserva la conciencia individual, pero externaliza el resultado. Permite empujar el cambio sin asumir el peso del empujón. Reviste algo de coartada elegante. De superioridad moral sin coste. González lo sabe. Por eso su gesto no clausura el debate, lo enciende. Porque la cuestión ya no pasa por elegir entre Feijóo y Sánchez. Pasa por optar entre una posibilidad de regeneración y la continuidad de la degradación. Aunque incomode. Aunque provoque náusea. Aunque obligue a votar sin mancharse las manos.

El voto en blanco aglutina a los huérfanos de Ciudadanos, a los socialdemócratas sin alternativa y a los conservadores y liberales que recelan de las pulsiones populistas del PP. No solo por los pactos nauseabundos que caracterizan el modelo de sociedad de Vox, sino porque la familia popular también presume de sus ejemplos reaccionarios, empezando por el culto idólatra a Díaz Ayuso.

Foto: pp-negociacion-larga-aragon-temor-guardiola

Votar en blanco significa promover el cambio sin terminar de reconocerse en lo que viene. Por eso tiene sentido preguntarse y preguntarnos si no sería más honesto significarse con una adhesión directa a la papeleta al PP. No para celebrarla, sino para facilitar una retirada ordenada. No por convicción, sino por la profilaxis de la alternancia. Y porque cuanto más corpulento sea el resultado de Feijóo, menos relevancia tendrá la presión de Abascal y menos traumático resultará la inercia contraria del péndulo. Quizá el voto en blanco sea un gesto impecable. Quizá también sea insuficiente. La pregunta no admite respuestas cómodas. Y por eso incomoda tanto. Porque obliga a elegir sin ilusión. Y porque recuerda que, a veces, la higiene democrática no consiste en mantener las manos limpias, sino en atreverse a ensuciarlas lo justo para evitar la gangrena.

Felipe González niega haber emprendido una campaña a favor del voto en blanco, pero su condición de influencer senatorial ha abierto una opción atractiva en la moral del electorado desamparado.

Felipe González PSOE
El redactor recomienda