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¡Un Goya para el pacifismo de Sánchez!
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Rubén Amón

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¡Un Goya para el pacifismo de Sánchez!

El presidente español comparece sin réplica ni escrutinio para enarbolar el "no a la guerra", evocar la foto de las Azores y significar su posición antagonista al puto amo de Washington

Foto: Foto: Europa Press/Eduardo Parra.
Foto: Europa Press/Eduardo Parra.
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Ha tardado Sánchez en responder ante la opinión pública sobre la crisis iraní y ha escogido el formato del búnker y del plasma, una declaración vacua sin preguntas, un monólogo blindado que enfatiza implícitamente su pulso narcisista con la Casa Blanca pero evita el incómodo escrutinio del Parlamento y de la prensa.

Sensiblero, demagógico y pacifista de salón -"más hospitales y menos misiles"-, Sánchez incurrió en la ebriedad electoralista cuando denunció la imagen de las Azores. Convocaba el fantasma de Aznar un cuarto de siglo después. Incluso hizo suyo Sánchez el lema de "no a la guerra", como si le hubieran entregado un Goya extemporáneo. Hubiera encajado mejor el esmoquin. Y un beso en la mejilla de Susan Sarandon.

Lo que no hizo fue mencionar explícitamente a Donald Trump, ni referirse con el menor énfasis a la guerra comercial que le ha declarado la Casa Blanca. Hubiera tenido sentido hacerle preguntas en nombre de la transparencia, pero el monologuista de Moncloa se atuvo a la noción patriarcal del cargo, cuando no pontificia.

He aquí el síntoma de una democracia que se ha vuelto introvertida, de tal manera que el líder solo habla para que su propio eco le devuelva la imagen que desea ver en el espejo. Evitar el interrogatorio de las Cortes y las cuestiones incómodas no caracteriza la prudencia diplomática, sino la soberbia política.

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Nada mejor para reanimarla que su duelo con el puto amo. Y la proyección electoral y personal que implica convertirse en antagonista del Leviatán. Sánchez no representa a los españoles, pero sí los perjudica. Sánchez subordina el interés de la nación relamiéndose del foco que le ha puesto la verborrea de Trump.

Pedro Sánchez sostiene la mirada al espejo y no ve un presidente, sino una hagiografía en curso. Hay en su fisonomía de galán de la Guerra Fría una pulsión irresistible por la épica de cartón piedra, una necesidad casi biológica de habitar el encuadre perfecto.

Ha decidido el inquilino de la Moncloa que España es un concepto demasiado estrecho para su sastre, y ha encontrado en el despacho oval el escenario ideal para su última representación: la guerra de los narcisos. No estamos ante una crisis diplomática de manual, sino ante un choque de placas tectónicas desiguales que enfatiza la testosterona y la vanidad en un escenario inflamable.

Sánchez ha olido la sangre electoral en la colisión. Convertirse en la némesis del capitán América no implica para él un riesgo de Estado, sino una inversión de autor. Existe una voluptuosidad casi impúdica en su forma de anteponer su instinto de supervivencia a las necesidades tangibles de los españoles. Poco le importa al presidente que la represalia volcánica de Trump pueda carbonizar los sectores estratégicos de nuestra economía. Lo que importa es la estatura moral que otorga el conflicto. Sánchez necesita a Trump para proyectarse como el último bastión del orden occidental, del mismo modo que el villano necesita al héroe para que la función no pierda el ritmo de las encuestas.

Es la política del "yo" absoluto subordinando al "nosotros" relativo. No nos conviene a los españoles el estruendo de un conflicto frontal con la primera potencia del globo, pero a Sánchez le seduce la reverberación de su propia voz en los foros internacionales. Ha decidido que su gloria personal justifica el naufragio de una relación bilateral que debería gestionarse con la frialdad de un cirujano y no con el ardor de un candidato en campaña permanente.

Foto: trump-amenaza-con-cortar-el-comercio

La impostura de Sánchez alcanza su cénit en la gestión del cráter iraní. Se permite el presidente el lujo de una equidistancia que encubre un ejercicio de cinismo ilustrado. Es cierto que la operación militar de Washington e Israel disloca las costuras del derecho internacional con una alegría pirómana que estremece cualquier conciencia jurídica. Y es verdad que España no tiene por qué desempeñarse como el figurante de una Casa Blanca que confunde la política exterior con una partida de póquer en un casino de Atlantic City. Sin embargo, la neutralidad degenera en negligencia estratégica cuando el tablero salta por los aires.

El "pacifismo" de Sánchez se ha vuelto un artículo de lujo que los españoles no pueden costear. Resulta ininteligible mantener una posición ambigua cuando Irán ha malogrado el derecho internacional profanando el suelo comunitario chipriota. En ese preciso instante, la agresión se retrae del eco lejano en el desierto para significar en una herida en el costado de la Unión Europea. No cabe especular en una crisis de esta envergadura.

La posición extorsionadora de Trump es deplorable. Su fanfarronería de matón y la ligereza con la que descerraja su guerra comercial contra España son la antítesis de lo que debería ser el orden global. Pero ante la "bestia" no cabe el narcisismo herido ni la pose de mártir progresista; cabe la inteligencia estratégica. Sánchez está obligado a gestionar con astucia la relación con el Minotauro, no a provocarlo para salir mejor en la foto de la resistencia.

La política exterior no es un concurso de belleza ni un episodio de una serie de Aaron Sorkin. Es el arte de evitar que el volcán te sepulte mientras proteges el pan de tus ciudadanos. El drama actual para Sánchez consiste en que la preservación de su perfil político pesa más que el Producto Interior Bruto.

Si la Guerra de las Dos Rosas desangró a Inglaterra en un pleito de herencias y linajes, esta Guerra de los Dos Narcisos amenaza con dejar a España como el jardín pisoteado de dos vanidades en celo. No hay aquí una lucha de Yorks contra Lancasters, sino un duelo de espejos donde la rosa roja de la Moncloa y el tupé dorado de Mar-a-Lago se retroalimentan en la órbita del sistema solar.

Ha tardado Sánchez en responder ante la opinión pública sobre la crisis iraní y ha escogido el formato del búnker y del plasma, una declaración vacua sin preguntas, un monólogo blindado que enfatiza implícitamente su pulso narcisista con la Casa Blanca pero evita el incómodo escrutinio del Parlamento y de la prensa.

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